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miércoles, 13 de septiembre de 2017

Buscando a Caperucita Roja y al Lobo Feroz



Los agentes del Comando Lobo salieron con mala cara del teatro. Se notaba que la representación de Caperucita Roja no les había gustado.
— ¿Qué os ha parecido la obra? —preguntó Cristina, su maestra, de regreso al colegio.
—Pues mal, seño, requetemal —contestó LAURA frunciendo el ceño.
— ¿Por qué siempre le toca al lobo ser el malo? —protestó ÁLEX—, como en el cuento de Los tres cerditos.
—Nosotros sabemos que los lobos no hablan, así que no puede liar a Caperucita para que vaya por otro camino –discurrió SUSANA.
—Además, si quería comérsela, ¿por qué no lo hace en el bosque? —se preguntaba ERICK.
—Eso, eso. ¿Y para qué se disfraza de abuela? No hacía ninguna falta —añadió LAIA.
—Si ha matado a la abuelita y se la ha comido, ¿cómo puede ser que luego el cazador le abra la tripa al lobo y salga una abuela viva? —IVÁN llegó a una conclusión—: Si ya está muerta, no puede salir viva.


Estaban verdaderamente enfadados y eran muchas las preguntas que se hacían y pocas las respuestas.
—Yo creo que el cuento de Caperucita es mentira —afirmó AURORA muy seria.
—Y yo. Pero por culpa de este cuento los niños tienen miedo al lobo —opinó JULIO.
—Lo peor es que, cuando son mayores, matan a los lobos porque ya les tienen manía desde pequeños —dijo ISABELLA.
—Me parece que deberíamos hablar con Caperucita para preguntarle si este cuento sucedió de verdad —propuso ALBERTO decidido a llegar al fondo del asunto.
—Esto tiene pinta de ser el principio de otra misión del Comando Lobo—dijo Cristina sonriendo—. Iremos a la biblioteca a investigar quién escribió el cuento.


Ya en el colegio, se reunieron en torno a uno de los ordenadores y empezaron a buscar información sobre Caperucita Roja.
—Aquí dice que era una historieta que contaban a los niños para que vieran los peligros de ser desobedientes y se asustaran; así, después, hacían caso de todo lo que les decía su mamá —explicó SOFÍA.
—Sí, pero más tarde un señor francés, que se llamaba Charles Perrault, escribió el cuento —concretó IKER.
—Entonces, tendremos que buscar a Caperucita en Francia —dijo JULIA mirando el mapa que Cristina había colgado en la pared del aula.
— ¿Y si buscando a Caperucita, nos encontramos con el lobo? ¿Y si ese lobo es malo de verdad y nos ataca? —preguntó DALILA con la voz temblorosa.
—Fácil: que nos acompañe Jorge Escudero. Él sabe cómo tratar a los lobos —sugirió AMIR.

Jorge Escudero paseando con uno de sus lobos

Cristina telefoneó a Jorge y le explicó que los chicos querían entrevistar a Caperucita y conocer al lobo para saber si era feroz o no. Primero Jorge dijo que no podía ir porque tenía a su nieto Miguel en casa, además, ese cuento le disgustaba profundamente. Sin embargo, luego pensó que lo mejor sería llevarse al niño para que también supiera la verdad. De esta forma, si alguien le explicaba esa historia tan fea, nunca la creería.
—Contad con nosotros —aceptó Jorge. Y Miguel lo cogió de la mano dispuesto a acompañar a su abuelo hasta el fin del mundo.
—Francia es un país muy grande, ¿cómo sabremos dónde encontrar a Caperucita? —preguntó DAVID rascándose la cabeza a ver si se le ocurría una idea.


—Eso no es lo más complicado. Caperucita es una niña de un cuento de hace muuuchos años. No podemos entrar en un cuento ni viajar al pasado —Reconoció ELENA levantando y dejando caer los hombros como si aquel fuera un problema insalvable que debían aceptar.
Los chicos se miraron unos a otros desanimados. No habían pensado en ese importante detalle hasta el momento. Las miradas se dirigieron, entonces, hacia Cristina por si ella tenía la solución. Y la tenía. ¡Vaya si la tenía!
—Sabía que llegaría este momento. He de contaros un secreto—susurró Cristina en tono misterioso—: el Comando Lobo tiene las llaves del portal para entrar en los cuentos.
Los niños abrieron los ojos asombrados, en todos brillaba la emoción ante una aventura tan extraordinaria. Cristina se puso en contacto con el guardián que custodiaba una de las llaves de la puerta, la otra llave la tenía ella.
—Chicos, nos veremos aquí en dos días. Para entonces ya habrán llegado Jorge, Miguel y el guardián de la puerta. Mientras tanto, preparad las preguntas que queráis hacerle a Caperucita. ¡Ah!, y traed la mochila de las misiones por si estamos un tiempo fuera de casa.
El día señalado todos los agentes del Comando Lobo esperaban a la puerta del colegio. Habían madrugado mucho para ser puntuales, como siempre que salían de expedición. Esa mañana, la niebla fría que llegaba desde el mar dejaba el paisaje borroso y un gusto y un olor a sal marina. Cristina, Jorge y Miguel también estaban allí, solo faltaba el guardián de la puerta. 

Antonio, el Lobo Alfa guardián del portal al mundo de los cuentos.

— ¡Mirad, por ahí viene alguien! —gritó VÍCTOR señalando hacia un pequeño bulto que aparecía y desaparecía entre la neblina—. Será el guardián.
Todos los niños miraron en aquella dirección llenos de curiosidad. Un escalofrío les recorría el cuerpo a medida que aquella sombra se hacía más grande, más definida y más cercana. El guardián era un tipo muy alto y muy moreno.
— ¡Hola, amigos! —les saludó como si los conociera de toda la vida.
— ¿¡Es Antonio!?—adivinó BLANCA con cara de sorpresa.
—Ja, ja, ja —se reía Cristina—, pues claro. ¿Quiénes iban a ser los guardianes del portal? Solo pueden ser los lobos alfa.
—¡¡Qué intrigante es esta Cris!! —exclamó Antonio y todos se echaron a reír.
Tras los saludos, entraron en el colegio y Cristina los llevó a la biblioteca.
— ¿Aquí está el portal al mundo de los cuentos? —Preguntó CÉSAR levantando las cejas con incredulidad.
—Sí, en todas las bibliotecas existe una puerta que lleva a otros mundos —explicó la maestra mientras descolgaba un cuadro de la pared y aparecían dos pequeñas cerraduras con una extraña forma por las cuales salían destellos azulados.
Antonio y Cris introdujeron sus llaves. Al instante, se dibujó en la pared la silueta de un portal en forma de arco y se abrió de par en par, pero más allá solo se veían montones de letras flotando, arremolinándose, persiguiéndose como si estuvieran jugando en el patio de su cole.


—Ahora tenemos que decirle al portal a qué libro queremos ir —explicó Cristina—.  MIGUEL di el nombre del cuento y el autor.
—Caperucita Roja y el Lobo Feroz de Charles Perrault —dijo Miguel muy serio.
No había terminado de pedir su deseo cuando apareció ante ellos un hayedo y, a lo lejos, en un claro, se veía una casita rodeada de prados cubiertos de amapolas.
 Entraron en el cuento poco a poco porque daba una sensación un poco rara, como de andar sobre un colchón de agua, y tenían que acostumbrarse. El mundo de los cuentos era muy frágil. Anduvieron hasta la casita y preguntaron a una señora mayor, que les abrió la puerta, si Caperucita Roja vivía allí. La buena mujer les explicó que Caperucita se había marchado hacía muchos años a otro cuento. Los chicos la miraron desconcertados.
— ¿A otro cuento? ¿Qué cuento? —preguntó SUSI porque le parecía extraño que Caperucita pudiera irse de un cuento a otro.
—A otro cuento de Caperucita que escribieron unos hermanos alemanes. Se apellidaban Grimm, creo recordar.  La abuela y el lobo también se fueron con ella.
—Esto es increíble: ¡Caperucita y la abuela se han fugado con el lobo! —exclamó TAREK resoplando— Y ahora, ¿qué hacemos?
—Pues irnos al otro cuento. ¿Antonio podemos cambiar de cuento? —preguntó Nora sin alterarse.
—Sí, regresemos al portal.
— ¿Qué os parece si primero desayunamos aquí? —Propuso Cristina—. Mirad qué pradera tan espléndida, llena de margaritas y de amapolas. Fijaos qué bien huele y cuántas mariposas y abejas hay revoloteando. 


Viajar a otros mundos abre el apetito así que, sentados sobre la hierba, se comieron unos sabrosos bocadillos de atún, de jamón o de queso que llevaban en sus mochilas y la anciana les invitó a zumo de naranja recién exprimido.
De vuelta en el portal, JAIME fue el encargado de formular la nueva petición.
—Queremos ir al cuento de Caperucita Roja de los hermanos Grimm de Alemania.
El portal les mostró entonces un frondoso pinar, era tan espeso que no se veía nada más que pinos y abetos en todas direcciónes, en algunos sitios el sol atravesaba entre las copas y pintaba un rodal de luz en el suelo. Los niños buscaban algún sendero o alguna roca que pudiera orientarlos, cuando de repente, a cierta distancia, vieron a una niña con una capa roja. 


— ¡Hola, Caperucita! —la saludó YASSMIN levantando la mano—. ¡Ven, queremos hablar contigo! 
—Pues yo no quiero hablar con vosotros —contestó Caperucita y echó a correr todo lo rápido que pudo. En dos segundos había desaparecido y, por más que buscaron, no lograron encontrarla.
—Es un poco antipática, ¿no? —dijo CAROLINA moviendo la cabeza y arrugando la nariz burlándose de Caperucita.
—Bueno… ten en cuenta que su madre le prohibió que hablara con desconocidos —Le recordó Cristina.
Diciendo esto pasa el lobo y tampoco quiere detenerse a escuchar a los chicos.
— ¡Qué raro! ¿Pero qué les pasa a estos personajes? Si el lobo fuera malo, estaría aquí tan contento intentando engañarnos para comernos de uno en uno —dijo LAURA.
—Pues se ha marchado corriendo con el rabo entre las piernas y las orejas gachas —señaló ÁLEX.
—Eso es porque tiene mucho miedo —aclaró Jorge—, no esperaba encontrarnos aquí y, desde luego, ni se le ha pasado por la cabeza devorarnos.
 Hablar con Caperucita empezaba a resultar más complicado de lo que se habían imaginado. Cristina pensó que, como el cuento se repetía cada día, podían esperarla a la mañana siguiente, cuando pasara otra vez. Así lo hicieron.
— ¡Caperucita, espera, queremos hablar contigo! —La llamó DAVID
—Ya os dije ayer que no, pesados —contestó alejándose a toda prisa.
—Caperucita, ¡¿por qué eres tan embustera y cuentas mentiras sobre el lobo?! —La desafió LAIA gritando para que la escuchara en la distancia.
Caperucita se paró en seco, dio media vuelta y miró a LAIA con cara de pocos amigos.


— ¿Cómo dices? Yo nunca he contado ninguna mentira sobre el lobo —protestó echando chispas por los ojos entornados.
— ¡Ah!, ¿no? ¿Y qué es toda esa historia de que te engaña en el bosque para comerte a ti y a la abuela, y luego un cazador os salva abriéndole la tripa? —la interrogó SUSANA.
—Eso no me lo he inventado yo, para que lo sepas, listilla.
—Pues menos mal, porque son todo mentiras. Los lobos no hablan ni cuentan trolas —afirmó ERICK.
—Vaya, por fin, alguien que piensa un poco. ¿Qué queréis de mí?
—Nosotros somos agentes del Comando Lobo y rescatamos a muchos animales en peligro, también algunos lobos —le explicó IVÁN. Al escuchar que salvaban lobos, Caperucita se tranquilizó un poco y puso cara de prestar atención.
—Hemos venido a tu cuento para saber si es verdad que el lobo es feroz y se come a las personas. Es que, en todas las historias que nos cuentan, el lobo es un bicho malo… —Se justificó AURORA para no enfadar otra vez a Caperucita.


—Los lobos son muy buenos cazadores, sobre todo, en manada. Serían capaces de cazar a una persona si no tuvieran otra cosa para comer y la persona no pudiera defenderse. —Los niños se quedaron impresionados. No era aquella la respuesta que esperaban—. Pero los hombres han matado a tantísimos lobos que, ahora, nos tienen mucho miedo y ya no atacan a las personas.
Todos tenían la misma duda en la cabeza, pero nadie se atrevía a decir nada, hasta que JULIO preguntó con un hilo de voz:
—Entonces, ¿mató a tu abuelita o no?
—No. Todo el cuento es mentira. No es eso lo que sucedió.
Los chicos querían que les explicara la verdad, pero la niña dijo que contarla era peligroso y que no lo haría sin permiso de su abuela. Quedaron en verse al día siguiente en el mismo sitio.  ¡Qué intriga! ¡Caperucita tenía un secreto!
Decidieron quedarse en el pinar hasta el día siguiente y, mientras, charlaron y jugaron un buen rato con Caperucita. Ella les llevó hasta un riachuelo y se bañaron durante un ratito. Y, antes de marcharse, les enseñó una cueva donde podían pasar la noche con sus sacos de dormir.
En cuanto oscureció escucharon aullar a un lobo. ¿Sería el lobo feroz? 


— ¿Y si viene el lobo a comernos? —ISABELLA no estaba tranquila.
—Jo, jo, jo. —Se reía Jorge—. ¡Pobre lobo! Con tanta tropa, menudo susto se llevaría. No os preocupéis que ese lobo está lejos; además, nunca se acercaría al fuego —dijo señalando a las llamas de la hoguera que había encendido Antonio para calentarse.


— ¿Cantamos un rato antes de irnos a dormir? —Propuso Cristina para distraerlos. Y rieron y cantaron con tanta alegría que el escándalo resonaba en todo el bosque. Después aullaron para desearles buenas noches a los lobos, y ellos les contestaron desde la cresta de la sierra.
A la mañana siguiente esperaban a Caperucita impacientes. ¿Cuál sería ese secreto tan peligroso que no podía contar? La niña apareció como siempre con su capa roja y, muy contenta, les dijo que la abuela los invitaba a desayunar tarta de manzana. 

Fotografía: Sacha Blackburne

—Perdona, Caperucita, no quiero ser maleducado, pero nosotros no queremos desayunar, hemos venido aquí para saber si el lobo es feroz o no y si el cuento es verdad —insistió ALBERTO que no perdía de vista su misión.
—Lo sé, pero no os explicaré nada hasta llegar a casa de la abuelita. Es peligroso. El malo todavía está por aquí y si oye que os explico la verdad… —No quiso desvelar nada más.
Los niños se armaron de paciencia y siguieron a Caperucita hasta la casa. Al llegar, Caperucita abrió la puerta y entraron, pero en lugar de encontrar a la abuelita, vieron a un lobo. Los niños se quedaron aterrorizados pensando que el lobo se la había comido. 


Entonces, escucharon la voz de la abuelita:
—Ven aquí, Fer, que asustarás a estos chicos. —Y apareció la abuela con una tarta en la mano y la dejó sobre la mesa como si no pasara nada. Después se acercó al lobo y le acarició la cabeza. —Lobo travieso. ¿Mueves la cola? ¿Quieres tarta? Mira que eres zalamero. Luego te daremos un pedacito, goloso. Anda sal un rato a tomar el sol.
Más sorprendidos no podían estar.
— No me lo puedo creer, ¿este es el Lobo Feroz? ¿Por eso le llamáis Fer? —preguntó SOFÍA frotándose los ojos como si no pudiera estar viendo lo que veía.
—Sí y no. Es el lobo, pero se llama Fernando, Fer para los amigos. Y es tan feroz como un perrito consentido. Ja, ja, ja —La abuela se moría de la risa mientras el lobo daba saltos a su alrededor intentando lamerla.


Había llegado el momento de que la abuela y Caperucita les contaran la verdad. Resulta que un día Caperucita encontró a un cazador colocando cepos prohibidos en el bosque. Una vez descubierto intentó atraparla, pero ella se escapó corriendo. 

¡¡Corre, Caperucita!!

Al llegar a casa de la abuela gritando, el lobo salió corriendo para defenderla y saltó sobre aquel hombre malo que intentaba llevársela. Entonces, él le disparó, pero la abuela que había escuchado el tiro, salió con la escopeta y lo echó. Para que no lo metieran en la cárcel por perseguir niñas, el cazador contó a la policía y a los periodistas que el lobo había atacado a las dos mujeres y que él le había disparado para salvarlas.
— ¿Estás diciendo que el lobo era de tu abuela? —preguntó IKER.
—Sí, lo encontró un día en el jardín. Era un cachorrito perdido y se lo quedó. La abuela lo quiere mucho. Menos mal que pudo curarle las heridas y no murió.

Fer era un cachorro perdido

—Pero, ¿por qué escribieron ese cuento lleno de mentiras? —Quiso saber MIGUEL.
—Los periodistas no se molestaron en investigar la verdad y todos publicaron esa misma historia. La gente enseguida cogió miedo y odio al lobo. Luego, Charles Perrault escribió el cuento, y se hizo tan famoso, que ya era muy difícil cambiar la opinión… —explicó con tristeza Caperucita.
—Entonces, ¿los lobos son feroces o no? —JULIA necesitaba llegar al fondo…
—Depende. Si eres de su familia, te defenderán incluso con la vida, como hizo Fer el día en que me atacó el cazador malvado. Si no eres de su manada, lo más seguro es que no te hagan ni caso. Pero si los cazadores dejan a los lobos sin nada para comer, porque matan a todos los animales, intentarán cazar lo que sea para no morirse de hambre: gallinas, ovejas, vacas…


—Por eso están matando a todos los lobos en algunos sitios —Intervino Antonio.
—No podemos ir exterminando todo lo que nos molesta. Sobre todo, si parte de la culpa la tenemos nosotros por dejarlos sin nada que comer y por no proteger bien a nuestro ganado —dijo Jorge con muy buen juicio.
—Y por contar mentiras sobre el lobo en los cuentos y los periódicos para que las personas les tengan miedo —añadió DALILA.
—Se me ha ocurrido una idea un poco atrevida, pero a lo mejor… ¿Y si mañana, cuando el cuento vuelva a empezar, atrapamos al hombre malo? —sugirió AMIR—. Así no podrá perseguir a Caperucita ni herir al lobo ni contar embustes.
Como todos estuvieron de acuerdo prepararon una trampa. Al día siguiente, el cazador persiguió a Caperucita hasta casa de la abuela, como siempre salió Fer a defenderla y, cuando iba a pegarle un tiro al pobre lobo, todos los niños se pusieron delante de él para protegerlo.
El hombre, fastidiado, les gritó que se apartaran. Los chicos se mantuvieron firmes. El lobo le enseñó los colmillos gruñendo. 


Era un desafío que no se esperaba. Enfadado los encañonó con la escopeta. Fue un momento muy peligroso, pero allí estaban Cristina, Jorge y Antonio para arrearle un buen puñetazo y quitarle el arma.
Cuando llegó la policía para llevarlo a la cárcel se lo encontraron atado al tronco de un roble, temblando de miedo, porque allí estaba Fer vigilándolo… mirándolo fijamente a los ojos con su penetrante mirada de lobo. 


El plan había salido bien; sin embargo, todavía quedaba algo importante por hacer: explicar la verdad a la gente. Así pues decidieron grabar una entrevista a Caperucita y enviarla a la televisión y a los periódicos.
Los agentes del Comando Lobo estaban más que satisfechos porque, a partir de ahora, habría un nuevo cuento de Caperucita. Un cuento que habían escrito ellos y que contaba la verdadera historia sobre el hombre peligroso y el lobo Fer que recibió un tiro cuando intentaba salvar a su amiga Caperucita Roja.


Fotografía de Sacha Blackburne
Y colorín colorado, esta misión del Comando Lobo se ha acabado.
¿Y el lobo? ¿El lobo se ha acabado? Esperemos que no, que no se nos acaben los lobos. Fer sigue tan feliz con la abuela y Caperucita en el mundo de los cuentos, pero nuestros lobos… ellos necesitan que los dejemos vivir en paz en sus montañas y que no los matemos de hambre o a tiros.

Dando un paseo con el lobo


© Reservados todos los derechos. 

domingo, 26 de marzo de 2017

Rastreando lobos




Entrada dedicada a todos los voluntarios del Censo del Lobo Ibérico y a los vecinos de Solana del Pino.
En este relato se trata: el rastreo de lobos, la orientación utilizando el sol y las estrellas, la caza furtiva y las profesiones.


RASTREANDO LOBOS
Los niños llegaron a su aula, la vieron y se quedaron indecisos en el umbral de la puerta sin atreverse a entrar. Cristina apareció dos minutos después.
—Señorita, ahí dentro hay una chica muy diferente —avisó TAREK a su maestra.
— ¿Ah, sí? Muy diferente, ¿por qué?
— ¡Caray, seño!, porque está en clase pero no es pequeña como nosotros ni tampoco es una señorita de este colegio —le aclararon SUSI y LAIA.
—Tiene unos ojos muy grandes y bonitos y nos ha sonreído como sonríen las personas simpáticas. —La describió AURORA.
—Vaya, vaya… así que es joven y guapa. —Dedujo Cristina—. Entre todos le habéis hecho un buen escaneo, ¿eh?
—No es eso…, es que los agentes especiales somos muy observadores —se defendió SUSANA.   

Ariadna

— ¡Ya! Vamos a conocerla. Entrad en clase —les pidió la maestra—. Buenos días. Tú debes de ser la compañera de Antonio, ¿verdad?
—Sí, soy Ariadna. Estoy en el grupo como bióloga.
— ¿Ves, seño? ¿A que es muy diferente?, nosotras nunca habíamos oído ese nombre — aseguraron BLANCA y SUSI.
—Es el nombre de una princesa griega—dijo Ariadna con aire de misterio—.  Seguro que no conocéis la historia de Ariadna y Teseo, el chico que entró en el laberinto del Minotauro. —Los niños negaron con la cabeza—. Entonces, os la contaré luego. Podéis llamarme Ari, es como me llaman mis amigos.
—Ari, explícales por qué has venido.
—Ya sabéis que al norte del río Duero viven algunos lobos; en cambio, al sur quedan muy pocos o ninguno. Si queremos protegerlos, es necesario averiguar cuántos hay, y para censarlos, se han formado grupos de voluntarios en toda España. (Censo del Lobo Ibérico - Voluntariado nacional)
— ¿Qué es censarlos? —La interrumpió IKER.
—Censar es contar. Antonio me ha dicho que sois los agentes especiales del Comando Lobo y que, seguramente, os apuntaríais aunque la tarea sea difícil.
—No hay problema. Nosotros contamos de maravilla, y sumamos, restamos y multiplicamos. ¿A que sí, señorita? —dijo ISABELLA.


—Bueno…, pero esto es más complicado que contar. Ellos necesitan rastreadores —especificó Cristina.
—Resulta casi imposible ver al lobo porque teme a los hombres y se esconde. Sabe que los cazadores lo matan si lo encuentran —explicó Ariadna.
— ¿Cómo vamos a contarlos si no los vemos? —preguntó SOFÍA desconcertada.
—Ahí está la dificultad: primero hay que detectar su existencia a través de marcas; después, si hay suerte, quizá lograremos verlos o grabarlos con alguna cámara.
—Es como ser detectives y buscar pistas, ¿no? Huellas, pelo… —Adivinó JAIME.
—Exacto. También, marcan sus territorios con rascaduras, cacas y orina.
— ¡Qué guarrada! —exclamó JULIA con cara de asco —. ¿Por qué hacen eso? —Quiso saber, luego, interesada siempre en llegar al fondo de los asuntos.
—El olfato de los lobos es mucho mejor que el nuestro y, como ellos no tienen móvil ni WhatsApp, ni Facebook, ni Telegram, dejan mensajes en forma de olor. Es su forma de decir: «Aquí vive un lobo. Cuidadito, si te metes en mi territorio» o «Soy una loba que busca pareja».
—Nosotros encontramos a Rayo, un lobo atrapado en un cepo, porque aullaba —Recordó CÉSAR.
—Sí, es otro indicio de la presencia de lobos, aunque algunos perros también aúllan. Otras pistas son: los restos de caza, los cubiles donde crían a sus cachorros y los sitios donde se encaman. Ya os he advertido de que no será un trabajito fácil.
—Pues nosotros te advertimos a ti de que tenemos muy buena vista y de que sabemos investigar en modo ninja que es en modo silencio total para que no nos descubran —la informó LAIA de carrerilla muy orgullosa de su técnica—. ¿No te das cuenta de que estás hablando con los agentes especiales del Comando Lobo? —Ariadna y Cristina se echaron a reír. 


—En ese caso, avisaremos a vuestros padres porque pasaremos una semana en Solana del Pino rastreando lobos por sierra Madrona —dijo Cristina. Al instante, la emoción contenida de los niños se desbordó y saltaban de alegría ante la idea de una nueva aventura.
— ¡Entonces, no tendremos clase! — pensó en voz alta DALILA dando palmas.
— ¿Cómo que no tendremos clase? ¡Claro que sí, nos la llevamos al campo! Sin daros cuenta estudiaréis: Astronomía, Biología, Geografía, Historia…
—Seño, para… que nos vamos a cansar antes de salir —suplicó IVÁN en broma.
—Atendedme un momento, por favor —pidió Ariadna—.  Aquí os dejo una lista con el material necesario. No importa si no conseguís prismáticos o calibre para medir, ya os los prestaremos. Sobre todo, no olvidéis vuestro cuaderno de campo —les recordó antes de despedirse y marcharse. Cristina les dio la tarde libre para que prepararan las mochilas y quedaron al día siguiente a la puerta del colegio.


 Aunque eran las siete de la mañana, habían llegado puntuales y esperaban impacientes a que pasaran a recogerlos. Un autobús de dos plantas de un color anaranjado rabioso entró en la plaza armando ruido y aparcó delante del colegio. Tan pronto se abrieron las puertas, bajaron Ariadna y Antonio.
— ¡Buenos días, Comando Lobo! Me alegro de veros tan despiertos —los saludó Antonio. Tras los besos y los abrazos, les dijo—: Prestadme atención que empezaremos aquí y ahora el entrenamiento. Para ser rastreador es importante entender los mapas y saber orientarse, de lo contrario, es fácil perderse en el campo. 
Ariadna les entregó un mapa de la ruta que iban a seguir desde Roquetas hasta su destino en Solana del Pino.
—En los mapas hay un símbolo que indica los puntos cardinales: norte, sur, este y oeste. Para que vosotros sepáis qué camino tomar, debéis colocar el norte del mapa en la misma dirección que el norte de la Tierra. ¿Cómo se sabe dónde está el norte?
—Con un aparato que se llama brújula. La señorita Cristina nos lo explicó en clase —contestó TAREK.
—Sí, señor, pero el sol nos chivará un truquillo para cuando no tengáis brújula.  Grabadlo bien en vuestra memoria de agente especial. Mirad: está amaneciendo. Si ponéis los brazos en cruz con la mano derecha señalando a la salida del sol, ahí tenéis el este; la mano izquierda, indica el oeste que es por donde se pone el sol; delante de vosotros está el norte, y a vuestra espalda, el sur. 


— ¡Anda, qué truco más sencillo! Entonces, pongo el mapa, así, ¿no? —preguntó  ELENA alineando el norte del mapa con el norte de la Tierra.
—Perfecto. Acercaos, necesito pediros un favor —susurró Antonio—. ¿Podéis ayudarme a guiar al conductor del autobús? Es que nunca ha viajado hasta Solana del Pino y si se equivoca de carretera… acabaremos en cualquier otro pueblo.
—No te preocupes, Antonio. Lo vigilaremos de cerca, tan de cerca que me voy a sentar detrás de él y voy a comprobar la dirección y las ciudades por las que pasamos no sea que se despiste —dijo LAURA muy decidida.
—Ja, ja, ja —se reía Antonio—. No hace falta que le hagas un marcaje tan corto, a ver si lo pones nervioso.  Pero está bien la idea: cada media hora, dos de vosotros pasáis a primera fila. Eso sí, no molestéis al conductor, avisadme a mí si se desvía de la ruta.
Salvo los dos compañeros que estaban de guardia, los demás se habían acomodado en el segundo piso del autobús que tenía mejores vistas. Iban entretenidos hablando de sus cosas y, al mismo tiempo, fijándose en los paisajes y las ciudades que atravesaban. No querían acabar en mitad de Sevilla pues allí no hay lobos que rastrear. 

Contemplando Solana del Pino

Se dirigieron al oeste, entraron en la provincia de Granada; luego giraron hacia el norte para atravesar Jaén; a continuación, Ciudad Real y, finalmente, llegaron a Solana del Pino. Por el camino, habían recogido a otros voluntarios que también iban a participar en el censo: Manuel, Vero, José, Kike, Silvia, Juan, Sara…. Por suerte, eran muchas las personas interesadas en el lobo y formaban un equipo multidisciplinar/de muy variadas profesiones: biólogos, ingenieros forestales, fotógrafos, militares, periodistas, veterinarios, maestras, enfermeras, publicistas, cocineros, guardas de bosque, escritores…


 La tarde transcurrió entre preparativos: primero, formaron grupos en los que había especialistas en rastreo junto con personas inexpertas; a continuación, marcaron las zonas que exploraría cada uno sobre un mapa; y, finalmente,  Antonio y Ariadna dieron una pequeña charla sobre las distintas marcas que deja el lobo y cómo diferenciarlas de las de otros animales.
Cuando terminaron y salieron a la calle ya casi anochecía. La temperatura era deliciosa y Julita y Paloma, unas vecinas encantadoras, se ofrecieron a enseñarles el pueblo. Solana se encuentra al sur de sierra Morena, en el valle de los ríos Montoro y Robledillo, rodeada de dehesas, campos de labor y bosques mediterráneos; así que, contemplando aquel panorama, era fácil imaginar lobos corriendo por los peñascales.  Los voluntarios cenaron juntos, charlaron, compartieron preocupaciones por el lobo, pero también hubo tiempo para bromear y divertirse un rato y estrechar amistades.  


Al día siguiente, CAROLINA abrió los ojos y se quedó mirando aquella habitación desconocida, después recordó que estaba en Solana del Pino y se levantó como si la cama tuviera un muelle y la hubiera lanzado por los aires.
— ¡Chicos, arriba, arriba! ¡Que hoy empieza la misión! —gritaba CAROLINA despertando a sus compañeros.
En pocos minutos el Comando Lobo estaba preparado para la acción y en la calle donde se iban reuniendo los demás rastreadores. 


—A ver, chavales, ¿quién es bueno con los mapas? —preguntó Manuel—. ¿A quién se le dan bien las mediciones? Y también necesitamos a alguien que tenga buena letra para anotar los datos. —Se levantaron muchísimas manos pues los agentes especiales son especiales porque saben de todo. De modo que, no hubo problemas a la hora de repartir las tareas. 


—Está amaneciendo. Fijaos bien en qué lugar está el sol para orientaros. —Les recordó Cristina—. Mirad el mapa y el paisaje para reconocerlo.
—Este mapa tiene demasiados bichos raros aquí dentro —murmuró NORA confundida—. Yo creo que es un mapa para perderse, no para encontrarse…
—Ja, Ja, ja —Se reía Antonio—. Algo de razón llevas, es que es un mapa topográfico, pero ya te acostumbrarás. Ven conmigo y te iré explicando qué es cada cosa sobre el terreno. ¡Vámonos! 

Amanecer
 Los miembros del Comando Lobo se repartieron en dos grupos.  SUSI, TAREK, BLANCA, ISABELLA, JAIME, CÉSAR, DALILA, LAURA, ELENA, NORA,  DAVID, VÍCTOR y JAZZMIN iban con Antonio, Ariadna y su husky, Inuki. IVÁN, JULIO, CAROLINA, ÁLEX, ALBERTO, AMIR, VICTORIA, JULIA, SOFÍA, IKER, SUSANA, AURORA y ERICK se marcharon con Cristina, Manuel y su perrita, Xana. En las mañanas de primavera, el coro de pájaros que cantan desde la aurora es un regalo para los oídos y los niños escuchaban sorprendidos la variedad de trinos y melodías. Participaban en el concierto: ruiseñores, petirrojos, alondras, pinzones, mirlos...

Ariadna con Inuki

— ¡He encontrado un SMS lobuno! —anunció de pronto JAZZMIN la mar de contenta.
— ¿Qué dices, JAZZMIN? —preguntó DAVID sorprendido al escuchar «SMS lobuno».
—Digo que aquí hay un SMS. ¿No explicó Antonio que las cacas son como mensajes que se dejan los animales? Pues aquí hay uno y bien largo, ja, ja, ja.
—Xana, tú que entiendes el idioma de los perros, ¿sabes qué dice este mensaje? —le preguntó VÍCTOR muy serio a la perra, pero Xana lo husmeó y se fue sin hacerle caso. No era un mensaje para ella. Inuki, en cambio, lo meó para dejar un recuerdo de que había pasado por allí.

 
Manuel y Xana
Tras examinar el excremento, Manuel les explicó que era de zorro por su tamaño y forma. Siguieron explorando por aquella pista forestal muy atentos a cualquier indicio. El otro grupo, había bajado hasta el curso de un arroyo y andaban fijándose en las huellas marcadas en la arena fina de la orilla.
— ¡Ari, ven! ¡Aquí hay una huella! —exclamó ÁLEX satisfecho de ser el primero en encontrar un rastro.
—Debe de ser de un gato montés. Los gatos llevan las uñas escondidas y no las marcan cuando dejan huella. Por contra, los lobos, los perros y los zorros no tienen uñas retráctiles y las dejan marcadas en suelos blandos como este. La huella es muy profunda y definida, pero no hay señales de uñas, seguro que es de un felino.
—Pues estas sí que tienen marcadas las uñas— dijo AMIR unos metros más allá.
—Tampoco es de lobo. Fijaos en la forma y posición de las almohadillas y en las uñas, son demasiado afiladas —les explicó Ariadna—. Esta huella es de un animal más pequeño, un tejón. 
 
El tejón deja las uñas marcadas en su huella
Antonio les enseñó una fotografía con distintas huellas para que pudieran comparar. Muchos animales se acercaban a beber al río durante la noche, por ese motivo, en aquella playa arenosa, identificaron rastros de jabalíes, ciervos, zorros…, pero ninguna de lobo.
En los días siguientes trabajaron muy duro, aprendieron a distinguir rastros, excrementos, rascaduras y otros indicios de actividad; sin embargo, no había señales de su animal favorito. 
 
Antonio tomando fotografías en Solana del Pino
—Es una pena que no encontremos lobos. Esta investigación no servirá de nada —se lamentó ERICK con una mueca de contrariedad muy graciosa.
— ¡Claro que servirá! Si no hay lobos, servirá para pedir que se reintroduzcan porque es una vergüenza que los hayan extinguido. Y si encontráramos alguno, servirá para exigir con más energía que lo protejan debidamente porque hay poquísimos. ¡Que nadie se rinda, ¿eh?! —los animó Manuel.
—No nos estamos rindiendo, estamos enfadados porque el monte está lleno de cabras, ciervos, jabalíes y toda clase de bichos menos lobos —aclaró ALBERTO con un gesto que abarcaba toda la montaña que tenía en frente. 

Un lugar tan favorable y ni un lobo...
Siguieron explorando aquellas montañas desde el amanecer hasta la puesta de sol. Se internaron en los parajes más recónditos. Vestidos con sus trajes de camuflaje, se deslizaban sigilosos como los ninjas, iban atentos a cualquier pista como un buen investigador, tomando nota en su cuaderno de campo de cada hallazgo, hasta que una tarde…
—Manuel, me parece que este WhatsApp podría ser de un lobo —dijo IKER y SUSANA añadió—: Fíjate: es grande, tiene restos de pelo de algún animal que se ha comido y está en lo alto de una roca como avisando a todos de que aquí vive un lobo.
— ¡Caramba! Creo que esta vez sí que hemos encontrado una caca de lobo. Medidla, dibujadla y la embolsaremos para que la analicen en el laboratorio. No olvidéis poner la fecha y el lugar.

Manuel fotografiando SMS lobunos
Aunque oscurecía rápidamente, estaban tan contentos con este hallazgo que se animaron a investigar un poco más la zona.
—Me parece que tenemos algo… —anunciaron al cabo de un ratito LAIA y ALBERTO—: es un rastro.
Cristina y Ariadna se acercaron a comprobar aquellas huellas con cuidado para no estropearlas, Antonio y Manuel también las examinaron, y los chicos. Todos estaban de acuerdo en que eran bastante claras como para sospechar que pudieran ser de lobo puesto que en esa zona nunca se habían visto perros. ¡Qué emoción! Por fin había esperanzas.
Ya había caído la noche y como si, en alguna parte, un lobo tuviera telepatía con ellos y conociera sus pensamientos aulló. Fue un aullido largo, sonaba lejano, pero a todos les pareció que el lobo se alegraba de tener tantos amigos en su valle. 


Un disparo destrozó la magia del momento, y la preocupación y el miedo por la vida del lobo se instalaron en el corazón de todos.
—Estaos quietos y callados —ordenó Manuel—. No es época de caza, seguro que son cazadores furtivos y esos son capaces de cualquier salvajada.
—Estamos en peligro —advirtió Cristina—. Es mejor buscar un refugio porque, en la oscuridad, nos pueden pegar un tiro si ven algo que se mueve.
—Antes hemos dejado atrás una cueva —recordó Ari—. Podemos resguardar a los niños allí. 
—Bien pensado. Está al norte. Llevaos la brújula —dijo Antonio.
Al abrir la mochila, un nuevo disparo lo sobresaltó, la brújula le cayó de las manos y se hizo añicos. Todos miraron con desolación los pequeños cristales brillando en el suelo. La situación empeoraba por momentos.
—La estrella Polar señala el norte, nos orientaremos por ella —propuso Cristina.
— ¡Qué chicas más listas hay en esta expedición! —Pensó Antonio.
Las estrellas brillan espléndidas en el limpio cielo de Solana. Buscaron la constelación de la Osa Mayor; luego, la Osa Menor y, una vez supieron cuál era la estrella Polar, se pusieron en camino. Aunque la cueva no se encontraba muy lejos, el camino les resultó muy penoso a oscuras, sobre todo, porque seguían escuchando tiros y existía el riesgo de que los hiriera una bala perdida. 

 
Fotografía: http://nuevaweb.apavallesanchinarro.es/wp-content/uploads/2014/10/Estrella_Polar.jpeg

Una vez a salvo, intentaron llamar al SEPRONA para que fuera en busca de los cazadores, pero en el interior de la cueva no había cobertura, ni siquiera a la entrada. Antonio y Manuel decidieron escalar un roquedo cercano por si, desde aquella altura, se recibía señal. Cristina, Ariadna y los chicos se adentraron en la cueva, mientras, IVÁN y JULIO vigilaban a la entrada.
Al cabo de unos quince minutos, distinguieron en la oscuridad las figuras borrosas de dos hombres que avanzaban hacia ellos. JULIO iba a llamarlos pensando que eran Antonio y Manuel que regresaban. De repente, IVÁN le tapó la boca y lo tiró al suelo.
—No digas nada, JULIO —le susurró al oído—. No son Antonio y Manuel. He visto la silueta de los rifles. Son los cazadores.
Se arrastraron como serpientes hacia el interior de la cueva y avisaron a los demás. Rápidamente, todos se escondieron al fondo, detrás de las rocas y entre las grietas. Los furtivos se detuvieron al llegar a su altura.
— ¿Por qué no nos quedamos un par de días más a ver si conseguimos matar a ese lobo? Aunque la pieza que nos llevamos a Madrid no está nada mal para…—El cazador dejó la frase a medias y miró hacia el interior de la cueva— Me ha parecido oír algo. 


Los niños se encogieron y dejaron de respirar. Veían a los cazadores con los rifles recortados contra el cielo débilmente iluminado por la luna. De forma inesperada, algo pasó volando a ras de la cabeza del hombre y lo sobresaltó.
— ¡Malditos murciélagos! ¡Qué susto me han dado! ¡Voy a pegarles tiros hasta que no quede ni uno en la cueva! —chilló furioso. No le dio tiempo. Antonio y Manuel estaban de vuelta y, al escucharlos, se les echaron encima y los derribaron. Puñetazos, patadas y gritos estremecían a todas las criaturas del valle. De pronto, se callaron en seco. Cristina y Ariadna los encañonaban con los rifles que habían perdido durante la pelea. Una vez tomado el control, los agentes especiales del Comando Lobo los ataron de pies y manos.
¡Qué nervios habían pasado! Y qué contentos estaban de haber atrapado a aquellos dos sinvergüenzas que mataban de forma ilegal. Ahora venía lo peor: descubrir qué llevaban en el saco.
— ¿Y si es nuestro lobo? —preguntó con un hilo de voz JULIA. La angustia de todos era tremenda. Antonio abrió con lentitud el saco, como sin ganas, porque hubiera lo que hubiera, se llevarían un disgusto.
—No es un lobo —dijo para alivio de todos; sin embargo, el tono de voz era de un profundo pesar—. Es peor, hay un lince y un gato montés —A Antonio se le llenaron los ojos de lágrimas. Nunca lo habían visto llorar, pero aquella matanza no era para menos.
— ¡Serán desgraciados! —gritó con rabia ÁLEX—. Matar a un animal en peligro de extinción… Me dan ganas de tirarles piedras a esas cabezotas tan huecas.
—No, no lo hagas. Es mejor que un juez los condene a pagar una multa que los arruine y a unos añitos de prisión para que reflexionen. ¡Déjalos que sufran un poco, hombre!
Los chicos estaban furiosos y tristes a partes iguales. Para distraerlos, Ariadna decidió contarles la historia de Teseo en el laberinto del Minotauro. Con el paso de las horas, empezaron a relajarse y a sentirse muy cansados.
—Nos quedaremos aquí hasta mañana porque no hemos podido avisar a nadie, y sin brújula y a oscuras… es mejor esperar hasta el amanecer. Total, ya falta poco. Intentad dormir. Contad ovejitas o, mejor, lobos —les sugirió Antonio.
—Una cosa o la otra, porque si viene el lobo y se encuentra a las ovejas, se las zampará, ja, ja, ja —comentó AURORA—. Y primero tendremos que sumar ovejas y, luego, restarlas — añadió ISABELLA entre risas. 


Muchas ovejas que contar: una, dos, tres...
—Me gustan las ovejas. No quiero que se las coma —se quejó SOFÍA con enfado—. Cuando no puedo dormir, papá me dice que cuente ovejas saltando una valla, pero así no me duermo porque unas ovejas quieren saltar y otras no, se ponen de espaldas y se hacen las despistadas. Como no se dejan contar, entonces imagino que me meto en el rebaño, cojo un corderito y me tumbo con él sobre la paja nueva. Es tan suave que lo acaricio y lo abrazo y, entonces —balbuceó mientras bostezaba—, viendo la carita tan dulce del corderito, me quedo… —Ya no terminó la frase. Se había dormido. 

Dulces sueños en compañía del corderito
Poco a poco, a casi todos les venció el sueño. Solo quienes hacían guardia vigilando a los furtivos se mantenían bien despiertos.  Las horas pasaban con lentitud y, en el silencio de la noche, se escuchaban, de vez en cuando, sonidos de distintos animales: el ulular de un cárabo, una pelea de zorros, el ladrido de los corzos… Y entre todas aquellas voces, casi al alba, oyeron de nuevo el aullido del lobo.
— ¡Está aquí, el lobo está aquí! ¡Despertaos, escuchad! —Los llamó a gritos CÉSAR.
La excitación era máxima, se agolparon a la entrada de la cueva y afinaron el oído. No había ninguna duda, eran lobos. Posiblemente, dos. 

Manuel contesta al lobo con un aullido

— ¿Dónde están? —preguntó ERICK mirando al valle  por si lograba avistarlos.
Para orientarse, los niños miraron el resplandor del sol que empezaba a asomar por el este.
—Parece que los aullidos vienen del sur —afirmó con total seguridad CAROLINA señalando en aquella dirección.
Aunque nada les apetecía más que seguir explorando, tuvieron que volver a Solana donde entregaron a los maleantes a la Guardia Civil. Se tomaron un día de descanso para dormir, bañarse en la piscina y comer. Miguel Ángel les había preparado un buen banquete porque decía que tenían que reponer fuerzas para seguir buscando a los lobos. 

¿Dónde estarán los lobos?

Dos días después, volvían a estar en el paraje donde escucharon los aullidos. Más entusiasmados que nunca los pequeños espías ponían los cinco sentidos intentando detectar el más mínimo detalle de la presencia lobuna. Registrar toda una montaña era una tarea tremenda.
—Quizá los disparos de los cazadores los asustaron y se han marchado, y por eso no encontramos nuevas pistas —comentaban LAURA y NORA.
— ¿Ah, sí? —preguntó en tono burlón JAIME invitándolas a mirar por el objetivo que Antonio le había dejado hacía un rato—. Y esos dos, ¿qué son?, ¿chuchos pulgosos? —LAURA  y NORA se acercaron y miraron en la dirección señalada. 
—¡¡¡Sí, sí, síííí…!!! Por fin. ¡Es una pareja de lobos! —anunciaron sin gritar para que los animales no las oyeran. 
—Déjadme ver... Sí, chavales, son lobos —confirmó Antonio—. Esperad…, hay más…, veo un cubil…, a la entrada hay un cachorro.

Lobos en Solana del Pino
— ¿Vamos hasta allí para verlos mejor? —preguntaron emocionadas BLANCA y DALILA.
—Ni hablar. Si los molestamos, se marcharán —les advirtió DAVID con muy buen criterio—. Nunca debemos acercarnos a los lugares de cría ni a los sitios donde se alimentan.
Un estallido de alegría revolucionó a los agentes especiales del Comando Lobo, a los compañeros del Censo del Lobo Ibérico y, también, a los vecinos de Solana del Pino. Dicen que la alegría es contagiosa, y será verdad porque los solaneros, gente acogedora como ninguna, organizó una fiesta por todo lo alto. No solo tenía la suerte de estar en un entorno precioso sino que contaba con el mejor representante de la naturaleza salvaje: el lobo. 

Manuel colocando cámaras de fototrampeo
En los días siguientes, los expertos empezaron a trabajar: Ariadna tomó muestras para analizarlas en el laboratorio de la Universidad, Antonio y Cristina redactaron informes, Manuel colocó cámaras de fototrampeo…, cada voluntario del censo colaboraba según su profesión y especialidad y los agentes del Comando Lobo los ayudaban recordando detalles y aportando los datos que habían anotado en sus cuadernos de campo.
—Seño, cuando regresemos a Roquetas, podríamos jugar a periodistas y explicar esta misión a los compañeros del cole —. Propuso ELENA—. Ahora, sabemos mucho…
— ¡Un micrófono te voy a regalar yo a ti para que des las noticias! Ja, ja, ja, pero me encanta tu propuesta.
El Comando Lobo ya tiene otra misión: dar a conocer los resultados del censo de lobos ibéricos y divulgar su importancia en los ecosistemas.
Dando una conferencia sobre el lobo a sus compañeros del cole
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Las fotografías de Solana del Pino y de sierra Madrona han sido cedidas amablemente por los vecinos de Solana y por Antonio y Manuel.  Gracias a todos.

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Si en los libros de texto que utilizáis se colocan frente al sol para orientarse, canviad el texto del relato por el siguiente:
—Sí, señor. Pero cuando no tenemos una brújula a mano, el sol nos chivará un truquillo. Mirad: ahora, está amaneciendo. Poneos de cara al sol con los brazos en cruz. Recordad esto en vuestra memoria de agente especial: delante de vosotros, por donde sale el sol, es el este; a vuestra espalda está el oeste, que es por donde se pondrá el sol; vuestra mano derecha, marca el sur; y la mano izquierda, el norte.


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