sábado, 7 de octubre de 2017

Nadando con delfines


¿Por qué será que estos chicos del Comando Lobo siempre acaban metidos en alguna aventura? ¡Es que no descansan ni durante las vacaciones! Y eso que Cristina, su maestra,  los había llevado a la playa para que tuvieran una semana de tranquilidad. Allí habían acudido, también, Antonio, Jorge y su nieto Miguel, el más joven de los agentes especiales.
Aunque no era necesario que madrugaran para ir al colegio, los chicos se levantaban pronto porque no querían perderse ni un minuto de diversión. Sentados en la terraza de la casita donde estaban alojados desayunaban como mapaches hambrientos: frutas, leche, tostadas con aceite y jamón serrano. 

El cielo se había puesto su color azul más azul, el azul que solo se pone en verano. Bandadas de vencejos volaban por encima del tejado y del bosque y gritaban dándoles los buenos días, luego seguían persiguiéndose unos a otros jugando al pilla-pilla.  El sol empezaba a calentar y llegaba un aroma de pino y de jara que se mezclaba con el olor a mar.
Era una mañana maravillosa, y sin embargo, en la playa se estaba produciendo un desastre. Erick se dio cuenta:
—Mirad, algo pasa la orilla del agua. Hay muchas gaviotas. ¿Qué están picoteando?
—Yo diría que son peces muy grandes. ¡Vamos a investigar! —dijo Susana y todos salieron corriendo hacia la playa.
— ¡Son delfines! —gritó Iván con un deje en la voz de sorpresa y de pena al mismo tiempo—.  Se han quedado atascados en la arena y no pueden volver al mar.
—Están varados. Cuando una ballena se queda atascada en la playa se dice que está varada. Y lo mismo con los delfines —les explicó Isabella.
— ¡Este está enredado en unas cuerdas o una red, no sé…! —dijo Aurora.
—Y este parece que se ha comido un plástico porque le sale un trozo por la boca —añadió Julio haciendo una mueca de disgusto.
— ¡Se mueven! ¡Todavía están vivos! —exclamó Alberto apartándose de un salto para esquivar un golpe de cola—. Vamos a devolverlos al agua. 

—Sí, pero primero les quitaremos el plástico y las cuerdas, si no se morirán. Seguramente, han acabado en la playa porque, nadando con esas porquerías, se han cansado demasiado —pensó Sofía—, y además no han podido comer.
—Venid. —Aunque Julia los llamaba en voz baja, se notaba que estaba muy excitada porque sonreía y les hacía gestos rápidos con la mano para que se acercaran—. ¡He encontrado a un delfín muy pequeño! Creo que es un bebé.
Se acercaron despacito para no asustarlo porque era muy chiquitín y nunca había visto a un ser humano. Sin darse cuenta, los chicos ya se habían metido en otra operación de rescate. Enseguida se organizaron en equipos: unos fueron en busca de Cristina, Jorge y Antonio, y los demás echaban agua a los delfines para que no se les resecara la piel.
 La situación se complicó más en cuanto empezaron a llegar personas y todos querían tocarlos. No se daban cuenta de que aquellos animales se encontraban heridos y agotados. 
—Los están poniendo nerviosos —dijo Dalila tan observadora como siempre.
—Por favor, no se acerquen a los delfines. —Les pidió Amir—. Están muy débiles. No los molesten.
Un hombre, sin hacerles ni caso, cogió al delfín bebé para hacerse una foto con él. El animalito se removía intentando liberarse.
—Por favor, suéltelo enseguida. Está muy asustado y se puede morir de miedo —le explicó Elena intentando que entrara en razón.
— ¡Cállate, mocosa! ¿Quién eres tú para decirme lo que puedo y lo que no puedo hacer?
—Se lo hemos pedido por favor —suplicó Víctor enfrentándose a él con valor, mientras aquel mamarracho se comportaba como un cobarde aprovechándose de un delfinito que no podía defenderse.

Suerte que llegaron los lobos alfa a tiempo. Antonio le dijo que lo denunciaría por maltrato animal, mientras Cristina le sacaba una fotografía manoseando al delfín para enseñarla a la policía, pero el hombre se reía burlón. Entonces, Jorge se plantó delante de él muy serio y le exigió que le diera el delfín. Rodeado de todos los agentes del Comando Lobo mirándolo con cara de pocos amigos, ya no se puso tan chulito y, por fin, entregó el delfín. Con mucho cuidado Jorge lo dejó cerca de su madre.
Ahora venía lo más difícil: liberarlos y devolverlos al agua. No había tiempo que perder porque los delfines son mamíferos y no sabían cuanto tiempo llevaba el pequeño sin mamar. Si querían salvarle la vida era muy importante devolverlos enseguida al agua para que pudiera alimentarse. 
Los niños seguían mojando la delicada piel de los delfines. Antonio sacó su cuchillo y les pidió que le sujetaran en alto los cordajes de la red para cortarlos sin dañar al delfín. 

Webdelfin - Cómo ayudar a un delfín varado

        Al lado, Jorge y Blanca tiraban con mucha cuidado del plástico que tenía liado en el morro. Se había tragado una parte y resultaba complicado y doloroso arrancárselo, pero poco a poco lo quitaron casi todo. Solo esperaban que el pedazo que se había quedado en su estómago no lo hiciera enfermar y que se salvara.
Mientras tanto, Cristina y César cuidaban del bebé manteniéndolo húmedo.
Niños y delfines se miraban a los ojos y se hablaban sin palabras. Aquellos brillantes ojos negros les daban las gracias por ayudarlos, en cambio, la mirada de los niños intentaba darles ánimos y les pedía perdón porque la basura tirada al mar los había puesto en peligro.

—Ya podemos devolverlos al agua. Vamos a empujarlos con suavidad. ¡Todos a la una! —dijo Cristina.
Pusieron entonces las manos sobre los delfines y descubrieron lo suavísima que es su piel, y empujaron, y empujaron con todas sus fuerzas, hasta que las olas los cubrieron casi por completo. Los adultos enseguida empezaron a mover la cola y a nadar, sin embargo, el pequeño se hundía y no era capaz de subir a respirar.
—Está muy débil. Llevará muchas horas sin comer nada… —pensó en voz alta Susi.
—Pues yo no pienso abandonarlo. Voy a llevarlo con su madre para que mame —dijo Nora muy decidida metiéndose en el agua.


Mamá delfín miraba con preocupación a su bebé y no sabía que podía hacer para salvarlo. Daba vueltas nerviosa alrededor de Nora que mantenía al delfinito sumergido pero con la cabeza fuera del agua para que respirara.
—Que se quede solo Nora en el mar. A ver si la madre se acerca –propuso Jorge.
Los chicos se sentaron en la arena observando. Mamá delfín pareció entender lo que estaban haciendo y, más confiada, se aproximó a su bebé y le hizo una caricia con el morro. El pequeño intentó marcharse con ella, pero se hundía.
—Nora, pon al delfín bajo la tripa de la madre y a lo mejor puede tomar un poco de leche. —Jaime acababa de tener una buena idea, pues el bebé enseguida empezó a alimentarse. De todas formas, aún no se mantenía a nado y era necesario sostenerlo en brazos.

Foto de Ecología Verde - Los delfines, víctimas de la basura oceánica

—Supongo que nadie quiere irse de aquí hasta que el bebé se recupere, ¿verdad? —preguntó Yassmin—. ¿Qué os parece si hacemos turnos para no cansarnos? Cada diez minutos, que entre uno de nosotros en el agua y que coja al delfín —Y así lo hicieron durante toda la mañana.
—Oye, delfín —le dijo Miguel—, yo soy pequeño como tú y no puedo aguantar tu peso, pero he traído a mi abuelo Jorge que es superforzudo. Ya verás, ya… A mí, también, me coge en brazos.
La playa se iban llenando de bañistas y curiosos que querían ver a los delfines. Cristina había llamado a la Policía para que acordonaran la zona y no dejaran pasar a nadie, porque la gente solo pensaba en hacerse fotos y en tocar a los delfines y no les importaba si de esta forma los agobiaban. Les daba igual si la madre asustada se marchaba y abandonaba a su bebé. 

A medio día, el pequeñín había comido varias veces y se encontraba mejor. Aunque ya se atrevía a nadar unos metros, aún volvía a los brazos de los niños a descansar. Cuando se sintió con fuerzas suficientes, se marchó con su familia mar adentro.
—Me da pena y alegría al mismo tiempo. Era tan bonito… pero estoy contento de que pueda volver con su mamá —confesó Carolina mientras les decía adiós con la mano. 

Fotografía: Delfín Web
—Creo que me pasa como al delfín: me caigo de tanta hambre —dijo César al escuchar el ruido que hacía su tripa.
—Se nos ha ido toda la mañana en este rescate. Vamos a comer —propuso Jorge.
En la casita, los papás de algunos alumnos habían preparado un delicioso pollo con cigalas y una ensalada de lechuga, piña y nueces. Comieron más que las pirañas del río Amazonas. ¡Tanto se les había abierto el apetito y tan contentos estaban!
Explicaron a sus padres el rescate de los delfines y hablaron sobre la contaminación y los problemas que ocasiona a los animales marinos.
—También los barcos de pesca con sus redes de arrastre destrozan el fondo del mar, arrancan las algas que son el refugio y la comida de muchos peces —explicó Antonio—. Además atrapan peces que no deberían por ser demasiado pequeños o de especies protegidas o no comestibles…
Los chicos se quedaron un rato pensando sobre la cantidad de basura que se tira al mar. Nunca hasta ahora habían visto tan claro el daño que producía. 


—Hoy, habéis trabajado muy bien. ¿Qué os parece si, ahora, en lugar de jugar en la playa, hacemos algo diferente? ¿Os gustaría ver el fondo del mar? Podría enseñaros  submarinismo, claro que si estáis cansados… —sugirió Antonio con una risita guasona
Aunque los niños lo miraron primero entornando un poco los ojos como quien intenta averiguar si le están tomando el pelo, enseguida se dieron cuenta de que Antonio  hablaba en serio. Al instante, una chispa de ilusión se encendió en todas las miradas.
—¡¡Claro que nos gustaría ver el fondo del mar!! ¿Cuándo nos vamos? —preguntó Tarek levantándose de la silla tan rápido que la hizo caer.
—Pues ahora mismo. Esta tarde había quedado con mis compañeros Nieves, Manu y Pablo para replantar posidonia en el fondo marino, así que podéis acompañarnos.
Aquel día no hubo siesta. Embarcaron en una nave-laboratorio de la Universidad de Málaga que tenía un trozo de casco acristalado y podían ver bajo el agua.
Antonio, Cristina y Jorge sonreían contemplándolos tan atentos mirando a través del cristal. A cada descubrimiento se les iluminaba la cara y reían y gritaban: «Mira, mira», señalando un tímido pulpo que se escondía bajo las rocas, una reluciente dorada, un pequeño banco de salmonetes, unos cuantos erizos…
No muy lejos de la costa pararon el barco y observaron el fondo. 

Fotografía: RTVE - Castañuela y serranos en una pradera de Posidonia oceánica

           —Esas plantas que veis sobre la arena se llaman posidonia. Manu y Nieves van a recoger las que han arrancado los temporales y los barcos con las redes de pesca y las anclas. Luego, Pablo las trasplantará en aquellas rejillas que hemos clavado en el fondo —explicó Antonio señalando unos metros más allá.
— ¿Y nosotros no podemos bajar? Yo quiero ayudarlos. —Se ofreció Laura la mar de dispuesta.
—No. Hoy no. Primero necesitáis saber bucear con seguridad. Comando Lobo, ¿estáis preparados para un entrenamiento especial? —Los niños gritaron que sí—. Entonces, hoy os convertiréis en el Comando Lobos de Mar.
—Sí, ya sé —dijo Álex—, porque a los marinos se les llama lobos de mar, ¿verdad?
—Eso mismo. Ahora, quitaos los chalecos salvavidas y poneos el traje de neopreno. Bajaréis conmigo y con Cristina en grupos de cinco.
Mar adentro el agua estaba más fresquita y un escalofrío los recorría al sumergirse a pesar de los trajes. Alguno también probó lo salada que estaba al tragar un sorbo sin querer, pero no importaba porque explorar el fondo era una experiencia increíble.

By Albert kok - Own work, CC BY-SA 3.0
— ¡He visto una especie de mejillón gigante! Se llama nacra —explicó David.
—Pues yo me he encontrado un caballito chiquitín chiquitín—dijo Blanca.
—Y yo he tocado una estrella colorada —añadió Laia.
—A mí, una morena me ha dado un susto... —Reconoció temblando Alberto.

 Los niños que regresaban a la superficie estaban tan emocionados que todos hablaban a la vez contando lo que habían visto, los que todavía no habían bajado se frotaban las manos  impacientes y se asomaban al borde de la barca intentando descubrir en qué lugar habían descubierto tantas maravillas.
—Abuelo, yo también quiero bajar —dijo Miguel, quitándose el chaleco salvavidas.
—No puedes. Todavía eres demasiado pequeño. Cuando aprendas a nadar bien, el abuelo te traerá un día a bucear.
—Mira, abuelo, ahí abajo hay un pez enorme —dijo Miguel asomándose al borde de la barca y, de repente, dos delfines dan un formidable salto por encima de la barca, el niño pierde el equilibrio, y cae al mar.

Jorge vio su carita asustada bajo el agua. Glu, glu, glu… Se iba al fondo sacudiendo sus bracitos. Glu, glu, glu…
— ¡Miguel! ¡Miguel ha caído al agua! —gritó Jorge con toda la fuerza de sus pulmones, pero los que estaban buceando no podían escucharlo. ¡Qué angustia más grande!
Al instante, los niños que quedaban en el barco se echaron al agua. ¿Podrían salvarlo?
—No lo vemos, Jorge. ¿Dónde ha caído? —preguntó Iker.
— ¡Aquí mismo! ¡Aquí mismo! —repetía Jorge pasándose la mano por la cabeza desesperado.
De pronto, se oyó la risa y la voz de Miguel al otro lado de la embarcación:
— ¡Mira, abuelo, mírame! Ja, ja, ja.
Todos miraron en aquella dirección y se encontraron al pequeño sobre la tripa de un delfín saludando a Jorge con la mano.

— ¡Los delfines lo han sacado del agua! —adivinó Iker.
—Esta mañana, los hemos salvado nosotros y, ahora, ellos han salvado a Miguel —dijo Isabella.
Cuando delfín y niño llegaron al lado de la barca comprobaron que era mamá delfín la que había rescatado a Miguel porque se le veían las heridas de la red que le habían quitado horas antes.
—Mirad el bebé delfín también está aquí y ¡qué bien nada! —exclamó Susana contentísima de verlo tan recuperado.

¿Adivináis cómo pasaron el resto de la tarde? Pues nadando con los delfines. La manada se acercó a ellos, les daban con mucha delicadeza con el morro como queriendo decir: « ¿juegas conmigo?», y se reían con su risita tan simpática de delfín, luego se los llevaban de paseo sobre el lomo; a más distancia, les hacían tremendos saltos y volteretas para divertirlos.

Fotografía de Expok
Cuando cayó la noche regresaron a casa, sin embargo, estaban tan excitados aún que no podían dormir y se sentaron en la playa a charlar un rato. Había sido tan emocionante salvar a los delfines que Erick dijo en un suspiro:
—Siempre recordaré este día.
—Yo tampoco los podré olvidar, pero ¿sabéis qué os digo? Que estoy muy enfadado con la cantidad de basura que he visto en el mar —añadió Iván con el ceño fruncido.
—Sí, había mucha. Es un desastre. Los delfines casi se mueren por culpa de eso. —Se lamentó Aurora, y todos miraron con tristeza hacia el mar donde se habían quedados sus amigos.

Aquella noche los chicos prometieron que jamás tirarían porquerías al mar, ni a los ríos ni en el bosque; su lugar era el contenedor de basura. 
Después se fueron a dormir y soñaron… soñaron con transparentes aguas de marinas llenas de algas, de peces de colores, de caballitos de mar, de pulpos, de delfines juguetones y sonrientes que les invitaban a divertirse con ellos.

miércoles, 13 de septiembre de 2017

Buscando a Caperucita Roja y al Lobo Feroz



Los agentes del Comando Lobo salieron con mala cara del teatro. Se notaba que la representación de Caperucita Roja no les había gustado.
— ¿Qué os ha parecido la obra? —preguntó Cristina, su maestra, de regreso al colegio.
—Pues mal, seño, requetemal —contestó LAURA frunciendo el ceño.
— ¿Por qué siempre le toca al lobo ser el malo? —protestó ÁLEX—, como en el cuento de Los tres cerditos.
—Nosotros sabemos que los lobos no hablan, así que no puede liar a Caperucita para que vaya por otro camino –discurrió SUSANA.
—Además, si quería comérsela, ¿por qué no lo hace en el bosque? —se preguntaba ERICK.
—Eso, eso. ¿Y para qué se disfraza de abuela? No hacía ninguna falta —añadió LAIA.
—Si ha matado a la abuelita y se la ha comido, ¿cómo puede ser que luego el cazador le abra la tripa al lobo y salga una abuela viva? —IVÁN llegó a una conclusión—: Si ya está muerta, no puede salir viva.


Estaban verdaderamente enfadados y eran muchas las preguntas que se hacían y pocas las respuestas.
—Yo creo que el cuento de Caperucita es mentira —afirmó AURORA muy seria.
—Y yo. Pero por culpa de este cuento los niños tienen miedo al lobo —opinó JULIO.
—Lo peor es que, cuando son mayores, matan a los lobos porque ya les tienen manía desde pequeños —dijo ISABELLA.
—Me parece que deberíamos hablar con Caperucita para preguntarle si este cuento sucedió de verdad —propuso ALBERTO decidido a llegar al fondo del asunto.
—Esto tiene pinta de ser el principio de otra misión del Comando Lobo—dijo Cristina sonriendo—. Iremos a la biblioteca a investigar quién escribió el cuento.


Ya en el colegio, se reunieron en torno a uno de los ordenadores y empezaron a buscar información sobre Caperucita Roja.
—Aquí dice que era una historieta que contaban a los niños para que vieran los peligros de ser desobedientes y se asustaran; así, después, hacían caso de todo lo que les decía su mamá —explicó SOFÍA.
—Sí, pero más tarde un señor francés, que se llamaba Charles Perrault, escribió el cuento —concretó IKER.
—Entonces, tendremos que buscar a Caperucita en Francia —dijo JULIA mirando el mapa que Cristina había colgado en la pared del aula.
— ¿Y si buscando a Caperucita, nos encontramos con el lobo? ¿Y si ese lobo es malo de verdad y nos ataca? —preguntó DALILA con la voz temblorosa.
—Fácil: que nos acompañe Jorge Escudero. Él sabe cómo tratar a los lobos —sugirió AMIR.

Jorge Escudero paseando con uno de sus lobos

Cristina telefoneó a Jorge y le explicó que los chicos querían entrevistar a Caperucita y conocer al lobo para saber si era feroz o no. Primero Jorge dijo que no podía ir porque tenía a su nieto Miguel en casa, además, ese cuento le disgustaba profundamente. Sin embargo, luego pensó que lo mejor sería llevarse al niño para que también supiera la verdad. De esta forma, si alguien le explicaba esa historia tan fea, nunca la creería.
—Contad con nosotros —aceptó Jorge. Y Miguel lo cogió de la mano dispuesto a acompañar a su abuelo hasta el fin del mundo.
—Francia es un país muy grande, ¿cómo sabremos dónde encontrar a Caperucita? —preguntó DAVID rascándose la cabeza a ver si se le ocurría una idea.


—Eso no es lo más complicado. Caperucita es una niña de un cuento de hace muuuchos años. No podemos entrar en un cuento ni viajar al pasado —Reconoció ELENA levantando y dejando caer los hombros como si aquel fuera un problema insalvable que debían aceptar.
Los chicos se miraron unos a otros desanimados. No habían pensado en ese importante detalle hasta el momento. Las miradas se dirigieron, entonces, hacia Cristina por si ella tenía la solución. Y la tenía. ¡Vaya si la tenía!
—Sabía que llegaría este momento. He de contaros un secreto—susurró Cristina en tono misterioso—: el Comando Lobo tiene las llaves del portal para entrar en los cuentos.
Los niños abrieron los ojos asombrados, en todos brillaba la emoción ante una aventura tan extraordinaria. Cristina se puso en contacto con el guardián que custodiaba una de las llaves de la puerta, la otra llave la tenía ella.
—Chicos, nos veremos aquí en dos días. Para entonces ya habrán llegado Jorge, Miguel y el guardián de la puerta. Mientras tanto, preparad las preguntas que queráis hacerle a Caperucita. ¡Ah!, y traed la mochila de las misiones por si estamos un tiempo fuera de casa.
El día señalado todos los agentes del Comando Lobo esperaban a la puerta del colegio. Habían madrugado mucho para ser puntuales, como siempre que salían de expedición. Esa mañana, la niebla fría que llegaba desde el mar dejaba el paisaje borroso y un gusto y un olor a sal marina. Cristina, Jorge y Miguel también estaban allí, solo faltaba el guardián de la puerta. 

Antonio, el Lobo Alfa guardián del portal al mundo de los cuentos.

— ¡Mirad, por ahí viene alguien! —gritó VÍCTOR señalando hacia un pequeño bulto que aparecía y desaparecía entre la neblina—. Será el guardián.
Todos los niños miraron en aquella dirección llenos de curiosidad. Un escalofrío les recorría el cuerpo a medida que aquella sombra se hacía más grande, más definida y más cercana. El guardián era un tipo muy alto y muy moreno.
— ¡Hola, amigos! —les saludó como si los conociera de toda la vida.
— ¿¡Es Antonio!?—adivinó BLANCA con cara de sorpresa.
—Ja, ja, ja —se reía Cristina—, pues claro. ¿Quiénes iban a ser los guardianes del portal? Solo pueden ser los lobos alfa.
—¡¡Qué intrigante es esta Cris!! —exclamó Antonio y todos se echaron a reír.
Tras los saludos, entraron en el colegio y Cristina los llevó a la biblioteca.
— ¿Aquí está el portal al mundo de los cuentos? —Preguntó CÉSAR levantando las cejas con incredulidad.
—Sí, en todas las bibliotecas existe una puerta que lleva a otros mundos —explicó la maestra mientras descolgaba un cuadro de la pared y aparecían dos pequeñas cerraduras con una extraña forma por las cuales salían destellos azulados.
Antonio y Cris introdujeron sus llaves. Al instante, se dibujó en la pared la silueta de un portal en forma de arco y se abrió de par en par, pero más allá solo se veían montones de letras flotando, arremolinándose, persiguiéndose como si estuvieran jugando en el patio de su cole.


—Ahora tenemos que decirle al portal a qué libro queremos ir —explicó Cristina—.  MIGUEL di el nombre del cuento y el autor.
—Caperucita Roja y el Lobo Feroz de Charles Perrault —dijo Miguel muy serio.
No había terminado de pedir su deseo cuando apareció ante ellos un hayedo y, a lo lejos, en un claro, se veía una casita rodeada de prados cubiertos de amapolas.
 Entraron en el cuento poco a poco porque daba una sensación un poco rara, como de andar sobre un colchón de agua, y tenían que acostumbrarse. El mundo de los cuentos era muy frágil. Anduvieron hasta la casita y preguntaron a una señora mayor, que les abrió la puerta, si Caperucita Roja vivía allí. La buena mujer les explicó que Caperucita se había marchado hacía muchos años a otro cuento. Los chicos la miraron desconcertados.
— ¿A otro cuento? ¿Qué cuento? —preguntó SUSI porque le parecía extraño que Caperucita pudiera irse de un cuento a otro.
—A otro cuento de Caperucita que escribieron unos hermanos alemanes. Se apellidaban Grimm, creo recordar.  La abuela y el lobo también se fueron con ella.
—Esto es increíble: ¡Caperucita y la abuela se han fugado con el lobo! —exclamó TAREK resoplando— Y ahora, ¿qué hacemos?
—Pues irnos al otro cuento. ¿Antonio podemos cambiar de cuento? —preguntó Nora sin alterarse.
—Sí, regresemos al portal.
— ¿Qué os parece si primero desayunamos aquí? —Propuso Cristina—. Mirad qué pradera tan espléndida, llena de margaritas y de amapolas. Fijaos qué bien huele y cuántas mariposas y abejas hay revoloteando. 


Viajar a otros mundos abre el apetito así que, sentados sobre la hierba, se comieron unos sabrosos bocadillos de atún, de jamón o de queso que llevaban en sus mochilas y la anciana les invitó a zumo de naranja recién exprimido.
De vuelta en el portal, JAIME fue el encargado de formular la nueva petición.
—Queremos ir al cuento de Caperucita Roja de los hermanos Grimm de Alemania.
El portal les mostró entonces un frondoso pinar, era tan espeso que no se veía nada más que pinos y abetos en todas direcciónes, en algunos sitios el sol atravesaba entre las copas y pintaba un rodal de luz en el suelo. Los niños buscaban algún sendero o alguna roca que pudiera orientarlos, cuando de repente, a cierta distancia, vieron a una niña con una capa roja. 


— ¡Hola, Caperucita! —la saludó YASSMIN levantando la mano—. ¡Ven, queremos hablar contigo! 
—Pues yo no quiero hablar con vosotros —contestó Caperucita y echó a correr todo lo rápido que pudo. En dos segundos había desaparecido y, por más que buscaron, no lograron encontrarla.
—Es un poco antipática, ¿no? —dijo CAROLINA moviendo la cabeza y arrugando la nariz burlándose de Caperucita.
—Bueno… ten en cuenta que su madre le prohibió que hablara con desconocidos —Le recordó Cristina.
Diciendo esto pasa el lobo y tampoco quiere detenerse a escuchar a los chicos.
— ¡Qué raro! ¿Pero qué les pasa a estos personajes? Si el lobo fuera malo, estaría aquí tan contento intentando engañarnos para comernos de uno en uno —dijo LAURA.
—Pues se ha marchado corriendo con el rabo entre las piernas y las orejas gachas —señaló ÁLEX.
—Eso es porque tiene mucho miedo —aclaró Jorge—, no esperaba encontrarnos aquí y, desde luego, ni se le ha pasado por la cabeza devorarnos.
 Hablar con Caperucita empezaba a resultar más complicado de lo que se habían imaginado. Cristina pensó que, como el cuento se repetía cada día, podían esperarla a la mañana siguiente, cuando pasara otra vez. Así lo hicieron.
— ¡Caperucita, espera, queremos hablar contigo! —La llamó DAVID
—Ya os dije ayer que no, pesados —contestó alejándose a toda prisa.
—Caperucita, ¡¿por qué eres tan embustera y cuentas mentiras sobre el lobo?! —La desafió LAIA gritando para que la escuchara en la distancia.
Caperucita se paró en seco, dio media vuelta y miró a LAIA con cara de pocos amigos.


— ¿Cómo dices? Yo nunca he contado ninguna mentira sobre el lobo —protestó echando chispas por los ojos entornados.
— ¡Ah!, ¿no? ¿Y qué es toda esa historia de que te engaña en el bosque para comerte a ti y a la abuela, y luego un cazador os salva abriéndole la tripa? —la interrogó SUSANA.
—Eso no me lo he inventado yo, para que lo sepas, listilla.
—Pues menos mal, porque son todo mentiras. Los lobos no hablan ni cuentan trolas —afirmó ERICK.
—Vaya, por fin, alguien que piensa un poco. ¿Qué queréis de mí?
—Nosotros somos agentes del Comando Lobo y rescatamos a muchos animales en peligro, también algunos lobos —le explicó IVÁN. Al escuchar que salvaban lobos, Caperucita se tranquilizó un poco y puso cara de prestar atención.
—Hemos venido a tu cuento para saber si es verdad que el lobo es feroz y se come a las personas. Es que, en todas las historias que nos cuentan, el lobo es un bicho malo… —Se justificó AURORA para no enfadar otra vez a Caperucita.


—Los lobos son muy buenos cazadores, sobre todo, en manada. Serían capaces de cazar a una persona si no tuvieran otra cosa para comer y la persona no pudiera defenderse. —Los niños se quedaron impresionados. No era aquella la respuesta que esperaban—. Pero los hombres han matado a tantísimos lobos que, ahora, nos tienen mucho miedo y ya no atacan a las personas.
Todos tenían la misma duda en la cabeza, pero nadie se atrevía a decir nada, hasta que JULIO preguntó con un hilo de voz:
—Entonces, ¿mató a tu abuelita o no?
—No. Todo el cuento es mentira. No es eso lo que sucedió.
Los chicos querían que les explicara la verdad, pero la niña dijo que contarla era peligroso y que no lo haría sin permiso de su abuela. Quedaron en verse al día siguiente en el mismo sitio.  ¡Qué intriga! ¡Caperucita tenía un secreto!
Decidieron quedarse en el pinar hasta el día siguiente y, mientras, charlaron y jugaron un buen rato con Caperucita. Ella les llevó hasta un riachuelo y se bañaron durante un ratito. Y, antes de marcharse, les enseñó una cueva donde podían pasar la noche con sus sacos de dormir.
En cuanto oscureció escucharon aullar a un lobo. ¿Sería el lobo feroz? 


— ¿Y si viene el lobo a comernos? —ISABELLA no estaba tranquila.
—Jo, jo, jo. —Se reía Jorge—. ¡Pobre lobo! Con tanta tropa, menudo susto se llevaría. No os preocupéis que ese lobo está lejos; además, nunca se acercaría al fuego —dijo señalando a las llamas de la hoguera que había encendido Antonio para calentarse.


— ¿Cantamos un rato antes de irnos a dormir? —Propuso Cristina para distraerlos. Y rieron y cantaron con tanta alegría que el escándalo resonaba en todo el bosque. Después aullaron para desearles buenas noches a los lobos, y ellos les contestaron desde la cresta de la sierra.
A la mañana siguiente esperaban a Caperucita impacientes. ¿Cuál sería ese secreto tan peligroso que no podía contar? La niña apareció como siempre con su capa roja y, muy contenta, les dijo que la abuela los invitaba a desayunar tarta de manzana. 

Fotografía: Sacha Blackburne

—Perdona, Caperucita, no quiero ser maleducado, pero nosotros no queremos desayunar, hemos venido aquí para saber si el lobo es feroz o no y si el cuento es verdad —insistió ALBERTO que no perdía de vista su misión.
—Lo sé, pero no os explicaré nada hasta llegar a casa de la abuelita. Es peligroso. El malo todavía está por aquí y si oye que os explico la verdad… —No quiso desvelar nada más.
Los niños se armaron de paciencia y siguieron a Caperucita hasta la casa. Al llegar, Caperucita abrió la puerta y entraron, pero en lugar de encontrar a la abuelita, vieron a un lobo. Los niños se quedaron aterrorizados pensando que el lobo se la había comido. 


Entonces, escucharon la voz de la abuelita:
—Ven aquí, Fer, que asustarás a estos chicos. —Y apareció la abuela con una tarta en la mano y la dejó sobre la mesa como si no pasara nada. Después se acercó al lobo y le acarició la cabeza. —Lobo travieso. ¿Mueves la cola? ¿Quieres tarta? Mira que eres zalamero. Luego te daremos un pedacito, goloso. Anda sal un rato a tomar el sol.
Más sorprendidos no podían estar.
— No me lo puedo creer, ¿este es el Lobo Feroz? ¿Por eso le llamáis Fer? —preguntó SOFÍA frotándose los ojos como si no pudiera estar viendo lo que veía.
—Sí y no. Es el lobo, pero se llama Fernando, Fer para los amigos. Y es tan feroz como un perrito consentido. Ja, ja, ja —La abuela se moría de la risa mientras el lobo daba saltos a su alrededor intentando lamerla.


Había llegado el momento de que la abuela y Caperucita les contaran la verdad. Resulta que un día Caperucita encontró a un cazador colocando cepos prohibidos en el bosque. Una vez descubierto intentó atraparla, pero ella se escapó corriendo. 

¡¡Corre, Caperucita!!

Al llegar a casa de la abuela gritando, el lobo salió corriendo para defenderla y saltó sobre aquel hombre malo que intentaba llevársela. Entonces, él le disparó, pero la abuela que había escuchado el tiro, salió con la escopeta y lo echó. Para que no lo metieran en la cárcel por perseguir niñas, el cazador contó a la policía y a los periodistas que el lobo había atacado a las dos mujeres y que él le había disparado para salvarlas.
— ¿Estás diciendo que el lobo era de tu abuela? —preguntó IKER.
—Sí, lo encontró un día en el jardín. Era un cachorrito perdido y se lo quedó. La abuela lo quiere mucho. Menos mal que pudo curarle las heridas y no murió.

Fer era un cachorro perdido

—Pero, ¿por qué escribieron ese cuento lleno de mentiras? —Quiso saber MIGUEL.
—Los periodistas no se molestaron en investigar la verdad y todos publicaron esa misma historia. La gente enseguida cogió miedo y odio al lobo. Luego, Charles Perrault escribió el cuento, y se hizo tan famoso, que ya era muy difícil cambiar la opinión… —explicó con tristeza Caperucita.
—Entonces, ¿los lobos son feroces o no? —JULIA necesitaba llegar al fondo…
—Depende. Si eres de su familia, te defenderán incluso con la vida, como hizo Fer el día en que me atacó el cazador malvado. Si no eres de su manada, lo más seguro es que no te hagan ni caso. Pero si los cazadores dejan a los lobos sin nada para comer, porque matan a todos los animales, intentarán cazar lo que sea para no morirse de hambre: gallinas, ovejas, vacas…


—Por eso están matando a todos los lobos en algunos sitios —Intervino Antonio.
—No podemos ir exterminando todo lo que nos molesta. Sobre todo, si parte de la culpa la tenemos nosotros por dejarlos sin nada que comer y por no proteger bien a nuestro ganado —dijo Jorge con muy buen juicio.
—Y por contar mentiras sobre el lobo en los cuentos y los periódicos para que las personas les tengan miedo —añadió DALILA.
—Se me ha ocurrido una idea un poco atrevida, pero a lo mejor… ¿Y si mañana, cuando el cuento vuelva a empezar, atrapamos al hombre malo? —sugirió AMIR—. Así no podrá perseguir a Caperucita ni herir al lobo ni contar embustes.
Como todos estuvieron de acuerdo prepararon una trampa. Al día siguiente, el cazador persiguió a Caperucita hasta casa de la abuela, como siempre salió Fer a defenderla y, cuando iba a pegarle un tiro al pobre lobo, todos los niños se pusieron delante de él para protegerlo.
El hombre, fastidiado, les gritó que se apartaran. Los chicos se mantuvieron firmes. El lobo le enseñó los colmillos gruñendo. 


Era un desafío que no se esperaba. Enfadado los encañonó con la escopeta. Fue un momento muy peligroso, pero allí estaban Cristina, Jorge y Antonio para arrearle un buen puñetazo y quitarle el arma.
Cuando llegó la policía para llevarlo a la cárcel se lo encontraron atado al tronco de un roble, temblando de miedo, porque allí estaba Fer vigilándolo… mirándolo fijamente a los ojos con su penetrante mirada de lobo. 


El plan había salido bien; sin embargo, todavía quedaba algo importante por hacer: explicar la verdad a la gente. Así pues decidieron grabar una entrevista a Caperucita y enviarla a la televisión y a los periódicos.
Los agentes del Comando Lobo estaban más que satisfechos porque, a partir de ahora, habría un nuevo cuento de Caperucita. Un cuento que habían escrito ellos y que contaba la verdadera historia sobre el hombre peligroso y el lobo Fer que recibió un tiro cuando intentaba salvar a su amiga Caperucita Roja.


Fotografía de Sacha Blackburne
Y colorín colorado, esta misión del Comando Lobo se ha acabado.
¿Y el lobo? ¿El lobo se ha acabado? Esperemos que no, que no se nos acaben los lobos. Fer sigue tan feliz con la abuela y Caperucita en el mundo de los cuentos, pero nuestros lobos… ellos necesitan que los dejemos vivir en paz en sus montañas y que no los matemos de hambre o a tiros.

Dando un paseo con el lobo