miércoles, 13 de septiembre de 2017

Buscando a Caperucita Roja y al Lobo Feroz



Los agentes del Comando Lobo salieron con mala cara del teatro. Se notaba que la representación de Caperucita Roja no les había gustado.
— ¿Qué os ha parecido la obra? —preguntó Cristina, su maestra, de regreso al colegio.
—Pues mal, seño, requetemal —contestó LAURA frunciendo el ceño.
— ¿Por qué siempre le toca al lobo ser el malo? —protestó ÁLEX—, como en el cuento de Los tres cerditos.
—Nosotros sabemos que los lobos no hablan, así que no puede liar a Caperucita para que vaya por otro camino –discurrió SUSANA.
—Además, si quería comérsela, ¿por qué no lo hace en el bosque? —se preguntaba ERICK.
—Eso, eso. ¿Y para qué se disfraza de abuela? No hacía ninguna falta —añadió LAIA.
—Si ha matado a la abuelita y se la ha comido, ¿cómo puede ser que luego el cazador le abra la tripa al lobo y salga una abuela viva? —IVÁN llegó a una conclusión—: Si ya está muerta, no puede salir viva.


Estaban verdaderamente enfadados y eran muchas las preguntas que se hacían y pocas las respuestas.
—Yo creo que el cuento de Caperucita es mentira —afirmó AURORA muy seria.
—Y yo. Pero por culpa de este cuento los niños tienen miedo al lobo —opinó JULIO.
—Lo peor es que, cuando son mayores, matan a los lobos porque ya les tienen manía desde pequeños —dijo ISABELLA.
—Me parece que deberíamos hablar con Caperucita para preguntarle si este cuento sucedió de verdad —propuso ALBERTO decidido a llegar al fondo del asunto.
—Esto tiene pinta de ser el principio de otra misión del Comando Lobo—dijo Cristina sonriendo—. Iremos a la biblioteca a investigar quién escribió el cuento.


Ya en el colegio, se reunieron en torno a uno de los ordenadores y empezaron a buscar información sobre Caperucita Roja.
—Aquí dice que era una historieta que contaban a los niños para que vieran los peligros de ser desobedientes y se asustaran; así, después, hacían caso de todo lo que les decía su mamá —explicó SOFÍA.
—Sí, pero más tarde un señor francés, que se llamaba Charles Perrault, escribió el cuento —concretó IKER.
—Entonces, tendremos que buscar a Caperucita en Francia —dijo JULIA mirando el mapa que Cristina había colgado en la pared del aula.
— ¿Y si buscando a Caperucita, nos encontramos con el lobo? ¿Y si ese lobo es malo de verdad y nos ataca? —preguntó DALILA con la voz temblorosa.
—Fácil: que nos acompañe Jorge Escudero. Él sabe cómo tratar a los lobos —sugirió AMIR.

Jorge Escudero paseando con uno de sus lobos

Cristina telefoneó a Jorge y le explicó que los chicos querían entrevistar a Caperucita y conocer al lobo para saber si era feroz o no. Primero Jorge dijo que no podía ir porque tenía a su nieto Miguel en casa, además, ese cuento le disgustaba profundamente. Sin embargo, luego pensó que lo mejor sería llevarse al niño para que también supiera la verdad. De esta forma, si alguien le explicaba esa historia tan fea, nunca la creería.
—Contad con nosotros —aceptó Jorge. Y Miguel lo cogió de la mano dispuesto a acompañar a su abuelo hasta el fin del mundo.
—Francia es un país muy grande, ¿cómo sabremos dónde encontrar a Caperucita? —preguntó DAVID rascándose la cabeza a ver si se le ocurría una idea.


—Eso no es lo más complicado. Caperucita es una niña de un cuento de hace muuuchos años. No podemos entrar en un cuento ni viajar al pasado —Reconoció ELENA levantando y dejando caer los hombros como si aquel fuera un problema insalvable que debían aceptar.
Los chicos se miraron unos a otros desanimados. No habían pensado en ese importante detalle hasta el momento. Las miradas se dirigieron, entonces, hacia Cristina por si ella tenía la solución. Y la tenía. ¡Vaya si la tenía!
—Sabía que llegaría este momento. He de contaros un secreto—susurró Cristina en tono misterioso—: el Comando Lobo tiene las llaves del portal para entrar en los cuentos.
Los niños abrieron los ojos asombrados, en todos brillaba la emoción ante una aventura tan extraordinaria. Cristina se puso en contacto con el guardián que custodiaba una de las llaves de la puerta, la otra llave la tenía ella.
—Chicos, nos veremos aquí en dos días. Para entonces ya habrán llegado Jorge, Miguel y el guardián de la puerta. Mientras tanto, preparad las preguntas que queráis hacerle a Caperucita. ¡Ah!, y traed la mochila de las misiones por si estamos un tiempo fuera de casa.
El día señalado todos los agentes del Comando Lobo esperaban a la puerta del colegio. Habían madrugado mucho para ser puntuales, como siempre que salían de expedición. Esa mañana, la niebla fría que llegaba desde el mar dejaba el paisaje borroso y un gusto y un olor a sal marina. Cristina, Jorge y Miguel también estaban allí, solo faltaba el guardián de la puerta. 

Antonio, el Lobo Alfa guardián del portal al mundo de los cuentos.

— ¡Mirad, por ahí viene alguien! —gritó VÍCTOR señalando hacia un pequeño bulto que aparecía y desaparecía entre la neblina—. Será el guardián.
Todos los niños miraron en aquella dirección llenos de curiosidad. Un escalofrío les recorría el cuerpo a medida que aquella sombra se hacía más grande, más definida y más cercana. El guardián era un tipo muy alto y muy moreno.
— ¡Hola, amigos! —les saludó como si los conociera de toda la vida.
— ¿¡Es Antonio!?—adivinó BLANCA con cara de sorpresa.
—Ja, ja, ja —se reía Cristina—, pues claro. ¿Quiénes iban a ser los guardianes del portal? Solo pueden ser los lobos alfa.
—¡¡Qué intrigante es esta Cris!! —exclamó Antonio y todos se echaron a reír.
Tras los saludos, entraron en el colegio y Cristina los llevó a la biblioteca.
— ¿Aquí está el portal al mundo de los cuentos? —Preguntó CÉSAR levantando las cejas con incredulidad.
—Sí, en todas las bibliotecas existe una puerta que lleva a otros mundos —explicó la maestra mientras descolgaba un cuadro de la pared y aparecían dos pequeñas cerraduras con una extraña forma por las cuales salían destellos azulados.
Antonio y Cris introdujeron sus llaves. Al instante, se dibujó en la pared la silueta de un portal en forma de arco y se abrió de par en par, pero más allá solo se veían montones de letras flotando, arremolinándose, persiguiéndose como si estuvieran jugando en el patio de su cole.


—Ahora tenemos que decirle al portal a qué libro queremos ir —explicó Cristina—.  MIGUEL di el nombre del cuento y el autor.
—Caperucita Roja y el Lobo Feroz de Charles Perrault —dijo Miguel muy serio.
No había terminado de pedir su deseo cuando apareció ante ellos un hayedo y, a lo lejos, en un claro, se veía una casita rodeada de prados cubiertos de amapolas.
 Entraron en el cuento poco a poco porque daba una sensación un poco rara, como de andar sobre un colchón de agua, y tenían que acostumbrarse. El mundo de los cuentos era muy frágil. Anduvieron hasta la casita y preguntaron a una señora mayor, que les abrió la puerta, si Caperucita Roja vivía allí. La buena mujer les explicó que Caperucita se había marchado hacía muchos años a otro cuento. Los chicos la miraron desconcertados.
— ¿A otro cuento? ¿Qué cuento? —preguntó SUSI porque le parecía extraño que Caperucita pudiera irse de un cuento a otro.
—A otro cuento de Caperucita que escribieron unos hermanos alemanes. Se apellidaban Grimm, creo recordar.  La abuela y el lobo también se fueron con ella.
—Esto es increíble: ¡Caperucita y la abuela se han fugado con el lobo! —exclamó TAREK resoplando— Y ahora, ¿qué hacemos?
—Pues irnos al otro cuento. ¿Antonio podemos cambiar de cuento? —preguntó Nora sin alterarse.
—Sí, regresemos al portal.
— ¿Qué os parece si primero desayunamos aquí? —Propuso Cristina—. Mirad qué pradera tan espléndida, llena de margaritas y de amapolas. Fijaos qué bien huele y cuántas mariposas y abejas hay revoloteando. 


Viajar a otros mundos abre el apetito así que, sentados sobre la hierba, se comieron unos sabrosos bocadillos de atún, de jamón o de queso que llevaban en sus mochilas y la anciana les invitó a zumo de naranja recién exprimido.
De vuelta en el portal, JAIME fue el encargado de formular la nueva petición.
—Queremos ir al cuento de Caperucita Roja de los hermanos Grimm de Alemania.
El portal les mostró entonces un frondoso pinar, era tan espeso que no se veía nada más que pinos y abetos en todas direcciónes, en algunos sitios el sol atravesaba entre las copas y pintaba un rodal de luz en el suelo. Los niños buscaban algún sendero o alguna roca que pudiera orientarlos, cuando de repente, a cierta distancia, vieron a una niña con una capa roja. 


— ¡Hola, Caperucita! —la saludó YASSMIN levantando la mano—. ¡Ven, queremos hablar contigo! 
—Pues yo no quiero hablar con vosotros —contestó Caperucita y echó a correr todo lo rápido que pudo. En dos segundos había desaparecido y, por más que buscaron, no lograron encontrarla.
—Es un poco antipática, ¿no? —dijo CAROLINA moviendo la cabeza y arrugando la nariz burlándose de Caperucita.
—Bueno… ten en cuenta que su madre le prohibió que hablara con desconocidos —Le recordó Cristina.
Diciendo esto pasa el lobo y tampoco quiere detenerse a escuchar a los chicos.
— ¡Qué raro! ¿Pero qué les pasa a estos personajes? Si el lobo fuera malo, estaría aquí tan contento intentando engañarnos para comernos de uno en uno —dijo LAURA.
—Pues se ha marchado corriendo con el rabo entre las piernas y las orejas gachas —señaló ÁLEX.
—Eso es porque tiene mucho miedo —aclaró Jorge—, no esperaba encontrarnos aquí y, desde luego, ni se le ha pasado por la cabeza devorarnos.
 Hablar con Caperucita empezaba a resultar más complicado de lo que se habían imaginado. Cristina pensó que, como el cuento se repetía cada día, podían esperarla a la mañana siguiente, cuando pasara otra vez. Así lo hicieron.
— ¡Caperucita, espera, queremos hablar contigo! —La llamó DAVID
—Ya os dije ayer que no, pesados —contestó alejándose a toda prisa.
—Caperucita, ¡¿por qué eres tan embustera y cuentas mentiras sobre el lobo?! —La desafió LAIA gritando para que la escuchara en la distancia.
Caperucita se paró en seco, dio media vuelta y miró a LAIA con cara de pocos amigos.


— ¿Cómo dices? Yo nunca he contado ninguna mentira sobre el lobo —protestó echando chispas por los ojos entornados.
— ¡Ah!, ¿no? ¿Y qué es toda esa historia de que te engaña en el bosque para comerte a ti y a la abuela, y luego un cazador os salva abriéndole la tripa? —la interrogó SUSANA.
—Eso no me lo he inventado yo, para que lo sepas, listilla.
—Pues menos mal, porque son todo mentiras. Los lobos no hablan ni cuentan trolas —afirmó ERICK.
—Vaya, por fin, alguien que piensa un poco. ¿Qué queréis de mí?
—Nosotros somos agentes del Comando Lobo y rescatamos a muchos animales en peligro, también algunos lobos —le explicó IVÁN. Al escuchar que salvaban lobos, Caperucita se tranquilizó un poco y puso cara de prestar atención.
—Hemos venido a tu cuento para saber si es verdad que el lobo es feroz y se come a las personas. Es que, en todas las historias que nos cuentan, el lobo es un bicho malo… —Se justificó AURORA para no enfadar otra vez a Caperucita.


—Los lobos son muy buenos cazadores, sobre todo, en manada. Serían capaces de cazar a una persona si no tuvieran otra cosa para comer y la persona no pudiera defenderse. —Los niños se quedaron impresionados. No era aquella la respuesta que esperaban—. Pero los hombres han matado a tantísimos lobos que, ahora, nos tienen mucho miedo y ya no atacan a las personas.
Todos tenían la misma duda en la cabeza, pero nadie se atrevía a decir nada, hasta que JULIO preguntó con un hilo de voz:
—Entonces, ¿mató a tu abuelita o no?
—No. Todo el cuento es mentira. No es eso lo que sucedió.
Los chicos querían que les explicara la verdad, pero la niña dijo que contarla era peligroso y que no lo haría sin permiso de su abuela. Quedaron en verse al día siguiente en el mismo sitio.  ¡Qué intriga! ¡Caperucita tenía un secreto!
Decidieron quedarse en el pinar hasta el día siguiente y, mientras, charlaron y jugaron un buen rato con Caperucita. Ella les llevó hasta un riachuelo y se bañaron durante un ratito. Y, antes de marcharse, les enseñó una cueva donde podían pasar la noche con sus sacos de dormir.
En cuanto oscureció escucharon aullar a un lobo. ¿Sería el lobo feroz? 


— ¿Y si viene el lobo a comernos? —ISABELLA no estaba tranquila.
—Jo, jo, jo. —Se reía Jorge—. ¡Pobre lobo! Con tanta tropa, menudo susto se llevaría. No os preocupéis que ese lobo está lejos; además, nunca se acercaría al fuego —dijo señalando a las llamas de la hoguera que había encendido Antonio para calentarse.


— ¿Cantamos un rato antes de irnos a dormir? —Propuso Cristina para distraerlos. Y rieron y cantaron con tanta alegría que el escándalo resonaba en todo el bosque. Después aullaron para desearles buenas noches a los lobos, y ellos les contestaron desde la cresta de la sierra.
A la mañana siguiente esperaban a Caperucita impacientes. ¿Cuál sería ese secreto tan peligroso que no podía contar? La niña apareció como siempre con su capa roja y, muy contenta, les dijo que la abuela los invitaba a desayunar tarta de manzana. 

Fotografía: Sacha Blackburne

—Perdona, Caperucita, no quiero ser maleducado, pero nosotros no queremos desayunar, hemos venido aquí para saber si el lobo es feroz o no y si el cuento es verdad —insistió ALBERTO que no perdía de vista su misión.
—Lo sé, pero no os explicaré nada hasta llegar a casa de la abuelita. Es peligroso. El malo todavía está por aquí y si oye que os explico la verdad… —No quiso desvelar nada más.
Los niños se armaron de paciencia y siguieron a Caperucita hasta la casa. Al llegar, Caperucita abrió la puerta y entraron, pero en lugar de encontrar a la abuelita, vieron a un lobo. Los niños se quedaron aterrorizados pensando que el lobo se la había comido. 


Entonces, escucharon la voz de la abuelita:
—Ven aquí, Fer, que asustarás a estos chicos. —Y apareció la abuela con una tarta en la mano y la dejó sobre la mesa como si no pasara nada. Después se acercó al lobo y le acarició la cabeza. —Lobo travieso. ¿Mueves la cola? ¿Quieres tarta? Mira que eres zalamero. Luego te daremos un pedacito, goloso. Anda sal un rato a tomar el sol.
Más sorprendidos no podían estar.
— No me lo puedo creer, ¿este es el Lobo Feroz? ¿Por eso le llamáis Fer? —preguntó SOFÍA frotándose los ojos como si no pudiera estar viendo lo que veía.
—Sí y no. Es el lobo, pero se llama Fernando, Fer para los amigos. Y es tan feroz como un perrito consentido. Ja, ja, ja —La abuela se moría de la risa mientras el lobo daba saltos a su alrededor intentando lamerla.


Había llegado el momento de que la abuela y Caperucita les contaran la verdad. Resulta que un día Caperucita encontró a un cazador colocando cepos prohibidos en el bosque. Una vez descubierto intentó atraparla, pero ella se escapó corriendo. 

¡¡Corre, Caperucita!!

Al llegar a casa de la abuela gritando, el lobo salió corriendo para defenderla y saltó sobre aquel hombre malo que intentaba llevársela. Entonces, él le disparó, pero la abuela que había escuchado el tiro, salió con la escopeta y lo echó. Para que no lo metieran en la cárcel por perseguir niñas, el cazador contó a la policía y a los periodistas que el lobo había atacado a las dos mujeres y que él le había disparado para salvarlas.
— ¿Estás diciendo que el lobo era de tu abuela? —preguntó IKER.
—Sí, lo encontró un día en el jardín. Era un cachorrito perdido y se lo quedó. La abuela lo quiere mucho. Menos mal que pudo curarle las heridas y no murió.

Fer era un cachorro perdido

—Pero, ¿por qué escribieron ese cuento lleno de mentiras? —Quiso saber MIGUEL.
—Los periodistas no se molestaron en investigar la verdad y todos publicaron esa misma historia. La gente enseguida cogió miedo y odio al lobo. Luego, Charles Perrault escribió el cuento, y se hizo tan famoso, que ya era muy difícil cambiar la opinión… —explicó con tristeza Caperucita.
—Entonces, ¿los lobos son feroces o no? —JULIA necesitaba llegar al fondo…
—Depende. Si eres de su familia, te defenderán incluso con la vida, como hizo Fer el día en que me atacó el cazador malvado. Si no eres de su manada, lo más seguro es que no te hagan ni caso. Pero si los cazadores dejan a los lobos sin nada para comer, porque matan a todos los animales, intentarán cazar lo que sea para no morirse de hambre: gallinas, ovejas, vacas…


—Por eso están matando a todos los lobos en algunos sitios —Intervino Antonio.
—No podemos ir exterminando todo lo que nos molesta. Sobre todo, si parte de la culpa la tenemos nosotros por dejarlos sin nada que comer y por no proteger bien a nuestro ganado —dijo Jorge con muy buen juicio.
—Y por contar mentiras sobre el lobo en los cuentos y los periódicos para que las personas les tengan miedo —añadió DALILA.
—Se me ha ocurrido una idea un poco atrevida, pero a lo mejor… ¿Y si mañana, cuando el cuento vuelva a empezar, atrapamos al hombre malo? —sugirió AMIR—. Así no podrá perseguir a Caperucita ni herir al lobo ni contar embustes.
Como todos estuvieron de acuerdo prepararon una trampa. Al día siguiente, el cazador persiguió a Caperucita hasta casa de la abuela, como siempre salió Fer a defenderla y, cuando iba a pegarle un tiro al pobre lobo, todos los niños se pusieron delante de él para protegerlo.
El hombre, fastidiado, les gritó que se apartaran. Los chicos se mantuvieron firmes. El lobo le enseñó los colmillos gruñendo. 


Era un desafío que no se esperaba. Enfadado los encañonó con la escopeta. Fue un momento muy peligroso, pero allí estaban Cristina, Jorge y Antonio para arrearle un buen puñetazo y quitarle el arma.
Cuando llegó la policía para llevarlo a la cárcel se lo encontraron atado al tronco de un roble, temblando de miedo, porque allí estaba Fer vigilándolo… mirándolo fijamente a los ojos con su penetrante mirada de lobo. 


El plan había salido bien; sin embargo, todavía quedaba algo importante por hacer: explicar la verdad a la gente. Así pues decidieron grabar una entrevista a Caperucita y enviarla a la televisión y a los periódicos.
Los agentes del Comando Lobo estaban más que satisfechos porque, a partir de ahora, habría un nuevo cuento de Caperucita. Un cuento que habían escrito ellos y que contaba la verdadera historia sobre el hombre peligroso y el lobo Fer que recibió un tiro cuando intentaba salvar a su amiga Caperucita Roja.


Fotografía de Sacha Blackburne
Y colorín colorado, esta misión del Comando Lobo se ha acabado.
¿Y el lobo? ¿El lobo se ha acabado? Esperemos que no, que no se nos acaben los lobos. Fer sigue tan feliz con la abuela y Caperucita en el mundo de los cuentos, pero nuestros lobos… ellos necesitan que los dejemos vivir en paz en sus montañas y que no los matemos de hambre o a tiros.

Dando un paseo con el lobo


martes, 18 de julio de 2017

Martina la araña saltarina



Un cuento para que los niños no teman a las arañas
 Reconozco que las arañas son raritas: van peludas porque siempre se olvidan de ir a la peluquería a cortarse el pelo, algunas son negras y otras de colores, tienen ocho patas y todas corren mucho (creo que por eso necesitan tantas patas), y corren tanto porque son muy muy miedicas.  Claro que si yo viera a un gigante que quiere aplastarme o arrancarme una pata también correría y mordería. Vosotros, ¿no?
Voy a contaros la historia de Isabella y su araña.

Martina

MARTINA LA ARAÑA SALTARINA

Isabella nunca pensó que un día sería famosa, y no lo pensaba, porque tampoco le importaba ser famosa; a ella lo que de verdad le gustaba era jugar con su amiga Ángela. A veces, se iban las dos al bosque que había detrás de su casa o a los campos de almendros y manzanos que labraba el abuelo de Ángela. Precisamente esta historia empezó con el abuelo y sus almendros, y Ángela que entró corriendo en la peluquería de su madre.
—Hola, mamá, ¿sabes qué me ha regalado el abuelo?  preguntó levantando un pequeño saco.
—No tengo ni idea. ¿Qué?
—Almendras nuevas, de esas que aún están tiernas.
— ¡Qué buenas! Abre unas cuantas y nos las comeremos juntas cuando termine de peinar a esta señora.
Ángela se fue al reservado donde se almacenaban los productos de estética y demás trastos, buscó en la caja de herramientas un martillo, cogió una maderita donde apoyar las almendras para romperlas y, sentada en el suelo, empezó su tarea. 
Las arañas tienen ocho ojos y ocho patatitas

No estaba sola; una prisionera la observaba desde dentro del saco. La metieron allí por accidente junto con las almendras, y ahora se encontraba magullada y desorientada, pues no reconocía el lugar, y eso la ponía nerviosa. Tímidamente salió para reconocer el terreno, vio a Ángela y lo peor es que Ángela también la vio a ella.
— ¡Aaah! ¡Mamá, mamá! chilló la niña.
Al oír unos gritos tan espeluznantes, la madre entró corriendo.
— ¿Qué te sucede? preguntó—. ¿Te has chafado un dedo?
—No, mira: una araña contestó Ángela señalando hacia el saco—. ¡Mátala que es muy fea! ¡Aaaah!
Una araña de colorines no es fea, ¿verdad?

Si Ángela se había asustado, la araña estaba aterrorizada. Las arañas no oyen muy bien, solo captan vibraciones. Los agudos gritos de Ángela la hacían temblar. Todas las patitas le flojeaban. No sabía dónde ir; pero cuando vio el zapato de la madre que se le venía encima, echó a correr.
Subió por la pared y salió hacia la peluquería, entonces sí que se armó un buen follón. Algunas mujeres se pusieron a gritar y a tirar objetos al pobre animalito. Al final, la hicieron caer de la pared y desapareció en algún lugar de las pilas de lavar el pelo.
— ¿Dónde está? preguntaban ansiosas.
—Ha caído al agua aseguraba una.
—Tira agua caliente para que se vaya por el desagüe y pon el tapón aconsejaba la otra.
Y así lo hicieron. Todas se quedaron tranquilas y convencidas de que se habían librado de ella. 
Sin embargo, la araña seguía allí muy quietecita. Había caído dentro de un cacharro lleno de tinte y se había escondido en el fondo, aunque no podría aguantar mucho porque aquel mejunje apestaba tanto que acabaría por desmayarse. 
La araña se cayó en el cacharro del tinte rojo

Cuando ya no quedaba nadie, salió medio atontada y, entonces, sí que se cayó en la pila de agua.
— ¡Arrgg, qué fría! —refunfuñó la araña—. Al menos el agua me quitará esta porquería y este mal olor.
Se restregó la araña sus ocho patas, la cabeza, el abdomen (que es su barriguita), todo, vaya. Se sentía limpia, pero no conseguía recuperar su color.
—Me he frotado muy bien, ¿por qué sigo manchada? – Pensaba muy intrigada la araña—. Siempre he presumido de unos maravillosos colorines que son la envidia de todas mis amigas. Siempre he sido la más guapa, en cambio, este tono… es un desastre.
Aunque se sentía algo deprimida, debía pensar en otros asuntos más importantes como encontrar el camino a casa, mejor dicho al campo. Echó a andar y caminó y caminó toda la noche, subió escaleras, bajó paredes, rodeó muebles…; sin embargo, no encontró ninguna salida: volvía a estar encerrada, seguía en una prisión.
Está cansada y triste

Al amanecer, muy cansada y triste y, además, hambrienta, se acurrucó en la esquina de una ventana. Si la abrían, a lo mejor, podría escapar. Poco a poco se fue quedando dormida.
El ruido de una puerta la despertó. Ángela y su amiga Isabella acababan de entrar riendo y hablando sin parar. Mientras Ángela buscaba los patines, Isabella se acercó a la ventana.
— ¡Anda, mira qué bonita! ¿Desde cuándo la tienes? preguntó Isabella—. Es preciosa. Nunca había visto una de color rosa.
— ¿Una qué? —contestó Ángela sin mirar, pues continuaba rebuscando en el armario de los juguetes—. Yo no tengo nada rosa.
— ¿Ah, no? Pues esta es rosa rosa…, más rosa no puede ser comentó Isabella—. ¿Puedo tocarla?
— ¿De qué hablas? —dijo Ángela dándose la vuelta y mirando a su amiga.
—De la araña aclaró. 
Entonces la vio. La vio y se quedó blanca. Iba a gritar como la tarde anterior, pero allí estaba Isabella tan tranquila intentando tocar a la araña.
— ¿Es que tú te atreves a…? susurró.
—Pues claro –afirmó Isabella—. Ven aquí preciosa, eres como un peluche rosita. ¡Qué mona!
¿Te atreves a tocar a la araña?

Le acercó un dedo lentamente. La araña se la miraba sin fiarse mucho, aunque la verdad es que Isabella no parecía amenazadora. Levantó una pata y…
—Mira qué araña tan simpática, me está saludando con la patita interpretó Isabella, y sin pensarlo dos veces, juntó su dedo con la pata de la araña—. ¡Chócala! Encantada de conocerte.
— ¿Y si te pica? murmuraba Ángela, escondida detrás de su amiga.
—No creo. Me picaría si se sintiera amenazada, o si yo fuera una presa, o si pudiera oler mi miedo, o eso dicen en los documentales –aseguró Isabella—. Tengo una idea: para que sea nuestra amiga vamos a traerle algo de comida. Eso nunca falla.
— ¿Pero tú estás loca? ¡Isabella, es una a-ra-ña! recalcó Ángela—. ¿Entiendes? Los bichos no son amigos de las personas.
— ¿Qué te apuestas? Voy a buscar algo.
Y salió antes de que Ángela pudiera decirle que no pensaba quedarse sola con aquel bicho, tampoco se atrevía a marcharse por si se escondía y luego no podían encontrarla. La araña la miraba con sus ocho ojos muy fijamente sin moverse ni un milímetro, no fuera a gritar como la tarde anterior y viniera la madre con la zapatilla a matarla.
Me quedaré quietecita no sea que me den un zapatillazo

Enseguida regresó Isabella.
—Mira, arañita, lo que tengo para ti: un mosquito y un escarabajo azul Le ofreció Isabella al tiempo que dejaba el mosquito muy cerca de la araña.
Como se moría de hambre se acercó despacito, desconfiando, pero esta niña no parecía un enemigo y, al final, se puso a comer.
—Oye, tú no la quieres ¿verdad?  preguntó a Ángela—. ¿Puedo quedármela?
—Claro, toda tuya aceptó encantada— que para eso somos amigas.
—Gracias. Tendremos que ponerle un nombre, ¿no te parece? pensaba Isabella en voz alta—. ¿Martina te gusta?
—Mejor, llámala Bicharraco respondió Ángela.
— ¡Cómo eres! Martina, tú no hagas caso. Anda, súbete a mi mano que nos vamos a casa.
Martina está contenta con su nueva amiga

Y Martina trepó por la mano de Isabella que era una mano amiga, calentita y olía muy bien.
—Gracias, otra vez, Ángela. Esta araña rosa es única en el mundo, jamás olvidaré que me la regalaste tú. Hasta mañana se despidió Isabella contentísima con su nueva mascota.
Transcurrieron los días y Martina e Isabella cada vez se entendían mejor y eran más amigas. A la niña le gustaba hacer los deberes y que la araña la acompañara sobre el escritorio, así no se aburría tanto.
—Martina, vamos a jugar a dar clase, ¿vale? Como tú no te sabes las tablas yo seré la señorita y tú, la alumna.
¿Te sabes la tabla del ocho, Martina?

En estos casos la araña solía armarse de paciencia y levantaba una patita en señal de conformidad.
—Martina, vamos a repasar la tabla del ocho. Repite conmigo: ocho por cero, cero; ocho por uno, uno; ocho por dos, cien… —recitaba Isabella tan feliz.
Pero la araña no le hacía ni caso.
—Martina, he dicho que ocho por dos son cien y te has quedado tan fresca. ¿No ves que está mal? Te haré una versión adaptada para arañas y así te aclaras mejor; cero arañas, cero patas; una araña por ocho patas, ocho patas; dos arañas por ocho patas, cien patas…
Martina levantó las dos patitas delanteras, lo cual significaba que no estaba de acuerdo.
— ¡Muy bien! Ya veo que estás atenta; ocho por dos no son cien. Solo quería comprobar si me prestabas atención. Seguimos: dos arañas con ocho patas, dieciséis patas; tres arañas con ocho patas,  veinticuatro patas…
La araña se paseaba por la mesa, se subía al cuaderno…
—Mañana tengo examen de ciencias naturales. Martina, te voy a preguntar sobre los invertebrados. ¿Dónde estás? preguntó Ángela mirando por toda la mesa—. ¿No te habrás escondido porque no te sabes la lección?
La araña se encogió para que no la descubriera.
—Martina, hoy te interesa el tema. Te voy a contar la diferencia entre los insectos y los arácnidos. Supongo que sabrás que tú no eres un insecto, eres un arácnido.
Entonces la araña salió del estuche de los lápices, se subió al libro mientras Isabella le explicaba que ni los insectos ni las arañas tienen columna vertebral por eso son todos invertebrados, sin embargo, los insectos cuentan con seis patas y los arácnidos con ocho. 
El escarabajo es un insecto y la araña es un arácnido

No siempre eran así de tranquilas y entretenidas las tardes de estas dos amigas.  Un día Isabella estaba trabajando en una manualidad, de pronto, se dio cuenta de que le faltaba una goma y fue a pedírsela a su madre.  Mientras tanto, Martina salió de la cajita que era su casa y empezó a curiosear cartulinas, herramientas, se metió en unos botecitos muy llamativos, derribó otros…
Cuando regresó Ángela no podía creer lo que estaba viendo: las cartulinas revueltas, los botes tumbados, la cola derramada, la pared llena de caminitos brillantes de purpurina… Esto solo podía ser obra de alguien que ella conocía muy bien.
— ¡Martina, eres tremenda! ¿Dónde estás araña atolondrada?
Siguiendo el rastro de purpurina que había dejado en la pared la descubrió enseguida.
—Eres muy traviesa. ¿Qué le voy a decir a mamá cuando vea la pared llena de purpurina? ¿Le digo que son cenefas?

Entonces se echó a reír.
— ¿Tú te has visto bien? ¿No tenías bastante con ser una araña de color rosa? Ahora estás llena de purpurina y brillas como si fueras una bola de Navidad. 
Aquella noche la araña no se atrevió a bajar de la pared. La tenue luz que entraba por la ventana se reflejaba en la purpurina y la hacía destellar. Isabella tumbada en su cama la observaba divertida.
—Martina, estás bonita ahí arriba, pareces una estrella en el cielo. Si ahora te diera por correr, serías una estrella fugaz  le comentó Isabella.
La arañita ya no se sentía tan apesadumbrada al escuchar a su dueña. Cuando era de colorines, ella se veía muy guapa; en cambio las personas le tenían asco y miedo y, entonces, querían matarla. No entendía por qué la consideraban mala, si era de colores; y buena, si era rosa. Era la misma buena araña tuviera el color que tuviera. Pensaba que los humanos eran raros, pero si ser rosa y brillante de purpurina hacía feliz a Isabella y evitaba que los demás intentaran asesinarla, pues estupendo.

Con la llegada del verano, empezó el calor y ese calor húmedo y pegajoso, que no deja ni dormir por las noches, atrajo a los mosquitos leopardo. Aparecieron una tarde en una miríada, que es como un platillo volante formado por mosquitos, y atacaron a niños, adultos, perros, vacas…, casi nadie se libró. A la mañana siguiente, los amigos de Isabella se enseñaban unos a otros las grandes ronchas y contaban cuántas tenían para ver quién era el ganador. Lo peor es que escocían una barbaridad, así que el ganador era también el perdedor. 
Sin embargo, Isabella no tenía ni una picadura. Era la única del pueblo que se había salvado. Entonces, fueron a visitarla el Sr. Alcalde, el Sr. Pediatra, la Sra. Directora del colegio, la Sra. Jefa de Policía. Todos necesitaban saber qué había hecho Isabella para librarse, porque estas personas tan importantes tenían que proteger al resto del pueblo de la plaga de mosquitos. Aunque la interrogaron durante una hora, no descubrieron nada.

Al anochecer, aparecieron otra vez los mosquitos y picaron un poco menos que la noche anterior porque los vecinos estaban preparados, aún así, algunos se despertaron con unos cuantos picotazos más. 
Por la mañana, las autoridades volvieron a casa de Isabella. Cuando comprobaron que no tenía ni una picadura a pesar de dormir con la ventana entreabierta, se quedaron más confusos que el día anterior, porque que no la picaran un día podía ser suerte, pero dos…
—Yo sé el porqué –intervino Isabella.
Nadie la escuchaba. Así son los mayores: se enzarzan en una discusión y no se escuchan ni entre ellos. Entonces Isabella tuvo una idea; subió a su habitación, cogió a Martina y de regreso en el salón, abrió la cajita y soltó a la araña. Inmediatamente se hizo el silencio. El alcalde se escondió detrás del pediatra, la directora se subió a una silla, la policía la apuntó con la pistola… No sabían si gritar o no, si disparar o no, si huir o no, porque era una araña, pero una araña rosa brillante. Se quedaron estupefactos. Estupefactos es una palabra extraña para decir que la situación era tan rara que no sabían cómo reaccionar.
 
La directora tiene miedo de la araña

—Aquí está es la diferencia: yo tengo araña y los demás no afirmó Isabella. Esta es Martina, mi amiga, y cada noche teje una tela de seda en la abertura de la ventana de forma que cuando entran los mosquitos se quedan atrapados. Luego los envuelve con otro hilo de seda para inmovilizarlos.
—No es posible, esos mosquitos son demasiado grandes, romperían la tela objetó el alcalde.
—La seda de la tela de araña es muy resistente aseguró Isabella. Si coge dos hilos igual de gruesos uno de seda y otro de acero, se romperá antes el de acero.

La tela de araña es más resistente que el acero

—No creo que eso pueda ser masculló el alcalde.
—Suban a mi habitación y les enseñaré la tela retó Isabella a todos los presentes.

Los arácnidos pueden segregar distintas clases de seda según el uso que le vayan a dar y Martina, viendo que los mosquitos eran enormes, tejió una trampa con su mejor seda.
—Anoche mi araña no dormía en ninguno de sus sitios habituales y me puse a buscarla explicó Isabella—. Cuando la encontré estaba muy atareada tejiendo esa tela entre la ventana y la pared que, como pueden ver, está llena de mosquitos. Tan pronto como se quedaban enganchados, mi arañita los envolvía en seda y ya no podían escapar. 
La tela de Martina está llena de mosquitos

— ¡Caramba! exclamó el alcalde—, parece que llevas razón; tu araña se ha pasado la noche haciendo guardia para que no te picara ningún mosquito.
Martina levantó la patita y ya sabéis que, cuando ella levanta una pata, quiere decir que está de acuerdo.
—Esto lo explica todo dijo la chica policía—. Sr. Alcalde creo que deberíamos informar a la población para que no maten más arañas ni rompan sus telas.
—Los pájaros también comen insectos; todos podríamos colgar en los árboles casetas para que aniden –sugirió Isabella.
—Sí, es una buena idea. Las instalaremos en los parques se comprometió el alcalde.
Se marcharon dando órdenes para hacer bandos, comprar casetas, enviar notas a la prensa, hacer… lo que hacen las autoridades. Isabella y Martina se quedaron solas en su habitación.
—Martina, muchas gracias por cuidar de mí dijo Isabella a la araña— mientras le acariciaba la espalda con un dedo.
Martina estaba tan contenta que cogió carrerilla y dio una voltereta en el aire.
— ¡Oh!  exclamó Isabella—. ¡Araña alocada! ¿No ves que puedes hacerte daño? Yo también estoy contenta, pero no hago volteretas mortales. Ven, sube a mi mano que nos vamos de paseo.

Por primera vez pudieron salir a tomar el sol al parque sin que nadie intentara hacer daño a la araña. Aunque la miraban con curiosidad y un pelín de repelús, al cabo de unos días se habían acostumbrado y la saludaban con simpatía, sobre todo, desde la aparición de su fotografía en la portada del diario con una doctora que había venido desde Japón para estudiar su seda. 

La doctora Cheryl Hayashi estudia a las arañas

Además ahora estaba de moda tener una araña de mascota, ¡aunque no fuera rosa! Para despedirnos, Martina, que es una araña muy educada, levanta su patita y nos dice:
“Adiós”


Ya veis que las arañas no son malas, pero recordad que son muy miedicas. Si encontráis una araña intentad salvarla, pero no la cojáis con la mano porque si se asusta puede morderos, utilizad una cajita o un vaso para atraparla y sacarla a la calle.