miércoles, 12 de septiembre de 2018

Lobo en paz, un secreto de cuatro patas



            Al amanecer, el joven lobo subía con un trote ligero hasta lo alto de la loma y se tumbaba entre los arbustos para camuflarse. La curiosidad lo llevaba hasta allí cada mañana, luego pasaba horas mirando lo que sucedía en el llano. Sabía que encontraría a otros lobos; lo supo, incluso antes de verlos, porque ya los había escuchado y olido a distancia.
El lobo solitario hubiera deseado que fueran sus compañeros, sin embargo, aquellos lobos estaban encerrados, y lo que resultaba más peligroso: siempre rondaban humanos y enormes perros mastines por el lugar.
Los días transcurrían sin que el lobo abandonara la zona ni la idea de aproximarse hasta el cercado, pero aún no se atrevía… tenía miedo a las personas.  
Le desconcertaba, especialmente, la confianza entre aquellos lobos y sus cuidadores: los saludaban con mucho entusiasmo, se dejaban acariciar, saltaban a su alrededor y los lamían como si fueran grandes amigos de una misma manada. 


Durante su acecho, también, llegó a conocer muy bien a una familia que solía ir a ver a los lobos. El lobo errante observaba con especial interés a un cachorro humano que jugaba a diario con ellos.
¿Quién era ese cachorro? Pues se llamaba Miguel y estaba pasando las vacaciones en una reserva de lobos con su abuelo Jorge.
Una mañana, Jorge montó al pequeño en su caballo y se lo llevó de paseo por el campo. En un momento dado, un halcón cruzó el cielo tras una perdiz y el abuelo aprovechó para explicarle al niño cómo cazan las rapaces. Al levantar la vista para seguir el vuelo del pájaro, Miguel vio la silueta de otro animal sobre la colina.
—Abuelo, allí hay un lobo.


          Sí, había un lobo, era el joven lobo que los observaba desde hacía rato. Los tres se quedaron quietos. Mirándose. Pasaban los minutos y ninguno se movía. El animal sentía miedo y curiosidad; Jorge, una tremenda emoción y Miguel… ¡Miguel estaba deseando ir a tocarlo!
—Abuelo, vamos a ver al lobo. Anda, anda… —lo animaba espoleando al caballo con sus piernas.
Jorge observaba al cánido evaluando sus intenciones y el riesgo que corría con el niño.
Lobo y hombre se miraron a los ojos, Jorge podía notar la intensa mirada del lobo clavada en él, el lobo sentía la determinación y la nobleza de aquel hombre. Sin palabras ambos comprendieron que se respetarían y que no se harían daño.
—No, Miguel. Es un lobo salvaje y hay que dejarlo en paz —dijo el abuelo tirando de las riendas del caballo para marcharse en otra dirección.
—Adiós, lobo —se despidió Miguel levantando la mano.
Tan entusiasmado estaba el abuelo con el nieto, y tan contento el nieto con el abuelo, que solían pasar todo el día juntos de acá para allá.


En una de estas salidas al campo, Jorge se cruzó con un pastor de cabras y empezó a charlar con él mientras el niño merendaba. Correteando por la dehesa, de pronto, se encontró frente al lobo del día anterior.
—Hola, lobo. ¿Qué haces aquí? ¿Nos estabas siguiendo? —preguntó Miguel tan tranquilo.
El lobo sabía que tan solo era un cachorro, por lo tanto, no representaba ningún peligro, así que se sentó mirándolo y esperando a ver qué hacía.
—Oye, lobo, el abuelo me ha dicho que te deje en paz. Si no te hago nada, estás en paz, ¿verdad?


          El lobo echó una oreja hacia atrás. Se estaría preguntando qué demonios le decía el pequeño. El niño simplemente quería ser amigo de aquel lobo tan bonito.
— ¿Quieres pan con jamón? —Le echó el bocadillo que le quedaba. El animal lo olió y se lo comió al instante.
— ¡Miguel, no te alejes más! ¡Ven! —gritó el abuelo sin bajar la guardia para no perder de vista al nieto ni un minuto.
— ¡Si estoy aquí mismo, abuelo! ¡Ya voy…! —contestó el nieto.
Los gritos habían asustado al lobo y, agazapado bajo una encina, dudaba entre esconderse más o salir huyendo hacia la sierra. 


          —Amigo, tengo que irme. Espero que mañana vengas otra vez —. Y Miguel fue corriendo a reunirse con su abuelo.
— ¿Qué estabas haciendo, pillín? —Quiso saber Jorge.
—Estaba jugando a “lobos en paz”—. La ocurrencia del niño hizo que el abuelo estallara en risas, pero no comprendió que lo decía en sentido literal,  no se trataba de un lobo imaginario, había estado con un lobo real.
En los días siguientes, Miguel y el lobo volvieron a encontrarse. Con la naturalidad con que los niños traban amistad y se ponen a jugar, empezaron ambos a acercarse y a hacer pequeñas correrías juntos. Mitad ingenuidad infantil y mitad falta de miedo, porque él no estaba educado en el terror al lobo, lo convirtió en su compañero.


           Mientras Jorge leía sentado a la sombra de una encina, escuchaba hablar al niño y sonreía pensando que jugaba a “lobos en paz”.  El lobo era tan astuto que no se dejaba ver por el adulto; de esta forma, la relación era un secreto entre Miguel y el lobo.
Aunque era un secreto que pronto dejaría de serlo, y no es que Miguel no supiera guardar secretos, es que el lobo decidió contárselo a Jorge de la forma más curiosa que os podáis imaginar.
Ese día, Jorge había ido a Hellín a recoger un libro que pensaba regalar a Miguel por su cumpleaños, así que el niño salió de excursión con su mamá y la abuela.
Aunque a lo lejos, sobre la sierra, se veían nubarrones bastante oscuros, en Riópar el cielo estaba despejado y la temperatura era muy agradable.
Disfrutaron mucho de aquella deliciosa tarde campestre: merendaron, charlaron, jugaron con el niño, se hicieron fotos y rieron de lo lindo.
A última hora, se había levantado un viento muy fresco y decidieron regresar a casa. Entonces empezó lo malo: el coche no arrancaba. Primero, bajó la madre del vehículo y levantó el capó por si veía algo anormal y podía arreglarlo.
—Pues no sé… parece como si fallara el sistema eléctrico… por eso ni siquiera arranca al girar la llave—aventuró frunciendo el ceño.
Abuela y nieto también salieron del coche y se pusieron a mirar el motor. Mientras las mujeres se ocupaban de llamar a una grúa, Miguel se dio cuenta de que había venido su amigo lobo y se fue a jugar con él. 


          Curiosamente había aparecido un pequeño curso de agua que no estaba cuando llegaron y el niño se entretenía tirando tronquitos y viendo como los arrastraba la corriente.
Transcurría el tiempo sin que la grúa llegara a aquel apartado lugar. Era importante que las encontrara antes de que oscureciera, de lo contrario, cada vez sería más difícil; así que intentaban orientar al mecánico por teléfono.
Ocupadas en esto no se dieron cuenta de lo que sucedía a sus espaldas hasta que un ruido sordo les llamó la atención. Entonces, se dieron la vuelta y vieron que se había formado un arroyo en una rambla que llevaba seca muchos años. 


            — ¿Dónde está Miguel? —preguntó angustiada la madre.
—¡¡Miguel!! —gritaron ambas yendo de un lado para otro buscándolo.
— ¡Estoy aquí, mamá! —contestó el niño desde la otra orilla mientras lanzaba piedras al agua.
El fragor del agua era mayor a cada momento, igual que el caudal. La madre intentó cruzar el arroyo, pero ya no era posible sin que la arrastrara la corriente. Volvió a su orilla.
Nadie sabe hasta qué punto se puede encoger el corazón de una madre cuando ve a su hijo en peligro, sin embargo, ella sonreía para que el niño no se asustara.
—Miguel, no te preocupes. Mamá no puede cruzar, pero ahora vendrá el abuelo por el otro lado del río a recogerte.
A primera hora de la tarde, una fuerte tormenta había descargado muchísima agua en lo alto de la sierra, al escurrirse, había formado un gran torrente en muy poco tiempo.
Las nubes se habían desplazado hasta Riópar con sus relámpagos y, ahora, una cortina de agua tremenda apenas dejaba ver. Miguel estaba mojado de la cabeza a los pies, los truenos retumbaban en todo el valle y fue entonces cuando el lobo decidió llevarlo a un lugar seguro donde resguardarse. 
Empezó a empujarlo con el morro, a morderle la chaqueta, a tirar de él hasta que Miguel comprendió que quería que lo siguiera y se fueron juntos monte arriba donde no llegaba el agua.
Madre y abuela estaban desesperadas porque la tormenta había dejado sin cobertura los teléfonos de forma que no podían avisar a Jorge para que fuera a rescatar al nieto. ¡¡Qué desastre!!
Regresaba Jorge de la imprenta de Hellín cuando empezó a sentir una especie de sensación extraña, con el paso del tiempo, era ya como una angustia, aunque no se encontraba enfermo.
Tenía la idea fija de que no debía ir a su casa, sino al campo. Ignoraba el porqué, pero cada vez la inquietud era más fuerte, más urgente. 


No podía explicar cómo se había formado en su cabeza la imagen de un lobo en un paraje que conocía muy bien, pero que no sabía a santo de qué lo recordaba ahora; sin embargo, sentía la necesidad de ir hasta allí en aquel preciso momento.
Siguió aquel impulso, dejó el coche en la carretera y anduvo campo a través bajo la lluvia durante un par de kilómetros. 


          Aunque la lluvia arreciaba, al mirar hacia los peñascos que coronaban la loma, le pareció distinguir una silueta lobuna. Se limpió las gafas de agua y volvió a mirar. No había nada. Pensó que aquella especie de locura ya había durado bastante. Dio media vuelta para regresar a casa, y en ese instante, un aullido corto y seco como una protesta le erizó los pelos de la nuca. 


          Se giró muy lentamente. Allí delante estaba el lobo. Sus ojos en los suyos. El lobo empezó a subir cuesta arriba sin perder de vista a Jorge y él lo siguió como si aquella mirada tuviera un fuerte imán que no podía resistir. 
Antes de llegar a lo alto, escuchó algo que lo sorprendió muchísimo más que el aullido del lobo.
— ¡Hola, abuelo! —saludó Miguel desde la entrada de una pequeña cueva—. Has tardado un montón…
— ¿Miguel, eres tú? —preguntó con incredulidad Jorge intentando distinguirlo en la penumbra.


          —Pues sí, abuelo, soy yo. Y este es… —el niño vaciló al darse cuenta de que el lobo no tenía nombre—, este es Lobo en Paz. Te prometo que lo he dejado en paz, abuelo —añadió enseguida con cara de niño bueno para que no lo regañara por haberse ido con el lobo prohibido.
Jorge cogió al niño en brazos y le dio un abrazo de abuelo mimoso. Luego le preguntó cómo había ido a parar allí. Miguel se lo explicó.
—Tu madre no me ha llamado por teléfono, Miguel. No será una broma, ¿verdad?
—No, no abuelo—. Negó con la cabeza. — Si mamá no te lo ha dicho, ¿por qué has venido a buscarme? ¿Cómo sabías dónde estaba?
Jorge se quedó callado un momento, miró al lobo que estaba tumbado al lado lamiéndose el agua. 


—Me lo ha dicho el lobo. Él me ha traído hasta aquí. Creo que ha enviado un mensaje sin palabras desde su cabeza a la mía. Se llama telepatía.
— ¡Ah, vale! —dijo Miguel sin darle mayor importancia acostumbrado como estaba a las nuevas tecnologías.
Se despidieron del lobo y bajaron de la sierra cogidos de la mano hablando de cosas de nietos y abuelos, naturalmente.
Poco después ya funcionaban los teléfonos y pudieron avisar a la madre de que estaban a salvo. Ellas, también, habían llegado bien a casa.
Durante la cena, Miguel les explicó cómo el lobo había avisado al abuelo para que fuera a buscarlo. 


          —Se llama tele… tele… telepatita o algo así, ¿no, abuelo? Es como si el lobo le diera con la patita a un móvil y saliera el mensaje en la cabeza del abuelo, pero sin hablar ni escribir, ¿eh?
    Todos se echaron a reír. Miguel era demasiado pequeño para saber explicar la telepatía, pero era muy inteligente y, de forma intuitiva, lo comprendía o quizás tenía facultades telepáticas y no le resultaba extraño que pudiera entenderse de maravilla con el lobo.
¡Ojalá sea Miguel el científico que logre explicar la telepatía y demostrarla!

He recibido un mensaje: el lobo quiere que salga a jugar con él.

Las maravillosas fotografías del lobo son de Julián Fernández Quilez, agradezco su autorización para utilizarlas en este relato. 
Los apaños poco artísticos para juntar niños con lobos son cosa mía.



jueves, 28 de diciembre de 2017

Paro temporal de este blog por intervención quirúrgica


Desde hace unos meses tengo las muñecas en mal estado y ha sido necesario someterme a una intervención quirúgica, por este motivo he dejado de escribir.

Sin embargo, este proyecto no ha muerto, todavía quedan muchas aventuras que contar del Comando Lobo y, en cuanto me sea posible, retomaré la actividad.

Aquí tenéis el índice con todos los enlaces a los relatos publicados.
 
Hasta pronto amigos.

María  -  Milano Negro

sábado, 7 de octubre de 2017

Nadando con delfines


¿Por qué será que estos chicos del Comando Lobo siempre acaban metidos en alguna aventura? ¡Es que no descansan ni durante las vacaciones! Y eso que Cristina, su maestra,  los había llevado a la playa para que tuvieran una semana de tranquilidad. Allí habían acudido, también, Antonio, Jorge y su nieto Miguel, el más joven de los agentes especiales.
Aunque no era necesario que madrugaran para ir al colegio, los chicos se levantaban pronto porque no querían perderse ni un minuto de diversión. Sentados en la terraza de la casita donde estaban alojados desayunaban como mapaches hambrientos: frutas, leche, tostadas con aceite y jamón serrano. 

El cielo se había puesto su color azul más azul, el azul que solo se pone en verano. Bandadas de vencejos volaban por encima del tejado y del bosque y gritaban dándoles los buenos días, luego seguían persiguiéndose unos a otros jugando al pilla-pilla.  El sol empezaba a calentar y llegaba un aroma de pino y de jara que se mezclaba con el olor a mar.
Era una mañana maravillosa, y sin embargo, en la playa se estaba produciendo un desastre. Erick se dio cuenta:
—Mirad, algo pasa la orilla del agua. Hay muchas gaviotas. ¿Qué están picoteando?
—Yo diría que son peces muy grandes. ¡Vamos a investigar! —dijo Susana y todos salieron corriendo hacia la playa.
— ¡Son delfines! —gritó Iván con un deje en la voz de sorpresa y de pena al mismo tiempo—.  Se han quedado atascados en la arena y no pueden volver al mar.
—Están varados. Cuando una ballena se queda atascada en la playa se dice que está varada. Y lo mismo con los delfines —les explicó Isabella.
— ¡Este está enredado en unas cuerdas o una red, no sé…! —dijo Aurora.
—Y este parece que se ha comido un plástico porque le sale un trozo por la boca —añadió Julio haciendo una mueca de disgusto.
— ¡Se mueven! ¡Todavía están vivos! —exclamó Alberto apartándose de un salto para esquivar un golpe de cola—. Vamos a devolverlos al agua. 

—Sí, pero primero les quitaremos el plástico y las cuerdas, si no se morirán. Seguramente, han acabado en la playa porque, nadando con esas porquerías, se han cansado demasiado —pensó Sofía—, y además no han podido comer.
—Venid. —Aunque Julia los llamaba en voz baja, se notaba que estaba muy excitada porque sonreía y les hacía gestos rápidos con la mano para que se acercaran—. ¡He encontrado a un delfín muy pequeño! Creo que es un bebé.
Se acercaron despacito para no asustarlo porque era muy chiquitín y nunca había visto a un ser humano. Sin darse cuenta, los chicos ya se habían metido en otra operación de rescate. Enseguida se organizaron en equipos: unos fueron en busca de Cristina, Jorge y Antonio, y los demás echaban agua a los delfines para que no se les resecara la piel.
 La situación se complicó más en cuanto empezaron a llegar personas y todos querían tocarlos. No se daban cuenta de que aquellos animales se encontraban heridos y agotados. 
—Los están poniendo nerviosos —dijo Dalila tan observadora como siempre.
—Por favor, no se acerquen a los delfines. —Les pidió Amir—. Están muy débiles. No los molesten.
Un hombre, sin hacerles ni caso, cogió al delfín bebé para hacerse una foto con él. El animalito se removía intentando liberarse.
—Por favor, suéltelo enseguida. Está muy asustado y se puede morir de miedo —le explicó Elena intentando que entrara en razón.
— ¡Cállate, mocosa! ¿Quién eres tú para decirme lo que puedo y lo que no puedo hacer?
—Se lo hemos pedido por favor —suplicó Víctor enfrentándose a él con valor, mientras aquel mamarracho se comportaba como un cobarde aprovechándose de un delfinito que no podía defenderse.

Suerte que llegaron los lobos alfa a tiempo. Antonio le dijo que lo denunciaría por maltrato animal, mientras Cristina le sacaba una fotografía manoseando al delfín para enseñarla a la policía, pero el hombre se reía burlón. Entonces, Jorge se plantó delante de él muy serio y le exigió que le diera el delfín. Rodeado de todos los agentes del Comando Lobo mirándolo con cara de pocos amigos, ya no se puso tan chulito y, por fin, entregó el delfín. Con mucho cuidado Jorge lo dejó cerca de su madre.
Ahora venía lo más difícil: liberarlos y devolverlos al agua. No había tiempo que perder porque los delfines son mamíferos y no sabían cuanto tiempo llevaba el pequeño sin mamar. Si querían salvarle la vida era muy importante devolverlos enseguida al agua para que pudiera alimentarse. 
Los niños seguían mojando la delicada piel de los delfines. Antonio sacó su cuchillo y les pidió que le sujetaran en alto los cordajes de la red para cortarlos sin dañar al delfín. 

Webdelfin - Cómo ayudar a un delfín varado

        Al lado, Jorge y Blanca tiraban con mucha cuidado del plástico que tenía liado en el morro. Se había tragado una parte y resultaba complicado y doloroso arrancárselo, pero poco a poco lo quitaron casi todo. Solo esperaban que el pedazo que se había quedado en su estómago no lo hiciera enfermar y que se salvara.
Mientras tanto, Cristina y César cuidaban del bebé manteniéndolo húmedo.
Niños y delfines se miraban a los ojos y se hablaban sin palabras. Aquellos brillantes ojos negros les daban las gracias por ayudarlos, en cambio, la mirada de los niños intentaba darles ánimos y les pedía perdón porque la basura tirada al mar los había puesto en peligro.

—Ya podemos devolverlos al agua. Vamos a empujarlos con suavidad. ¡Todos a la una! —dijo Cristina.
Pusieron entonces las manos sobre los delfines y descubrieron lo suavísima que es su piel, y empujaron, y empujaron con todas sus fuerzas, hasta que las olas los cubrieron casi por completo. Los adultos enseguida empezaron a mover la cola y a nadar, sin embargo, el pequeño se hundía y no era capaz de subir a respirar.
—Está muy débil. Llevará muchas horas sin comer nada… —pensó en voz alta Susi.
—Pues yo no pienso abandonarlo. Voy a llevarlo con su madre para que mame —dijo Nora muy decidida metiéndose en el agua.


Mamá delfín miraba con preocupación a su bebé y no sabía que podía hacer para salvarlo. Daba vueltas nerviosa alrededor de Nora que mantenía al delfinito sumergido pero con la cabeza fuera del agua para que respirara.
—Que se quede solo Nora en el mar. A ver si la madre se acerca –propuso Jorge.
Los chicos se sentaron en la arena observando. Mamá delfín pareció entender lo que estaban haciendo y, más confiada, se aproximó a su bebé y le hizo una caricia con el morro. El pequeño intentó marcharse con ella, pero se hundía.
—Nora, pon al delfín bajo la tripa de la madre y a lo mejor puede tomar un poco de leche. —Jaime acababa de tener una buena idea, pues el bebé enseguida empezó a alimentarse. De todas formas, aún no se mantenía a nado y era necesario sostenerlo en brazos.

Foto de Ecología Verde - Los delfines, víctimas de la basura oceánica

—Supongo que nadie quiere irse de aquí hasta que el bebé se recupere, ¿verdad? —preguntó Yassmin—. ¿Qué os parece si hacemos turnos para no cansarnos? Cada diez minutos, que entre uno de nosotros en el agua y que coja al delfín —Y así lo hicieron durante toda la mañana.
—Oye, delfín —le dijo Miguel—, yo soy pequeño como tú y no puedo aguantar tu peso, pero he traído a mi abuelo Jorge que es superforzudo. Ya verás, ya… A mí, también, me coge en brazos.
La playa se iban llenando de bañistas y curiosos que querían ver a los delfines. Cristina había llamado a la Policía para que acordonaran la zona y no dejaran pasar a nadie, porque la gente solo pensaba en hacerse fotos y en tocar a los delfines y no les importaba si de esta forma los agobiaban. Les daba igual si la madre asustada se marchaba y abandonaba a su bebé. 

A medio día, el pequeñín había comido varias veces y se encontraba mejor. Aunque ya se atrevía a nadar unos metros, aún volvía a los brazos de los niños a descansar. Cuando se sintió con fuerzas suficientes, se marchó con su familia mar adentro.
—Me da pena y alegría al mismo tiempo. Era tan bonito… pero estoy contento de que pueda volver con su mamá —confesó Carolina mientras les decía adiós con la mano. 

Fotografía: Delfín Web
—Creo que me pasa como al delfín: me caigo de tanta hambre —dijo César al escuchar el ruido que hacía su tripa.
—Se nos ha ido toda la mañana en este rescate. Vamos a comer —propuso Jorge.
En la casita, los papás de algunos alumnos habían preparado un delicioso pollo con cigalas y una ensalada de lechuga, piña y nueces. Comieron más que las pirañas del río Amazonas. ¡Tanto se les había abierto el apetito y tan contentos estaban!
Explicaron a sus padres el rescate de los delfines y hablaron sobre la contaminación y los problemas que ocasiona a los animales marinos.
—También los barcos de pesca con sus redes de arrastre destrozan el fondo del mar, arrancan las algas que son el refugio y la comida de muchos peces —explicó Antonio—. Además atrapan peces que no deberían por ser demasiado pequeños o de especies protegidas o no comestibles…
Los chicos se quedaron un rato pensando sobre la cantidad de basura que se tira al mar. Nunca hasta ahora habían visto tan claro el daño que producía. 


—Hoy, habéis trabajado muy bien. ¿Qué os parece si, ahora, en lugar de jugar en la playa, hacemos algo diferente? ¿Os gustaría ver el fondo del mar? Podría enseñaros  submarinismo, claro que si estáis cansados… —sugirió Antonio con una risita guasona
Aunque los niños lo miraron primero entornando un poco los ojos como quien intenta averiguar si le están tomando el pelo, enseguida se dieron cuenta de que Antonio  hablaba en serio. Al instante, una chispa de ilusión se encendió en todas las miradas.
—¡¡Claro que nos gustaría ver el fondo del mar!! ¿Cuándo nos vamos? —preguntó Tarek levantándose de la silla tan rápido que la hizo caer.
—Pues ahora mismo. Esta tarde había quedado con mis compañeros Nieves, Manu y Pablo para replantar posidonia en el fondo marino, así que podéis acompañarnos.
Aquel día no hubo siesta. Embarcaron en una nave-laboratorio de la Universidad de Málaga que tenía un trozo de casco acristalado y podían ver bajo el agua.
Antonio, Cristina y Jorge sonreían contemplándolos tan atentos mirando a través del cristal. A cada descubrimiento se les iluminaba la cara y reían y gritaban: «Mira, mira», señalando un tímido pulpo que se escondía bajo las rocas, una reluciente dorada, un pequeño banco de salmonetes, unos cuantos erizos…
No muy lejos de la costa pararon el barco y observaron el fondo. 

Fotografía: RTVE - Castañuela y serranos en una pradera de Posidonia oceánica

           —Esas plantas que veis sobre la arena se llaman posidonia. Manu y Nieves van a recoger las que han arrancado los temporales y los barcos con las redes de pesca y las anclas. Luego, Pablo las trasplantará en aquellas rejillas que hemos clavado en el fondo —explicó Antonio señalando unos metros más allá.
— ¿Y nosotros no podemos bajar? Yo quiero ayudarlos. —Se ofreció Laura la mar de dispuesta.
—No. Hoy no. Primero necesitáis saber bucear con seguridad. Comando Lobo, ¿estáis preparados para un entrenamiento especial? —Los niños gritaron que sí—. Entonces, hoy os convertiréis en el Comando Lobos de Mar.
—Sí, ya sé —dijo Álex—, porque a los marinos se les llama lobos de mar, ¿verdad?
—Eso mismo. Ahora, quitaos los chalecos salvavidas y poneos el traje de neopreno. Bajaréis conmigo y con Cristina en grupos de cinco.
Mar adentro el agua estaba más fresquita y un escalofrío los recorría al sumergirse a pesar de los trajes. Alguno también probó lo salada que estaba al tragar un sorbo sin querer, pero no importaba porque explorar el fondo era una experiencia increíble.

By Albert kok - Own work, CC BY-SA 3.0
— ¡He visto una especie de mejillón gigante! Se llama nacra —explicó David.
—Pues yo me he encontrado un caballito chiquitín chiquitín—dijo Blanca.
—Y yo he tocado una estrella colorada —añadió Laia.
—A mí, una morena me ha dado un susto... —Reconoció temblando Alberto.

 Los niños que regresaban a la superficie estaban tan emocionados que todos hablaban a la vez contando lo que habían visto, los que todavía no habían bajado se frotaban las manos  impacientes y se asomaban al borde de la barca intentando descubrir en qué lugar habían descubierto tantas maravillas.
—Abuelo, yo también quiero bajar —dijo Miguel, quitándose el chaleco salvavidas.
—No puedes. Todavía eres demasiado pequeño. Cuando aprendas a nadar bien, el abuelo te traerá un día a bucear.
—Mira, abuelo, ahí abajo hay un pez enorme —dijo Miguel asomándose al borde de la barca y, de repente, dos delfines dan un formidable salto por encima de la barca, el niño pierde el equilibrio, y cae al mar.

Jorge vio su carita asustada bajo el agua. Glu, glu, glu… Se iba al fondo sacudiendo sus bracitos. Glu, glu, glu…
— ¡Miguel! ¡Miguel ha caído al agua! —gritó Jorge con toda la fuerza de sus pulmones, pero los que estaban buceando no podían escucharlo. ¡Qué angustia más grande!
Al instante, los niños que quedaban en el barco se echaron al agua. ¿Podrían salvarlo?
—No lo vemos, Jorge. ¿Dónde ha caído? —preguntó Iker.
— ¡Aquí mismo! ¡Aquí mismo! —repetía Jorge pasándose la mano por la cabeza desesperado.
De pronto, se oyó la risa y la voz de Miguel al otro lado de la embarcación:
— ¡Mira, abuelo, mírame! Ja, ja, ja.
Todos miraron en aquella dirección y se encontraron al pequeño sobre la tripa de un delfín saludando a Jorge con la mano.

— ¡Los delfines lo han sacado del agua! —adivinó Iker.
—Esta mañana, los hemos salvado nosotros y, ahora, ellos han salvado a Miguel —dijo Isabella.
Cuando delfín y niño llegaron al lado de la barca comprobaron que era mamá delfín la que había rescatado a Miguel porque se le veían las heridas de la red que le habían quitado horas antes.
—Mirad el bebé delfín también está aquí y ¡qué bien nada! —exclamó Susana contentísima de verlo tan recuperado.

¿Adivináis cómo pasaron el resto de la tarde? Pues nadando con los delfines. La manada se acercó a ellos, les daban con mucha delicadeza con el morro como queriendo decir: « ¿juegas conmigo?», y se reían con su risita tan simpática de delfín, luego se los llevaban de paseo sobre el lomo; a más distancia, les hacían tremendos saltos y volteretas para divertirlos.

Fotografía de Expok
Cuando cayó la noche regresaron a casa, sin embargo, estaban tan excitados aún que no podían dormir y se sentaron en la playa a charlar un rato. Había sido tan emocionante salvar a los delfines que Erick dijo en un suspiro:
—Siempre recordaré este día.
—Yo tampoco los podré olvidar, pero ¿sabéis qué os digo? Que estoy muy enfadado con la cantidad de basura que he visto en el mar —añadió Iván con el ceño fruncido.
—Sí, había mucha. Es un desastre. Los delfines casi se mueren por culpa de eso. —Se lamentó Aurora, y todos miraron con tristeza hacia el mar donde se habían quedados sus amigos.

Aquella noche los chicos prometieron que jamás tirarían porquerías al mar, ni a los ríos ni en el bosque; su lugar era el contenedor de basura. 
Después se fueron a dormir y soñaron… soñaron con transparentes aguas de marinas llenas de algas, de peces de colores, de caballitos de mar, de pulpos, de delfines juguetones y sonrientes que les invitaban a divertirse con ellos.