martes, 18 de diciembre de 2018

PROYECTO EDUCATIVO COMANDO LOBO


Cómo empezó este proyecto

Mayo 2016

En los foros de defensa del lobo, se lamentaba que este animal siguiera presentándose a los niños como el malo, no solo en los cuentos, sino también en los libros de texto. Los comentarios eran unánimes en el sentido de reescribir relatos en los que se diera una visión más correcta y amable del lobo y de otros animales considerados alimañas, pero que son indispensables para el equilibrio de los ecosistemas.

Me desafiaron a inventar nuevos cuentos, sin embargo, transcurrían los meses sin encontrar la inspiración hasta que en agosto se me ocurrió algo distinto: los alumnos de una amiga maestra iban a protagonizar una aventura.

Septiembre 2016

Redacté la historieta y se la hice llegar a Cristina, la maestra.
Me dio los nombres de los niños para que pudiera personalizar el relato. También, modificamos el texto para que fuera más educativo cambiando sustantivos genéricos como árbol por roble o pino, se especificaron lugares para luego situarlos en un mapa y se añadió vocabulario relacionado con las emociones.

El primer día de clase, los niños andan siempre muy revueltos y le pareció que los mantendría atentos si les contaba esa historia. La sorpresa que se llevaron fue mayúscula.

Diciembre 2016

Había escrito la historia como un regalo para Cristina, sin ninguna otra pretensión; pero la buena acogida de los niños me hizo plantear la posibilidad de imaginar otras aventuras a su medida. 

Cristina me explicó que no impartía clases a la antigua usanza sino que desarrollaba un proyecto de forma que los contenidos eran transversales. Es decir, el relato le servía para introducir un tema, daba pie a investigar determinados conceptos y a desarrollar diversas actividades.

2017
Con esta información, me puse a pensar en cómo podían encajar proyecto educativo y cuentos. 

Planteamiento

Detección de un problema: el lobo sigue considerándose una alimaña en la literatura infantil y esa idea perdura a lo largo de toda la vida.

Mi objetivo inicial era defender al lobo; sin embargo, defender al lobo implica salvaguardar su hábitat y el hábitat es todo: la flora, la fauna, el suelo, el aire, las relaciones entre ellos…, por tanto, es necesario enfocarlo de forma global y defender la naturaleza en su conjunto

Pasamos de tener un objetivo centrado en el lobo en la primera historia, a un objetivo educativo más global de defensa de toda la naturaleza.

Nuestro público diana son los niños. Es necesario crear una consciencia/sensibilidad desde la infancia; después, es más difícil si ya está instalada la idea de que el lobo es malo.

Población infantil

¿En qué estado se encuentra esta población infantil? La mayoría vive en ciudades y desconoce absolutamente todo del campo y lo poco que saben les ha llegado a través de la televisión, Internet y, quizás, algún libro. Identifican a una jirafa, pero no tienen ni idea de qué es una gineta, en todo caso: un gato rarito. Son muy pocos los niños que mantienen un contacto habitual con la naturaleza. 

Empieza a ser preocupante ese desapego del mundo natural. La ignorancia es muy peligrosa. Si un crío piensa que la leche la fabrica el Mercadona en sus laboratorios o que la miel la producen las ovejas, ¿cómo va a comprender las implicaciones de la extinción de las abejas o el papel del lobo como superdepredador del ecosistema?

Lo que se desconoce no se ama, y lo que no se ama, no se protege. Por tanto, es importante acercar a los niños a la naturaleza para que la conozcan. Esta es una misión tanto de los padres como de las escuelas.

Cuando se lleva a los niños al campo puede pasar lo siguiente:

  •  Algunos descubren un mundo maravilloso y disfrutan como nunca.
  •  Otros, en cambio, se sienten amenazados en un ambiente desconocido y padecen un miedo desproporcionado a casi todo: hormigas, ranas, lagartijas...  Este miedo irracional es inducido por la literatura y por los adultos. Si un niño ve a su padre asustado por un lobo, aprende a temer al lobo, porque el padre es un referente, es quien le enseña qué es lo bueno y lo malo o peligroso.
  • Muchos llegan a un espacio natural y no saben qué hacer ni cómo desenvolverse. Tenemos unos niños sobrestimulados hasta la saturación con: luces, música, imágenes, etc., y todo eso sin moverse del sofá.  De alguna forma, necesitan reeducar los sentidos porque no saben ni qué ver, ni qué oler, ni escuchar, ni sentir… y cuando ven, oyen, huelen o sienten algo no lo identifican, no lo relacionan con nada. 

Organizar una caminata de dos kilómetros resulta impensable porque se cansan enseguida. Son urbanitas: el medio natural ya no es su hábitat, nada les interesa y se aburren. Esta indiferencia es muy triste.  

Es necesario aproximar a los niños a la naturaleza, pero debe hacerse de una forma amable, evitando situaciones traumáticas y procurando dotar la experiencia de sentido para ellos.
Una primera introducción puede hacerse a través de los cuentos, de esta forma no se enfrentan de forma real a nada que puedan temer, sino que tienen tiempo de aprender y racionalizar. El hecho de que sean Agentes Especiales del Comando Lobo es importante porque un Agente Especial siempre es valiente y aunque tenga miedo intenta superarlo, además, los compañeros le ayudan. 

Cómo llegar a los niños, cómo interesarlos

Se me ocurrió que, si ellos fueran los protagonistas de las historias, se sentirían más identificados y sería más fácil que interiorizaran el mensaje. Personalizar el cuento es ir un paso más allá.

Monté una aventura en la que Cristina y sus alumnos encuentran un lobo atrapado en un cepo y lo liberan, luego lo llevan a Riópar donde Jorge Escudero lo acoge. (Jorge Escudero fue compañero de Félix Rodríguez de la Fuente y tiene una reserva de lobos) Por valientes, Jorge los nombra Agentes Especiales para la Protección de la Naturaleza y se constituye un equipo llamado Comando Lobo. En las siguientes historias, el Comando Lobo siempre lleva a cabo alguna misión de rescate. 

Los alumnos de Cristina se entusiasmaron una barbaridad con la idea de ser Agentes Especiales del Comando Lobo. Tanto es así que escogieron al lobo como mascota de clase y se cohesionaron inmediatamente como grupo. Claro, ahora, eran un comando. 

Características de los relatos

A la vista de que esta fórmula funcionaba decidí desarrollarla con las siguientes características:


Todos los niños intervienen, al menos, una vez en cada historia. Es necesario para que se sientan protagonistas y se impliquen.

Los relatos son personalizables, es decir, para que se reconozcan y se identifiquen con el mensaje figuran sus nombres propios tantas veces como sea necesario. A veces, resulta pesado al lector, pero es fundamental que ellos sepan quién hace qué. Estas historias son para ellos, no para nosotros.

Para darle el mayor realismo posible, he mencionado sus habilidades, aficiones, nombres de sus mascotas…, también, he incorporado elementos de su ciudad y de su clase como los niveles de voz, la biblioteca, etc. Cuanto más se reconozcan ellos y su entorno, mejor.

La idea es que otros maestros puedan utilizar las historietas del Comando Lobo, para ello basta con copiarlas en Word, y usar la herramienta de «Buscar y Reemplazar» para sustituir los nombres de unos niños por los de otros. El docente puede cambiar a su conveniencia lugares que se citan, animales, nombres de mascotas, habilidades… para adaptarlas a lo que necesite.

Para facilitar esta flexibilidad he evitado las descripciones físicas de los niños. Aquí no son relevantes. Lo importante son los principios que deseamos transmitir, las emociones que esperamos generar. Empatía, colaboración, espíritu de equipo, espíritu de protección, compromiso…

Que los niños se reconozcan como protagonistas de la historia no es suficiente si no sucede algo interesante, así que ellos no hacen simples salidas por ahí, ellos desempeñan misiones. Una misión es sinónimo de desafío, de intriga, de riesgo. Es decir, sus actuaciones son importantes: se solicitan sus servicios como agentes especiales para resolver situaciones complicadas, sus logros tienen consecuencias positivas y así les son reconocidos. 

Las historias que dejan huella apelan siempre a las emociones, así pues procuro que empaticen con la situación en la que se encuentra el animal porque solo desde la comprensión del dolor, el miedo, el desamparo, el hambre… se genera el impulso solidario de protección. (lobo en el cepo)  O si son situaciones favorables, para mantenerlas o aumentarlas. La satisfacción por las cosas bien hechas es un poderoso impulsor. 

No hay fantasía, ni magia, ni superpoderes porque quiero formar personas reales comprometidas con la naturaleza. No me interesa, por tanto, entrar en mundos inexistentes, quiero darles a entender que lo que les cuento pueden protagonizarlo ellos perfectamente, si no ahora mismo, en cuanto cumplan unos años más. Son acciones posibles. 

Voy alternando los protagonistas en las distintas historias para no distinguir más a unos que a otros. Nuestra sociedad es muy competitiva y lo que sobra es rivalidad y discriminación. Destacar las diferencias para clasificar entre buenos y malos no aporta nada; sin embargo, destacar las habilidades de cada uno para complementarse les permitirá llegar más lejos de lo que habría llegado uno solo. Y esto es válido para la conservación de la naturaleza: maestros+biólogos+periodistas+ingenieros… todos unidos para la consecución de un objetivo común.

Son relatos independientes entre sí, de forma que el profesor pueda explicarlos en el orden que más le interese. Sin embargo, es importante empezar por el primero pues en él se constituye el Comando Lobo.

Aunque la primera aventura era muy larga, procuro limitarme a seis páginas que, como hay muchos diálogos, se quedan bastante más ligeros. En algunos, incluso, hay partes resaltadas en distinto color para que puedan eliminarse sin alterar el relato si no interesa entrar en ese tema. 

Estos relatos no constituyen el temario de primaria, simplemente, pueden dar pie a investigar determinados contenidos. La parte pedagógica es territorio de los profesionales de la educación y ellos la desarrollarán de múltiples formas.

Por sugerencia de Cristina, doy nombres de lugares, de plantas, de animales, de instituciones…, de esta forma, sitúan en el mapa ciudades, países, sierras; descubren flora y fauna de otras zonas, conocen clínicas veterinarias, ayuntamientos, al SEPRONA, a la Policía Nacional, protectoras de animales, centros de educación ambiental, asociaciones de voluntarios, Ingenieros Forestales... Van familiarizándose con organizaciones que les serán útiles si llegan a ser defensores de la naturaleza. 

El mundo es complejo y deben aprender a investigar, seleccionar la información, analizar los distintos puntos de vista, reflexionar y tener capacidad crítica. Plantearles conflictos, que debatan y busquen soluciones es un ejercicio muy deseable. Si estos niños son capaces de convencerse por sí mismos de lo conveniente que es proteger la naturaleza, será muy difícil que nadie los manipule en contra.

Trataré los peligros a los que se enfrentan los animales de forma progresiva a lo largo de varios relatos: caza ilegal, veneno, destrucción del hábitat, atropellos, falta de alimento...  Quiero presentar el conflicto entre ellos y diferentes colectivos desde  distintos puntos de vista. Es preciso dar una visión realista de la situación, tan nocivo es presentar al oso como una alimaña, como ignorar los problemas que supone o la oposición de intereses.
 

Conclusión

Los animales, las plantas, el aire, el agua, la tierra... la naturaleza es patrimonio de todos los habitantes de la Tierra y es necesario conservarla en buenas condiciones. 


La parte educativa

Estas historias pueden usarse como una herramienta para desarrollar proyectos. A partir de ellas es fácil programar distintas actividades, investigaciones, relaciones con otros cursos, implicar a padres, inventar juegos…

Con motivo del primer cuento se organizaron distintas actividades:
Investigación sobre el lobo con libros que trajeron a clase los alumnos
Dibujos de lobos en colaboración con otros alumnos de nivel superior que les enseñaron a dibujarlos.
Decoración de la puerta de la clase
Niveles de voz con un lobo como indicador
Moldeado de lobos en plastilina
Resumen del cuento e ilustraciones
Mascota
Teatro
El carnet de Comando Lobo se entregó al alcanzar algún objetivo

Cristina me iba indicando los contenidos que trataría en clase y yo inventaba un relato relacionado con aquellos temas o les enviaba una carta desde Soria. Así se abordó: la alimentación, el proyecto “Soy yo”, el fomento de la lectura, la colaboración con distintos servicios sociales como clínicas veterinarias, escuelas de hostelería, ayuntamiento, policía, bomberos, UME, etc.

Paralelamente se creó este blog en Internet para compartir los relatos y que otros maestros pudieran beneficiarse de este trabajo personalizando las aventuras con los nombres de sus alumnos.

Actualmente, la colección comprende las siguientes aventuras del Comando Lobo:

Otros relatos no protagonizados por el Comando Lobo:
Lobo en paz, un secreto de cuatro patas. (Este relato es un tributo a los abuelos que, con frecuencia, son quienes explican los cuentos. Los protagonistas son un abuelo, su nieto y el lobo.)
Mujer de agua, alma del río Duero (Relato para jóvenes de ESO y Bachillerato. Sobre el instinto de posesión de la pareja.)
Martina, la araña saltarina (Relato para que los niños no teman a las arañas)



En esta entrada encontraréis una forma fácil y rápida de personalizar los cuentos: Cómo personalizar el relato


miércoles, 12 de septiembre de 2018

Lobo en paz, un secreto de cuatro patas



            Al amanecer, el joven lobo subía con un trote ligero hasta lo alto de la loma y se tumbaba entre los arbustos para camuflarse. La curiosidad lo llevaba hasta allí cada mañana, luego pasaba horas mirando lo que sucedía en el llano. Sabía que encontraría a otros lobos; lo supo, incluso antes de verlos, porque ya los había escuchado y olido a distancia.
El lobo solitario hubiera deseado que fueran sus compañeros, sin embargo, aquellos lobos estaban encerrados, y lo que resultaba más peligroso: siempre rondaban humanos y enormes perros mastines por el lugar.
Los días transcurrían sin que el lobo abandonara la zona ni la idea de aproximarse hasta el cercado, pero aún no se atrevía… tenía miedo a las personas.  
Le desconcertaba, especialmente, la confianza entre aquellos lobos y sus cuidadores: los saludaban con mucho entusiasmo, se dejaban acariciar, saltaban a su alrededor y los lamían como si fueran grandes amigos de una misma manada. 


Durante su acecho, también, llegó a conocer muy bien a una familia que solía ir a ver a los lobos. El lobo errante observaba con especial interés a un cachorro humano que jugaba a diario con ellos.
¿Quién era ese cachorro? Pues se llamaba Miguel y estaba pasando las vacaciones en una reserva de lobos con su abuelo Jorge.
Una mañana, Jorge montó al pequeño en su caballo y se lo llevó de paseo por el campo. En un momento dado, un halcón cruzó el cielo tras una perdiz y el abuelo aprovechó para explicarle al niño cómo cazan las rapaces. Al levantar la vista para seguir el vuelo del pájaro, Miguel vio la silueta de otro animal sobre la colina.
—Abuelo, allí hay un lobo.


          Sí, había un lobo, era el joven lobo que los observaba desde hacía rato. Los tres se quedaron quietos. Mirándose. Pasaban los minutos y ninguno se movía. El animal sentía miedo y curiosidad; Jorge, una tremenda emoción y Miguel… ¡Miguel estaba deseando ir a tocarlo!
—Abuelo, vamos a ver al lobo. Anda, anda… —lo animaba espoleando al caballo con sus piernas.
Jorge observaba al cánido evaluando sus intenciones y el riesgo que corría con el niño.
Lobo y hombre se miraron a los ojos, Jorge podía notar la intensa mirada del lobo clavada en él, el lobo sentía la determinación y la nobleza de aquel hombre. Sin palabras ambos comprendieron que se respetarían y que no se harían daño.
—No, Miguel. Es un lobo salvaje y hay que dejarlo en paz —dijo el abuelo tirando de las riendas del caballo para marcharse en otra dirección.
—Adiós, lobo —se despidió Miguel levantando la mano.
Tan entusiasmado estaba el abuelo con el nieto, y tan contento el nieto con el abuelo, que solían pasar todo el día juntos de acá para allá.


En una de estas salidas al campo, Jorge se cruzó con un pastor de cabras y empezó a charlar con él mientras el niño merendaba. Correteando por la dehesa, de pronto, se encontró frente al lobo del día anterior.
—Hola, lobo. ¿Qué haces aquí? ¿Nos estabas siguiendo? —preguntó Miguel tan tranquilo.
El lobo sabía que tan solo era un cachorro, por lo tanto, no representaba ningún peligro, así que se sentó mirándolo y esperando a ver qué hacía.
—Oye, lobo, el abuelo me ha dicho que te deje en paz. Si no te hago nada, estás en paz, ¿verdad?


          El lobo echó una oreja hacia atrás. Se estaría preguntando qué demonios le decía el pequeño. El niño simplemente quería ser amigo de aquel lobo tan bonito.
— ¿Quieres pan con jamón? —Le echó el bocadillo que le quedaba. El animal lo olió y se lo comió al instante.
— ¡Miguel, no te alejes más! ¡Ven! —gritó el abuelo sin bajar la guardia para no perder de vista al nieto ni un minuto.
— ¡Si estoy aquí mismo, abuelo! ¡Ya voy…! —contestó el nieto.
Los gritos habían asustado al lobo y, agazapado bajo una encina, dudaba entre esconderse más o salir huyendo hacia la sierra. 


          —Amigo, tengo que irme. Espero que mañana vengas otra vez —. Y Miguel fue corriendo a reunirse con su abuelo.
— ¿Qué estabas haciendo, pillín? —Quiso saber Jorge.
—Estaba jugando a “lobos en paz”—. La ocurrencia del niño hizo que el abuelo estallara en risas, pero no comprendió que lo decía en sentido literal,  no se trataba de un lobo imaginario, había estado con un lobo real.
En los días siguientes, Miguel y el lobo volvieron a encontrarse. Con la naturalidad con que los niños traban amistad y se ponen a jugar, empezaron ambos a acercarse y a hacer pequeñas correrías juntos. Mitad ingenuidad infantil y mitad falta de miedo, porque él no estaba educado en el terror al lobo, lo convirtió en su compañero.


           Mientras Jorge leía sentado a la sombra de una encina, escuchaba hablar al niño y sonreía pensando que jugaba a “lobos en paz”.  El lobo era tan astuto que no se dejaba ver por el adulto; de esta forma, la relación era un secreto entre Miguel y el lobo.
Aunque era un secreto que pronto dejaría de serlo, y no es que Miguel no supiera guardar secretos, es que el lobo decidió contárselo a Jorge de la forma más curiosa que os podáis imaginar.
Ese día, Jorge había ido a Hellín a recoger un libro que pensaba regalar a Miguel por su cumpleaños, así que el niño salió de excursión con su mamá y la abuela.
Aunque a lo lejos, sobre la sierra, se veían nubarrones bastante oscuros, en Riópar el cielo estaba despejado y la temperatura era muy agradable.
Disfrutaron mucho de aquella deliciosa tarde campestre: merendaron, charlaron, jugaron con el niño, se hicieron fotos y rieron de lo lindo.
A última hora, se había levantado un viento muy fresco y decidieron regresar a casa. Entonces empezó lo malo: el coche no arrancaba. Primero, bajó la madre del vehículo y levantó el capó por si veía algo anormal y podía arreglarlo.
—Pues no sé… parece como si fallara el sistema eléctrico… por eso ni siquiera arranca al girar la llave—aventuró frunciendo el ceño.
Abuela y nieto también salieron del coche y se pusieron a mirar el motor. Mientras las mujeres se ocupaban de llamar a una grúa, Miguel se dio cuenta de que había venido su amigo lobo y se fue a jugar con él. 


          Curiosamente había aparecido un pequeño curso de agua que no estaba cuando llegaron y el niño se entretenía tirando tronquitos y viendo como los arrastraba la corriente.
Transcurría el tiempo sin que la grúa llegara a aquel apartado lugar. Era importante que las encontrara antes de que oscureciera, de lo contrario, cada vez sería más difícil; así que intentaban orientar al mecánico por teléfono.
Ocupadas en esto no se dieron cuenta de lo que sucedía a sus espaldas hasta que un ruido sordo les llamó la atención. Entonces, se dieron la vuelta y vieron que se había formado un arroyo en una rambla que llevaba seca muchos años. 


            — ¿Dónde está Miguel? —preguntó angustiada la madre.
—¡¡Miguel!! —gritaron ambas yendo de un lado para otro buscándolo.
— ¡Estoy aquí, mamá! —contestó el niño desde la otra orilla mientras lanzaba piedras al agua.
El fragor del agua era mayor a cada momento, igual que el caudal. La madre intentó cruzar el arroyo, pero ya no era posible sin que la arrastrara la corriente. Volvió a su orilla.
Nadie sabe hasta qué punto se puede encoger el corazón de una madre cuando ve a su hijo en peligro, sin embargo, ella sonreía para que el niño no se asustara.
—Miguel, no te preocupes. Mamá no puede cruzar, pero ahora vendrá el abuelo por el otro lado del río a recogerte.
A primera hora de la tarde, una fuerte tormenta había descargado muchísima agua en lo alto de la sierra, al escurrirse, había formado un gran torrente en muy poco tiempo.
Las nubes se habían desplazado hasta Riópar con sus relámpagos y, ahora, una cortina de agua tremenda apenas dejaba ver. Miguel estaba mojado de la cabeza a los pies, los truenos retumbaban en todo el valle y fue entonces cuando el lobo decidió llevarlo a un lugar seguro donde resguardarse. 
Empezó a empujarlo con el morro, a morderle la chaqueta, a tirar de él hasta que Miguel comprendió que quería que lo siguiera y se fueron juntos monte arriba donde no llegaba el agua.
Madre y abuela estaban desesperadas porque la tormenta había dejado sin cobertura los teléfonos de forma que no podían avisar a Jorge para que fuera a rescatar al nieto. ¡¡Qué desastre!!
Regresaba Jorge de la imprenta de Hellín cuando empezó a sentir una especie de sensación extraña, con el paso del tiempo, era ya como una angustia, aunque no se encontraba enfermo.
Tenía la idea fija de que no debía ir a su casa, sino al campo. Ignoraba el porqué, pero cada vez la inquietud era más fuerte, más urgente. 


No podía explicar cómo se había formado en su cabeza la imagen de un lobo en un paraje que conocía muy bien, pero que no sabía a santo de qué lo recordaba ahora; sin embargo, sentía la necesidad de ir hasta allí en aquel preciso momento.
Siguió aquel impulso, dejó el coche en la carretera y anduvo campo a través bajo la lluvia durante un par de kilómetros. 


          Aunque la lluvia arreciaba, al mirar hacia los peñascos que coronaban la loma, le pareció distinguir una silueta lobuna. Se limpió las gafas de agua y volvió a mirar. No había nada. Pensó que aquella especie de locura ya había durado bastante. Dio media vuelta para regresar a casa, y en ese instante, un aullido corto y seco como una protesta le erizó los pelos de la nuca. 


          Se giró muy lentamente. Allí delante estaba el lobo. Sus ojos en los suyos. El lobo empezó a subir cuesta arriba sin perder de vista a Jorge y él lo siguió como si aquella mirada tuviera un fuerte imán que no podía resistir. 
Antes de llegar a lo alto, escuchó algo que lo sorprendió muchísimo más que el aullido del lobo.
— ¡Hola, abuelo! —saludó Miguel desde la entrada de una pequeña cueva—. Has tardado un montón…
— ¿Miguel, eres tú? —preguntó con incredulidad Jorge intentando distinguirlo en la penumbra.


          —Pues sí, abuelo, soy yo. Y este es… —el niño vaciló al darse cuenta de que el lobo no tenía nombre—, este es Lobo en Paz. Te prometo que lo he dejado en paz, abuelo —añadió enseguida con cara de niño bueno para que no lo regañara por haberse ido con el lobo prohibido.
Jorge cogió al niño en brazos y le dio un abrazo de abuelo mimoso. Luego le preguntó cómo había ido a parar allí. Miguel se lo explicó.
—Tu madre no me ha llamado por teléfono, Miguel. No será una broma, ¿verdad?
—No, no, abuelo—. Negó con la cabeza. — Si mamá no te lo ha dicho, ¿por qué has venido a buscarme? ¿Cómo sabías dónde estaba?
Jorge se quedó callado un momento, miró al lobo que estaba tumbado al lado lamiéndose el agua. 


—Me lo ha dicho el lobo. Él me ha traído hasta aquí. Creo que ha enviado un mensaje sin palabras desde su cabeza a la mía. Se llama telepatía.
— ¡Ah, vale! —dijo Miguel sin darle mayor importancia acostumbrado como estaba a las nuevas tecnologías.
Se despidieron del lobo y bajaron de la sierra cogidos de la mano hablando de cosas de nietos y abuelos, naturalmente.
Poco después ya funcionaban los teléfonos y pudieron avisar a la madre de que estaban a salvo. Ellas, también, habían llegado bien a casa.
Durante la cena, Miguel les explicó cómo el lobo había avisado al abuelo para que fuera a buscarlo. 


          —Se llama tele… tele… telepatita o algo así, ¿no, abuelo? Es como si el lobo le diera con la patita a un móvil y saliera el mensaje en la cabeza del abuelo, pero sin hablar ni escribir, ¿eh?
    Todos se echaron a reír. Miguel era demasiado pequeño para saber explicar la telepatía, pero era muy inteligente y, de forma intuitiva, lo comprendía o quizás tenía facultades telepáticas y no le resultaba extraño que pudiera entenderse de maravilla con el lobo.
¡Ojalá sea Miguel el científico que logre explicar la telepatía y demostrarla!

He recibido un mensaje: el lobo quiere que salga a jugar con él.

Las maravillosas fotografías del lobo son de Julián Fernández Quilez, agradezco su autorización para utilizarlas en este relato. 
Los apaños poco artísticos para juntar niños con lobos son cosa mía.