miércoles, 18 de enero de 2017

¡Gato al agua!


El rescate de unos gatos, la visita a una clínica veterinaria y a una protectora de animales permite a los niños reflexionar sobre el cuidado responsable de las mascotas.
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Aunque estaba prohibido, JULIA, IVÁN, SUSANA y JAIME corrían como lobos por los pasillos del colegio La Romanilla de Roquetas de Mar, llegaban tarde a clase, pero no corrían por eso. Empujaron la puerta del aula con tal fuerza que dio un golpe contra la pared y sobresaltó a los compañeros que ya estaban sentados en su pupitre.
— ¡Seño, por favor, ven con nosotros! ¡Ayúdanos! —suplicó JULIA muy excitada.
—Unos niños llevan un cesto lleno de gatitos y van a tirarlos al mar —explicó JAIME.
— ¿Estáis seguros? ¿Los habéis visto? —preguntó la señorita Cristina.
—Sí, sí —confirmaron IVÁN y SUSANA—. Rápido o ya se habrán ahogado cuando lleguemos.
—ELISA, esto es una emergencia, vigila a los niños, por favor —pidió Cristina a su compañera, y se fueron de inmediato. El resto de los alumnos también querían ver lo que sucedía, y salieron tras ellos acompañados por ELISA.
CRISTINA, SUSANA, JULIA, IVÁN y JAIME se habían marchado a la carrera en dirección a la playa que está delante del colegio. Cerca de la orilla vieron a dos chavales que volteaban un cesto en el aire y lo lanzaban con furia al mar.
— ¡Son ellos! —gritaron con angustia los cuatro alumnos.


Cristina se quitó los zapatos y se tiró de cabeza al agua. Nadó, nadó, nadó hasta que consiguió atrapar el cesto. Con mucha dificultad regresó a la orilla intentando mantener el cesto en alto para que ningún gatito quedara sumergido y se ahogara. Sus alumnos la observan ansiosos.
—La seño está en forma, ¡se nota que es una loba alfa! ¿A que mola? —comentó DAVID.
—Sí, es una seño muy molona—asintieron los demás—.  Ja, ja, ja.
Cristina se sentó sobre la arena mientras recuperaba la respiración.
— ¿Están vivos, señorita? —preguntaron con cierto temor SOFÍA y DALILA.
— ¡Vamos a verlo! —Decidió BLANCA, y abrió el cesto—. No se mueven —susurró con desilusión.

—Pobrecitos. Como se han mojado, deber de estar paralizados de frío —Supuso con mucho acierto ÁLEX.
—Intentemos salvarlos igual que hicimos con los cinco lobitos  —dijo  JULIO.
Los agentes del Comando Lobo se organizaron enseguida en grupos para atender a los seis gatitos. Los cogieron y los secaron con pañuelos de papel pues no tenían otra cosa a mano.
—Los reanimaremos frotándolos suavemente, así les daremos calor poco a poco —aconsejó ISABELLA. 


Se los llevaron al cole y los tuvieron toda la mañana en su clase. Al principio, maullaban asustados llamando a mamá gata, la echaban mucho de menos. Pero los agentes especiales saben qué hacer en estos casos: primero, los acariciaron un poquito, sin agobiar; después los invitaron a jamón de york de sus bocadillos. Los gatitos más tranquilos y calentitos se tumbaron a dormir todos juntos. 

Los niños hablaban en un volumen muy bajo para no despertarlos, ya sabéis: en modo espía.



Estaban más que enfadados, habría que inventar una palabra especial porque superenfadados no es suficiente. ¿Cómo puede haber gente capaz de tirar unos gatitos vivos al mar para que se ahoguen? ¿Con qué palabra definiríamos a una persona así?
Cruel, malvada, asesina, salvaje, brutal, despiadada, maligna, sanguinaria, desalmada, mala persona… (adjetivos calificativos) —opinaban.


— ¿Podemos quedarnos los gatos? —preguntó AURORA a Cristina con cara de súplica.
—Depende de si aceptáis la responsabilidad y las obligaciones.
— ¿Qué quiere decir eso? —quiso saber CÉSAR que desconfiaba de esas palabras.
—Ser responsable significa que ese animal depende de ti. Ya no tendrá a su mamá para cuidarlo ni podrá cazar en la calle para alimentarse. Tú deberás ocuparte de sus necesidades. Tendrás una obligación; es decir, aunque no te apetezca, tendrás que hacerlo. Y no vale esperar que lo haga tu madre, ¿eh?
—Es mejor que vayamos al rincón de meditar antes de quedárnoslos—sugirió LAIA y todos se reunieron en una esquina.
Hagamos una lista de las cosas importantes para cuidar bien una mascota —Decidió SUSI. Cogió un bolígrafo y empezó a escribir en un folio.
—Me parece una buena idea. Mientras vosotros trabajáis en la lista, yo llamaré al minibús escolar para que nos acerque a la clínica veterinaria —Y Cristina salió un momento.


El Comando Lobo se quedó concentrado en su tarea, no podían fallar a los gatitos. Cada agente apuntaba lo que se le ocurría: buena alimentación, limpieza diaria, veterinario, juegos, paseos, no maltratarlos, no abandonarlos, no dejar que tengan crías, educarlos bien, no tratarlos como si fueran juguetes o personas, tenerlos en un lugar adecuado, no dejarlos salir solos a la calle, no cortar las orejas y la cola de los perros, quitar las cacas…



Cuando Cristina regresó a la clase se encontró una fiesta: los gatitos se habían despertado y estaban divirtiéndose con sus alumnos. Les lanzaban canicas y ellos las perseguían por toda la clase derrapando, o les agitaban cintas y los mininos las cazaban, el gatito más pequeño se había metido en una mochila por si todavía quedaba bocadillo de jamón, otros dos protagonizaban una peleílla saltando y dándose zarpazos de mentira. Los niños se reían de buena gana viéndolos jugar tan animados.


Tras ordenar el aula, cogieron a sus amigos felinos y se marcharon a la clínica.
—Hola, chicos. Me alegro de veros —les saludó Alejandra, la veterinaria—. Hoy tengo muchísimo trabajo. ¿Podéis ayudarme con los gatos, por favor? Necesito que los mantengáis tranquilos y que no se asunten.
—No tengáis miedo, mininitos. Alejandra es muy simpática —les iba diciendo AMIR—. Nadie os hará daño.
Alejandra cogió un gato y los agentes especiales atendían a los otros cinco siguiendo las instrucciones de la veterinaria. Así revisaron: ojos, orejas, tripa, uñas, pelo, los pesaron y les pusieron un collar antipulgas.
—Alejandra, este tiene una herida en la patita —informó CAROLINA—. Se la desinfecto, ¿vale?


—El nuestro está muy delgado. Habrá que darle más comida —Pensó VÍCTOR en voz alta.
—Mirad: no le gusta llevar collar antipulgas y quiere quitárselo. No seas travieso —lo regañó NORA mientras le volvía a poner el collar.
Alejandra les encargó que rellenaran los datos de la cartilla de vacunaciones: nombre, raza, fecha de nacimiento, color del manto (pelo) y demás datos.
Luego llegó el terrible momento de poner las vacunas. Alejandra les explicó que era conveniente para evitar enfermedades graves. Comprendían que era necesario; pero, al mismo tiempo, a todos los habían vacunado alguna vez, y a ninguno le gustaba que lo pincharan.
—Chicos, somos Agentes Especiales. No podemos ser miedicas. Si los gatitos nos ven asustados, se asustarán ellos también —advirtió CARLOS.
—Es verdad, hagamos como si solo fuera un pinchacito de nada —aconsejó ELENA.
—A mí, no me da miedo que me pinchen porque si estoy muy quieto y tranquilo no duele apenas —explicó IKER—. Además cuando me caigo jugando al fútbol y me pelo la rodilla…, eso duele un montón, y sigo jugando, ¿no?
—Tienes razón: no es para tanto, hay caídas que duelen más —admitió TAREK.


Pensando de este modo todos los niños se relajaron y los gatos, también. Los chicos los sujetaron suavemente y Alejandra los vacunó.
— ¡Qué gatitos más valientes, ninguno ha dicho ni miau! —dijo LAURA contenta de que no hubieran protestado.
— ¿Te quedarás tú con estos mininos, Alejandra? —quiso saber JASSMIN.
—No. Los dejaré en la protectora de animales.
— ¿Qué es eso? —preguntó ALBERTO mosqueado—. No será como una perrera, ¿verdad?
—Es un lugar donde se llevan los perros y gatos abandonados hasta que alguien los adopta.

Protectora canina La Reserva - La Mojonera - Almería    https://es-es.facebook.com/ProtectoradeAnimalesRoquetasdeMar
Los niños se quedaron cabizbajos y pensativos. Y cuando un agente especial encargado de la protección de la naturaleza empieza a pensar…, seguro que se le ocurre algo.
— ¡Esto no puede quedar así! —exclamó JAIME—, deberíamos hacer algo.
— ¿Y si nosotros también vamos a la protectora a ver cómo es? —sugirió SUSANA—. A lo mejor, nos dejan cuidarlos.
Cristina accedió y se fueron a la protectora de Roquetas. A la puerta les esperaban Max y Covadonga, dos de los pocos voluntarios que se ocupaban de los animales. Nada más entrar se les hizo un nudo en la garganta, ¡cuánto perro y gato había allí!


— ¿Todos estos animalitos han sido abandonados? —preguntó IVÁN angustiado.
—Siento decirlo, pero sí. La gente no es responsable. Compran mascotas por capricho o para regalar en Navidad y, luego, se cansan y las abandonan. Los animales no son un juguete, están vivos, y sufren mucho cuando no tienen ni comida ni casa. Algunos enferman, otros mueren atropellados…
Los niños pasaban entre las jaulas viendo aquellos animales tristes, enfermos, delgados de hambre, asustados… Se sentían apenados y furiosos al mismo tiempo.


—Señorita, yo no quiero que los gatitos se queden en un lugar así —dijo LAURA con un hilo de voz.
—Ni yo, tampoco —añadió DAVID y se le unió el resto de compañeros.
—Me parece que esta es otra misión para el Comando Lobo —pensó en voz alta SOFÍA.
— Es posible, ¿qué proponéis? —preguntó Cristina guiñándole un ojo en señal de complicidad.
—Yo quería una mascota, en lugar de comprarla, podría adoptar un gato o un perro. Pediré permiso a mis padres para llevarme uno a casa —dijo DALILA.
—Si no nos dejan adoptarlos, podríamos hacernos voluntarios y ayudar a Max a cuidarlos —sugirió BLANCA.
—Por mí, encantado de que me echéis una mano —aceptó Max.
Es hora de regresar al colegio. Hoy dejaremos los gatitos con Max y Covadonga. Vosotros preguntad a vuestros padres si podéis adoptar un perro o un gato. Mañana veremos qué os han dicho y si se os ha ocurrido alguna otra idea.


Al día siguiente, llegaron a la escuela muy pronto, todos estaban impacientes por entrar. Cristina sonreía porque nunca había visto tantas ganas de comenzar la clase.
—Buenos días. ¿Qué tal estáis hoy?
—Hola, señorita. Estamos bien, pero mejor hablamos de los gatos, ¿vale? —propuso ÁLEX y los demás añadieron: «por favor, sí, lo habías prometido» todo valía con tal de convencerla.
—Estáis muy inquietos. A ver..., hablad de uno en uno, sino no nos entendemos.
— ¡Podemos adoptar a los seis gatitos! —dijo IKER—. Mis padres han dicho que sí, y también los de JULIO, AURORA, LAIA, SUSI Y NORA—. Estaban tan contentos que difícilmente podían contener la emoción y estarse quietos.
— ¿Cuándo iremos a buscarlos? —preguntó NORA que estaba muy ilusionada.


—Primero es imprescindible que firméis un contrato en el que os comprometáis a cuidarlos bien. Supongo que os acordáis de la lista que hicisteis, ¿no?
Cristina redactó el contrato con la relación de obligaciones, JULIO, AURORA, IKER, LAIA, SUSI y NORA firmaron como si fueran personas mayores. Una responsabilidad es una responsabilidad, da igual la edad. Ahora, que ya eran los dueños de los gatitos, podían ir a recogerlos con sus padres esa misma tarde.


Tenemos un plan para ayudar a la protectora —anunció ISABELLA.
— ¡Queremos ser voluntarios! —exclamaron al unísono CÉSAR Y ANDREA— y colaborar en las tareas y jugar con los perros y los gatitos.
—Además, haremos una campaña por las otras clases de nuestro colegio y por todos los colegios de Roquetas para explicar lo que vimos en la protectora —añadió JASSMIN.
Diremos a los niños que no compren mascotas, que, mejor, las adopten —dijo TAREK.
Y les animaremos para que, también, ellos se hagan voluntarios. Como hay muchas clases en Roquetas, cada día podría ir una, así siempre habría un grupo ayudando —explicó CAROLINA.


—El Ayuntamiento o la Consejería de Educación podría pagar un poquito más al minibús escolar para que os lleve —dijo Cristina.
Queremos hacer unos folletos para informar a la gente y que no abandonen a sus mascotas y para que adopten en lugar de comprar —especificó CARLOS.


Después las repartiremos en los colegios, en la biblioteca, en el supermercado, en la iglesia, por la calle… por todas partes —añadió ALBERTO.
¿Qué os parece si damos una vuelta por la ciudad y recogemos los perros y gatos abandonados que encontremos? —propuso VÍCTOR—. Max y Covadonga nos ayudarían a atraparlos y se los llevarían en su furgoneta.


También podríamos llevar gatos y perros a los abuelos que viven solos para que les hagan compañía —comentó ELENA.
Quizás con un sorteo conseguiríamos dinero para comprar comida y medicamentos —dijo AMIR.
Cristina estaba asombrada: estos chicos pensaban en todo. Se notaba que eran agentes especiales porque en pocos días organizaron las actividades y empezaron a llevarlas a cabo con mucha decisión por toda Roquetas. Tuvieron tanto éxito que pronto desaparecieron los perros callejeros y la protectora cada vez tenía menos animales que atender porque eran adoptados.


Lo que más les gustaba era ir a la protectora. Pasaban el rato haciendo compañía a los gatos y a los perros, los acariciaban para que no estuvieran tan tristes, jugaban para divertirlos, les daban de comer, los sacaban a pasear…
Aunque, a veces, surgían intervenciones más complicadas. Una tarde su amiga Sheila de la Policía Nacional les llamó porque había un burro suelto paseando por el arcén de la carretera.
—Comando Lobo es urgente que capturemos al borriquillo antes de que provoque un accidente. ¿Podéis ayudarnos y acogerlo en la protectora? —preguntó Sheila.
—Cuenta con nosotros —contestó CÉSAR—. Enseguida nos ponemos en camino.


No tardaron ni diez minutos en encontrarse con Sheila. El burro había salido de la carretera y andaba por un terreno baldío. ¿Cómo se las arreglarían para cogerlo con lo tozudos que son los borricos?
Primero, intentó atraparlo DAVID, pero, cada vez que se acercaba, el animal huía con un trotecillo muy gracioso unos metros más allá. Los miraba y rebuznaba como riéndose de ellos. ¿Qué podían hacer?
— ¿Y si le tiramos un lazo igual que hacen en las películas? —preguntó VÍCTOR.
—Se asustará mucho y se hará daño intentando soltarse. Si lo maltratamos nos tendrá miedo y con razón —dijo ERICK.
—Debemos hacernos amigos suyos. Es la única solución —afirmó BLANCA.
Se sentaron sobre la hierba a discutir las posibles opciones. El burro los miraba de reojo y ellos al burro. Como ya no lo perseguían, se tranquilizó y empezó a mordisquear las plantas.
—Fijaos: ya no nos hace caso. Juguemos entre nosotros para que crea que ya no vamos a por él —dijo CAROLINA.
—Eso, y cuando esté despistado, lo rodeamos —añadió ÁLEX
Nadie puede negar que estos agentes son ingeniosos ¿o no es ingenioso quien se ingenia soluciones? Empezaron a charlar, a reír, a corretear jugando al pilla-pilla entre ellos. Cuando vieron que el burro estaba despistado, unos cuantos se escondieron entre los arbustos y, agazapados, fueron rodeando al animal. Se comunicaban por señas para que no los descubriera. Una vez todos estuvieron en posición alrededor el burro, Cristina dio la señal para aproximarse poquito a poco e ir cerrando el círculo. 


Entonces el burro se puso en alerta, rebuznó y, al trote, se acercó a ALBERTO y dándole la espalda dio dos coces en el aire como amenaza. Si se ponía más nervioso, resultaría peligroso acercarse a él; así que, se sentaron para que se calmara. Y se calmó.
—Oye, burrito, nosotros somos tus amigos —dijo DALILA.
—No vamos a hacerte daño. Solo queremos llevarte con nosotros para que no te atropellen —Intentó convencerlo ANDREA.
— ¿Le cantamos una canción para que se tranquilice? —propuso ISABELLA.
Y empezaron a entonar El burrito sabanero. Al escuchar esta alegre cancioncilla, el burro giró las orejas muy atento. Como parecía que le gustaba, continuaron cantando El burrito Pepe, Arre borriquito , A mi burro le duele... y después muchas otras. Al cabo de una hora, se diría que el burro estaba contento pues se acercaba a los niños, los miraba, los olía y rebuznaba. ¿Estaría intentando cantar con ellos?
—Este burrito canta fatal, pero no se lo digáis no sea que se enfade —comentaba JASSMIN muerta de la risa.


SOFÍA se levantó muy despacito, llevaba un ramillete de flores y de hierba. Se acercó pasito a pasito al borriquillo y alargó la mano ofreciéndole las flores y la hierba. El animal estiró el cuello y olió. Desconfiaba un poco. SOFÍA es una buena agente especial y mantuvo la sangre fría, se quedó quietecita y dejó que la oliera porque los animales conocen a los demás por el olor. Oler es como una presentación. La niña comenzó a cantarle El burrito sabanero con una voz muy suave y el burro se confió y dejó que lo acariciara.
Al cabo de un rato, pudieron aproximarse los demás y le trajeron agua. Bebió mucho, estaba claro que llevaba días sin encontrar agua. El borrico se sentía a gusto con sus nuevos amigos y, por fin, consintió que lo llevaran a la protectora. Allí podrían cuidarlo bien hasta que le encontraran un nuevo hogar.


Niña feliz, perrita feliz
El Comando Lobo había realizado mucho trabajo, pero un trabajo divertido de esos que te dejan la mar de satisfecho. ¿Qué se siente cuándo un perro te mira a los ojos moviendo la cola y sabes que se alegra mucho de verte? ¿Qué se siente cuándo un gato se acerca y se restriega contra ti para decirte que es tu amigo? ¿Qué se siente cuándo te demuestran cariño? Pues se siente felicidad. Así que los agentes del Comando Lobo son especiales y felices.

Niño feliz, perrito feliz
Seis gatitos adoptados, seis gatitos felices: Moraima, Suleymán, Luna, Estrella, Kitt y Rayitas.

Cómo personalizar el relato para vuestros alumnos


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