miércoles, 7 de diciembre de 2016

Cinco lobitos tiene el Comando Lobo



Esta terrible historia está basada en hechos reales y tuvo un desenlace fatal para los animales; sin embargo, en esta adaptación, intervendrá el Comando Lobo y todo terminará bien. Que nadie llore. 
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José acababa de cumplir diez años y su padre, Luis, le había prometido que lo llevaría de caza para celebrarlo. «Por fin se da cuenta de que ya soy mayor» pensó contentísimo. 

Era una mañana soleada y fría de diciembre. José se levantó sin protestar. Luis, orgulloso de que su hijo siguiera la tradición, le iba explicando el ritual. El niño lo admiraba como se admira a un dios y escuchaba y observaba atentamente, luego procuraba imitarlo en cada detalle.
Se adentraron en el robledal hasta llegar a un claro que frecuentaban los lobos, echaron carnaza y se apostaron en un escondite. Esperaron durante dos horas que al niño se le hicieron eternas; pero era tal su entusiasmo que no protestó. Al contrario, acechaba paciente al lado de su maestro mirándolo con gran devoción y copiando sus movimientos.

Al final, apareció la bestia. El cazador hizo un gesto para que se mantuviera en silencio. El corazón de José latía emocionado, los ojos clavados en el lugar donde se entreveía moverse al animal. Poco a poco, salió de los endrinos y pudo ver una hermosa loba seguida de cinco lobeznos que saltaban jugando entre ellos. 

Fue una visión bonita por un instante; por un instante porque el disparo del rifle rompió aquel cielo tan azul, cesaron los trinos, se llenó de aves espantadas. La loba cayó malherida, los cachorros huyeron.
Luis y José se acercaron a la presa abatida, aún estaba viva, les miraba con ojos de terror. Un poco antes era una loba preciosa, con su espeso pelaje de invierno, acompañada de sus pequeños. Ahora yacía en un charco de sangre. 

José miro a su padre con los ojos anegados de lágrimas
—Era una mamá, ¿verdad? ¿Qué pasará ahora con sus lobitos? ¿Se quedarán solos y se morirán de hambre?

No supo qué contestar, no se esperaba estas preguntas. José miró fijamente a su padre sin decir nada más, no era necesario. Luis podía leer en la mirada de su hijo el desprecio y la tristeza que le había causado el espectáculo, aquellos ojos lo veían como un…, no lo digo, cualquiera deduce lo que pensaba el niño.
El cazador no estaba preparado para esto, en unos minutos había pasado de ser un padre admirado a ser menospreciado. Intentó consolarlo con una caricia que José rechazó dándole  la espalda. 

«Los hombres no lloran» le decían siempre, «los hombres no lloran» repetía apretando los dientes; pero las lágrimas, rebeldes, rodaban por sus mejillas. No soportaba tanta crueldad gratuita.
Luis quedó muy afectado. La mirada de reproche y de terror del niño se le clavó en el alma. Él deseaba ser un padre de quien pudiera sentirse orgulloso, no quería que lo considerara un hombre despiadado. 

—José, ven. ¡Ayúdame! La llevaremos a una clínica. Quizás puedan salvarla —dijo inesperadamente Luis.
La cargaron en el todoterreno y la trasladaron a un centro veterinario. ¿Se salvaría? Mientras la operaban José seguía pensando en los lobeznos. ¿Qué sería de ellos? 

En el colegio «La Romanilla» de Roquetas de Mar, los alumnos de segundo de primaria estaban muy atareados modelando lobos de plastilina cuando, de pronto, se abrió la puerta de la clase y apareció la secretaria.
—Cristina, aquí hay un hombre que trae un regalo para vosotros.
Por la puerta entreabierta se veía a un señor mayor con barba blanca que vestía una chaqueta color burdeos.
— ¿Habéis oído? Trae un regalo —susurró VÍCTOR—y mirad: tiene una barba blanca y lleva un abrigo y un gorro rojos: ¡es Papá Noel!
—Claro, mañana ya es Nochebuena —dijo LAIA.
Toda la clase se revolucionó al instante, unos se levantaban, otros decían que era mejor portarse bien, los más atrevidos se acercaban sigilosos a la puerta a espiar…, pero ya no aguantaban más y empezaron a cantar:
— ¡Que entre Papá Noel! ¡Que entre Papá Noel!
Al escuchar esta petición, el hombre se echó a reír.
—Jo, jo, jo —resonaban las carcajadas. Y entró acompañado de Cristina y Antonio—. No soy Papá Noel. ¿Es que no os acordáis de mí?
—Es Jorge, ¡Jorge el de los lobos! Y Antonio, «el médico de los árboles» —exclamó JULIO.
—Os traigo un regalo: dos libros que he escrito sobre el lobo. 

—Pues si te ríes como un Papá Noel y traes regalos como un Papá Noel, también, eres un Papá Noel —sentenció DALILA—. ¡Ah! y gracias por los libros.
Jorge, divertido por la ocurrencia, se reía de buena gana. Después se puso serio, se le notaba cierta preocupación y que tenía prisa.
—Chicos, tenéis una misión urgente —les comunicó Antonio—. Un cazador ha disparado a una loba y sus cachorros se han quedado solos en el monte. Hay que encontrarlos enseguida o morirán.
— ¡En marcha, Comando Lobo! —los animó Cristina para que recogieran sin entretenerse.

Repartidos en varios todoterrenos se marcharon a Sierra Nevada. Al llegar, ya era por la tarde. Debían espabilar y encontrar a los lobeznos antes de que anocheciera. Organizaron cuatro grupos y empezaron a buscar en todas direcciones desde donde dispararon a la loba: norte, sur, este y oeste. En invierno oscurece muy pronto y les quedaba poco tiempo. ¿Encontrarían a los cachorros en un monte tan extenso?

CRISTINA, JAIME, JULIO, NORA, YASSMIN, CAROLINA, VÍCTOR y SUSANA partieron hacia el norte. Iban calladitos, nivel de voz: «en modo ninja», porque si los lobitos escuchaban voces humanas podían asustarse y esconderse más. Se desplazaban muy sigilosos apartando con cuidado las ramas de los arbustos, los oídos atentos a cualquier sonido.
—Escuchad —susurró NORA—: oigo un gruñido.
—Viene de detrás de esas rocas. Vamos a ver qué es —contestó JAIME y el grupo se deslizó cautelosamente.
— ¡Anda! Mirad qué animalito más mono: es como un cerdito pequeño a rayas —dijo SUSANA y lo cogió en brazos.

—A ver..., es una cría de jabalí, un rayón —explicó VÍCTOR—. La madre no andará muy lejos.
No había terminado de hablar cuando apareció una jabalina enorme y muy enfadada. Se les venía encima a la carrera con una velocidad que jamás hubieran imaginado en un cerdo. Los chicos echaron a correr gritando. JULIO trepó a un árbol, CAROLINA resbaló y se torció el tobillo, entonces la jabalina se dispuso a atacarla.
— ¡SUSANA, suelta al rayón o la madre nos perseguirá por todo el bosque! —gritó JULIO.
— ¡Dámelo, SUSANA! —ordenó la señorita.
Cristina cogió el jabato y chilló para llamar  atención de la madre, luego lo dejó en el suelo y se apartó. La jabalina se detuvo, dudó entre atacar o proteger a su pequeño, pero finalmente decidió reunir a su camada y se internó en el pinar. 


CRISTINA, JAIME, JULIO, NORA, YASSMIN, CAROLINA, VÍCTOR y SUSANA se habían puesto a salvo pero habían corrido una buena distancia y cansados y desorientados se sentaron a recuperar fuerzas. 
— ¡Uf, vaya susto! Por ahí no pienso regresar… —dijo YASSMIN.
—Me duele mucho el pie, seño —se lamentó CAROLINA.
Cristina examinó el tobillo. Aunque no parecía grave, tampoco era conveniente que andara.
—Chicos, CAROLINA, no puede caminar. Nos quedaremos aquí —anunció Cristina.
En dirección sur, LUIS, JOSÉ, ANDREA, ELENA, TAREK, IKER, ERICK, SOFÍA Y DALILA seguían buscando a los lobeznos.  Antes de partir, Jorge les había explicado que las lobas crían en cuevas o en madrigueras excavadas en el suelo, así que los agentes del Comando Lobo se fijaban en cada hueco que encontraban por si los cachorros habían regresado a su cubil.
—Entre estas piedras hay un agujero —alertó LAURA a los demás—. A lo mejor están ahí dentro…
—Es demasiado pequeño para que quepa una loba —señaló ELENA.
—Pero un lobito sí que puede esconderse —aseguró ERICK y metió la mano—.  ¡Ah! Me ha mordido.
Encima de la roca apareció un animalito. Durante unos segundos se miraron uno al otro igual de sorprendidos de encontrarse cara a cara. Tenía unos ojitos negros muy vivarachos, una carita simpática con orejas pequeñas y redonditas y unos bigotitos. Enseguida dio un salto y se escondió por otro agujero. 


— ¿Qué bicho era ese? —preguntó TAREK.
—Una comadreja —contestó IKER.
—El dedo sangra una barbaridad —se lamentó ERICK.
—Claro, te has metido en su casa sin ni siquiera llamar a la puerta —bromeó DALILA.
—Las comadrejas son de la familia de los mustélidos como el tejón, la marta, el armiño… y tienen unos dientes que cortan como cuchillos —explicó SOFÍA.
ERICK se puso las dos manos en la tripa, se dobló como si acabaran de apuñalarlo y dijo:
— ¡Ah! Me ha matado.
— ¿Ya estás haciendo el payasete? —le preguntó ANDREA
— ¿Y qué quieres que haga?, no voy a llorar. Soy un agente especial —respondió ERICK
— ¡Anda!, ahora, es como si tuvieras una herida de guerra —se reía TAREK.
—Deberías curarte el dedo —le aconsejó ELENA—, puede infectarse.
—Toma envuélvelo en este pañuelo y aprieta hasta que pare la hemorragia —dijo LAURA.
El dedo no dejaba de sangrar y se iba hinchando, así que regresaron donde estaban los coches porque allí tenían un botiquín para emergencias. El padre de Luis le aplicó desinfectante y se lo vendó bien.
—Menudo mordisco… Tenía los dientes afilados esa comadreja. ¿Te duele mucho? —quiso saber SOFÍA.
—Un poco, la verdad —aseguró ERICK—, pero no importa.
—La comadreja era muy bonita, tenía cara de pilla, lástima que no hayamos podido verla mejor— dijo DALILA.
JORGE, ISABELLA, DAVID, SUSI, JULIA, JAVI y AMIR exploraban la zona este. Llevaban un buen rato inspeccionando cada rocalla, cada oquedad, cada arbusto, pero nada, ni señal de los lobeznos.
—Quizás se los haya llevado el padre —apuntó ISABELLA.
—No creo —dijo José—, iban solo con la madre.
—De todas formas, son muy pequeños sin una madre no sé si podrán sobrevivir —explicó Jorge.
—Es verdad, los lobos son mamíferos: maman de sus madres —recordó DAVID.

Aunque empezaba a oscurecer y debían regresar, ninguno quería abandonar la búsqueda porque se daban cuenta de que, sin la loba, era difícil que los cachorros se salvaran. Estaban muy preocupados; habían transcurrido tantas horas que quizás ya no estuvieran vivos.
—Quietos —susurró SUSI pidiendo silencio con el dedo índice en los labios—. Algo se ha movido bajo aquel madroño.
—Vamos a rodearlo;  AMIR, ISABELLA y DAVID por la derecha; SUSI, JULIA, JAVI y yo por la izquierda  —dijo JORGE.
 
En el madroño coinciden flores y frutos al mismo tiempo. ¿Veis al pequeño lobo?  
Fotografías de Manuel Corral y Antonio Pulido

Se acercaron lentamente. Era un madroño enorme y tupido, no podían ver con claridad, sin embargo, seguro que allí había alguien porque las hojas se movían. AMIR se tumbó en el suelo y se metió a rastras por un estrecho túnel abierto entre la espesura del arbusto.
—Están aquí —balbuceó emocionado. Y volvió a salir. Luego entró JAVI.
—No tengas miedo. No te haré daño, pequeñín —le dijo suavemente JAVI, lo cogió con cuidado y lo sacó. Después pasó JULIA
 —Hola, pequeño, ven conmigo —le susurró JULIA con una vocecita tan suave que el lobito se acercó a ella y también pudo atraparlo.

Jorge observaba la escena y constataba, una vez más, que el contacto con un lobo produce una emoción tan intensa que siempre se recordará. En los ojos de los niños brillaba la ilusión, la admiración, la ternura por aquellos cachorros asustados, el instinto de protección frente a un cazador que los había dejado sin madre... Sin duda, sería una noche inolvidable.
Los acariciaron y los acunaron para calmarlos y los transportaron a turnos entre todos hasta que llegaron al punto de encuentro.

ANTONIO, CÉSAR, ÁLEX, LAIA, BLANCA,  AURORA  y IVAN habían partido en dirección oeste explorando un cañón excavado por el río. En las paredes se abrían muchas cuevas, así que era fácil que la loba hubiera escogido alguna para traer al mundo a sus lobeznos.
—Ya podrían tener el nombre en la puerta: casa del lobo, casa del tejón, casa del oso… —pensó en voz alta ÁLEX
— ¿Aquí hay osos? —preguntó BLANCA temblando.
—No, ahora ya no. Pero hace muchísimos años, claro que había —aseguró IVAN.

—Sss —mandó callar Antonio—. Fijaos en lo que hay ahí abajo bebiendo en el río.
— ¡Es una pareja de zorros con sus zorreznos! —susurró AURORA.
Se quedaron un ratito emboscados observando cómo cazaban una rata de agua.
—Sss —Otra vez, pero ahora era CÉSAR quien pedía silencio—. Escuchad. Se oye un gemido muy leve. Viene de ese castañar.
Todos se fueron a investigar, sin embargo, no se veía ningún animal. CÉSAR tenía un oído finísimo y no solía equivocarse, así que confiaron en él y siguieron buscando.
—Este castaño tan enorme tiene el tronco hueco —señaló LAIA agachándose para mirar por el hueco que había a ras de suelo—. ¡Creo que aquí hay alguien! 

Castaño. Fotografía Antonio Pulido Pastor
 —Déjame a mí —pidió IVAN y se tumbó a escuadriñar—. A ver qué hay aquí… —dijo sacando al primer animalito.
— ¡Un lobito! ¡Está vivo! —gritaron todos.
Encontraron tres lobeznos. ¡Qué alegría más grande! Estaban tan entusiasmados que todos querían cogerlos y acariciarlos y darles de comer y cuidarlos y jugar y ser sus amigos para siempre. Regresaron contentísimos al campamento, al llegar, vieron que el otro grupo había traído otros dos lobitos. No podían ser más felices. 

De pronto sonó el walkie- talkie de Antonio.
—Aquí Lobo Alfa. Te escucho.
—Aquí Loba Alfa. CAROLINA se ha torcido un tobillo ¿puedes venir a por nosotros? Estamos por la zona norte, pero no sé decirte, exactamente, el lugar porque nos ha embestido una jabalina y hemos salido corriendo en desbandada.
—Aquí Lobo Alfa. No te preocupes, os encontraré, no os mováis porque si estáis desorientados, podríais perderos más. Llevaré una linterna, gritad cuando veáis la luz. ¿De acuerdo?
—Aquí Loba Alfa. De acuerdo.
Ya era casi oscuro y Antonio no sabía si los encontraría enseguida o no, así que decidió que lo mejor sería montar unas tiendas de campaña por si se veían obligados a pasar la noche. Jorge, Luis, José y los agentes del Comando Lobo se pusieron a trabajar de inmediato.
Antonio desapareció en la negrura del pinar, al principio se veía la luz de su linterna, pero enseguida se la comieron las sombras. Otro se hubiera asustado, en cambio, Antonio conocía  los secretos del bosque y andaba como por su casa.
Cristina y los niños se habían sentado contra un peñasco y esperaban quietecitos y callados. De la alameda cercana llegaba un olor dulzón a hoja caída, a setas, a otoño. Ululaba un cárabo, le contestaba un compañero desde el otro lado. 


La brisa movía levemente las ramas de los pinos y los alcornoques y se levantaba un murmullo como de hojas y acículas (hoja del pino) contándose secretos unas a otras. Eran unas charlatanas, todo el rato hablando de sus cosas sin parar. 
La sombra de un gran animal se acercaba a ellos sin verlos. ¡Qué miedo! Contenían la respiración para que no los descubriera. Era una corza que bajaba de la montaña hasta los prados para comer hierba. ¡Menos mal que no era la jabalina de nuevo! 

— ¡Mirad: una luz! Será Antonio con su linterna —dedujo VÍCTOR
— ¡Antonio! ¡Antonio, estamos aquí! —gritaron todos.
—Ja, ja, ja —se reía guasón—, creo que nunca os habéis alegrado tanto de verme.
Antonio cogió a CAROLINA en volandas y la sentó sobre sus hombros.
— ¡Qué alta estoy! —dijo CAROLINA encantada—. ¡Eres tan fuerte como Hércules!
Antonio tenía el cuerpo atlético del buen nadador,  así que llevar a la niña no le suponía un gran esfuerzo. Regresaron tranquilos, bromeando, porque con Cristina y Antonio se sentían seguros y no les importaba adentrarse en aquella oscuridad. Además, un agente especial no se asusta ante la oscuridad o los animalitos nocturnos. 



Cuando llegaron al campamento, los compañeros ya habían montado las tiendas de campaña y estaban cenando unos bocadillos. Mientras, Jorge les explicaba cómo cuidar a los cachorros: con qué alimentarlos, cuándo limpiarlos, cómo tratarlos. Escuchaban más atentos que en una clase de matemáticas. Cristina sonreía y pensaba que, a partir de ahora, les pondría sumas de lobos. 

2 lobos + 3 lobos = 5 lobitos tiene el Comando Lobo
 Jorge examinó a los lobeznos y dijo que estaban sanos pero que, aunque ya comían carne, todavía necesitaban tomar leche y habría que darles biberón.
—No hay problema. Yo sé preparar biberones porque tengo un hermanito y he visto cómo lo hace mamá  —explicó IKER.
—Estupendo, chaval, pues tú eres el encargado de enseñar a los demás. 

Jorge les explica cómo cuidar a los lobitos
 Antonio les pidió que se organizaran en cinco grupos, uno por cada lobo y que se repartieran las tareas: horarios, biberones, limpieza, cama, juegos, guardias, etc. Los agentes del Comando Lobo no tardaron nada en distribuirse el trabajo, aquello no era un juego, era una misión importante pues de ellos dependía la vida de los lobeznos.

Uno de los lobitos era blanco
 Se entregaron en cuerpo y alma a cuidarlos. En las caras de los niños se leía la emoción de sostener en sus manos a los cachorros, no eran como un peluche, podían sentir la vida, el frágil latido de sus corazoncitos, la suavidad tibia de su pelo. Eran tan bonitos, tan indefensos y tan pequeños como sus protectores. Los cogían en brazos, los acariciaban y les hablaban con cariño para consolarlos y darles ánimos. Al final, niños y lobos se acurrucaron sobre unas mantas y se durmieron juntos. Estaban agotados. 

Con las primeras luces de la aurora, empezaron a despertarse unos a otros. 
—Levantaos que tenemos que dar el biberón a los lobitos —dijo IVAN en voz alta.
Los más perezosos, no tenían ganas de levantarse, pero no había más remedio: debían cumplir su misión.
— ¡Falta un lobo! —exclamó alarmada JULIA—. Solo veo cuatro.

—Se habrá escapado durante la noche. ¿Dónde estará? —se preguntaba AURORA.
—Que no, que no… —dijo LAURA desde el fondo de la tienda de campaña—, y no gritéis que está durmiendo dentro de mi chaqueta y no quiere despertarse.
— ¡Qué listo, cómo ha sabido encontrar un lugar calentito! —exclamó ÁLEX.
Como buenos cuidadores les dieron el biberón, los llevaron fuera para que hicieran sus necesidades, los asearon como haría su madre loba y jugaron un ratito con ellos. Después los pusieron a dormir otra vez porque los cachorros han de descansar mucho para crecer sanos y fuertes.

Cristina, Antonio, Jorge y Luis habían desmontado la tienda y cargado los vehículos. Era hora de marchar.
— ¿Dónde llevaremos ahora a los cachorros si su madre está en la clínica? —preguntó ELENA.
—Pues a La Dehesa de Riópar, claro. En ningún lugar estarán mejor que con Jorge.
—Gracias, Jorge. Así podrán hacerse amigos de Rayo —dijo ERICK.
Antonio, Cristina y Jorge estaban cuchicheando algo. ¿De qué hablarían?
—Atención, chicos. Jorge nos ha pedido que nos quedemos unos días en Riópar porque esos cachorros dan mucho trabajo y hay que vigilarlos bien. ¿Qué os parece?
Vaya una pregunta… los veintiséis saltaban y gritaban de alegría. 

Fotografía: Wolfdogland.com

Pasaron quince días inolvidables con Jorge y los lobeznos. También aprendieron muchísimo acompañando a Jorge en sus tareas con los rebaños y los mastines, con los caballos y otros animales que vivían en su reserva. Por las tardes llevaban a los lobos hasta el río y jugaban todos juntos en la dehesa como una manada mixta de cachorros humanos y lobunos. El cariño que había nacido entre ellos ya nadie podría disolverlo: siempre serían amigos. 



Un día, al regresar del paseo, vieron el coche de Antonio. Había traído a la loba que ya estaba bastante mejor. Los cachorros se acercaron corriendo a su mamá y ella los llenó de besos lobunos en forma de lametazos. ¡Qué contentos estaban todos!
Cristina les hizo una fotografía y se la envió a Luis y a José. Luis le prometió a su hijo que jamás volvería a cazar. Le dijo que nunca había imaginado que una simple diversión hiciera tantísimo daño. 


Y aquí termina esta misión del Comando Lobo. Bueno, no. Los agentes están reunidos ahora mismo decidiendo qué nombre van a poner a los cachorros. Han de ser nombres inventados expresamente para ellos y eso lleva un buen rato de pensar.


Rayo y tres de los lobitos
Mamá loba con los otros dos lobeznos
Este relato está basado en hechos reales. Todos los animales murieron, José sufrió pesadillas durante meses y dejó de hablar a su padre, Luis reflexionó sobre lo que supone matar por diversión y nunca más volvió a cazar.

Cómo personalizar el relato para vuestros alumnos


Casi todas las imágenes proceden de Pixabay. Gracias a tantos fotógrafos que las comparten de forma altruista. Otras, sin embargo, las he obtenido de distintos foros y desconozco al autor, si alguno no desea que aparezcan en este blog, que me lo comunique en un comentario y la retiraré de inmediato.

1 comentario:

  1. Enternecedor relato con final feliz, aunque la realidad sea otra muy diferente.
    Si sirve para que pequeños y grandes nos concienciemos de que el hombre debe cuidar, respetar y no alterar el orden de la naturaleza, bienvenido sea.
    Un saludo de 'Ojolince y Sra.'

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